Algunas soluciones a la crisis financiera mundial
05/01/2009 - 10:31
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Crisis financiera, crisis económica, crisis energética, cambio climático, crisis de valores........., ya no necesitamos a Nostradamus para recordarnos de que estamos al final del una era, o como auguraba este visionario: al "final del mundo, tal y como lo conocemos".

Mientras los analistas políticos y económicos unen sus esfuerzos para lograr que el sistema capitalista no caiga en picado, en la calle el futuro se ve de otra manera: la gente intuye que es necesario una unión, que los ciudadanos se tienen que unir para defender nuestros intereses ante las grandes corporaciones o los Estados, que no tenemos que permitir que la rueda económica pare, que debemos recuperar valores cívicos,...

Para algunos, la crisis mundial-global (llamémosla así porque afecta a todo el mundo y en todos los aspectos) es probable que acabe en una guerra que depure, para otros los conflictos bélicos se pueden evitar, garantizando la seguridad, y también quien piensa que nuestra única salida pasa por dejar este planeta en búsqueda de otros mundos.

Sin embargo, a diferencia de otras situaciones críticas que ha vivido la humanidad, no existe esa tensión brutal que en otras épocas ha desembocado en guerra, aunque sólo sea porque quizá ya no hay tierras que conquistar en un mundo con los recursos "globalizados".

Personalmente creo que la III Guerra Mundial ya está teniendo lugar, sólo que las cosas han cambiado y ya no matamos a las personas, sino que el conflicto tiene lugar en la esfera financiera, y las bajas se cuentan por activos.

La respuesta a qué ha causado la crisis y cómo evoluciona la podemos encontrar en cualquier rincón de internet y en todos los periódicos importantes. En el presente artículo no me centraré en este aspecto -ya que no soy economista-, sino en las posibles consecuencias sociales de la situación actual. Se trata de un análisis personal, de una opinión propia creada a base de recopilar comentarios de muchísimas personas, laicas y expertas, y creer que todo el mundo posee un trocito de la verdad.

 

Antecedentes a la crisis

A principios de esta década estalló la burbuja tecnológica, y los inversores que habían apostado fuerte por internet huyeron con sus capitales de inversión hacia valores con mejores cimientos. En cierta manera se había comenzado la casa por el tejado (el mundo virtual). La reacción a la caída de los valores tecnológicos fue invertir en los cimientos, y se optó por las propiedades inmobiliarias, aunque visto lo visto, hubiera ido mejor si se hubiera intentado afianzar las raíces en la tierra: por ejemplo, invirtiendo en valores medioambientales.

Pero no fue así, y a pesar del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001, que para muchos fue símbolo de la caída del sistema financiero, se realizó un último -y fatídico- esfuerzo por mantener a flote el sistema: para reequilibrar el clima de inestabilidad económica internacional, los Bancos Centrales bajaron considerablemente los tipos de interés con el objeto de reactivar el consumo y la producción a través del crédito.

El resultado fue la aparición de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos, modelo copiado por otros países, entre los cuales en Europa ha destacado España. Y así fue cómo durante la primera mitad de esta década muchos se frotaban las manos al ver lo bien -eso creían- que les había salido la jugada: los bancos prestaban dinero en forma de hipotecas para construir viviendas a las que casi todo el mundo podía acceder. Las financieras ganaban, los inversores ganaban, los especuladores ganaban y el ciudadano de a pie tenía una casa que cada vez valía más.

Pero como los recursos físicos son finitos y la avaricia no tiene límite, entusiasmados por el rápido crecimiento de sus capitales, los codiciosos querían más. Pero el aumento del precio de las viviendas, y del número de hipotecas, contribuyó a una elevación de la deuda. Para controlar la inflación que se estaba produciendo, la Reserva Federal de los Estados Unidos comenzó a subir los tipos de interés, que pasaron del 1% al 5,25%.

El origen de la crisis: las hipotecas de alto riesgo

Esto provocó un crecimiento espectacular de las ejecuciones hipotecarias por impago, y un descenso del mercado inmobiliario, al mismo tiempo que las entidades financieras comenzaban a tener problemas de liquidez. Es entonces cuando se inventan las hipotecas de alto riesgo llamadas subprime, gracias a las cuales a cualquiera se le prestaba dinero, aunque a penas hubiese garantía de que la pudiera pagar.

Esta incorrecta valoración del riesgo, intencionada o no, es el origen real de la crisis. Y es que las entidades financieras que concedían estas hipocetas, para quitarse el problema de encima y seguir haciendo negocio, decidieron a su vez vender las subprime camufladas en paquetitos de acciones donde había un poco de todo.  Gracias a la globalización de la economía, los bancos de todo el mundo invirtieron en estos paquetitos, sin siquiera quitar el lazo. Estos regalitos forman parte de los fondos de inversión de las entidades financieras.

De crisis financiera, a crisis económica, a recesión

A partir de agosto 2007 las bolsas de todo el mundo comienzan a sufrir con gracias a las quiebras de entidades financieras. España se ve uno de los países con más posibilidades de sufrir una crisis como la de Estados Unidos debido a la burbuja inmobiliaria, el incremento de la morosidad, el aumento de hipotecas de alto riesgo y el incremento de los tipos de interés.

A la vuelta de las vacaciones, ese 98% de hipotecas variables de los españoles sufre una subida espectacular de las cuotas mensuales, a lo que se suma la subida del precio del petróleo y la de los alimentos.

Los gobiernos se esfuerzan en enviar mensajes de tranquilidad y transmitir la imagen de que todo está bajo control para contrarrestar las noticias de sucesivos lunes negros, en un intento de que la crisis financiera no pase a la economía real, es decir, de la bolsa a la calle, por culpa del pánico. Pero en 2008 sucede lo inevitable, la crisis alcanza dimensión mundial y se produce una desaceleración de la economía, es decir, el producto interior bruto de los países más desarrollados decrece. A esto se le llama recesión.

Más info en: http://es.wikipedia.org/wiki/Crisis_hipotecaria_de_2007

 

El hundimiento del imperio capitalista

En el pasado, la grandeza de un imperio se media en función de su territorio o de la grandeza de sus construcciones. Sin embargo, desde la hegemonía de los Estados Unidos y el capitalismo, la medida de la grandeza la define el PIB de cada país. Según las reglas de este juego, la nación que más produce es la mejor. Y los ocho países con mayor PIB forman parte del G8, ese club selecto que se ha autodeterminado el derecho de tomar las decisiones económicas que afectan a los otros 247 países del mundo.

Pero como no tenemos conexión directa con mundos paralelos, para extraer toda la materia prima que querramos, no hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que el club de los capitalistas sólo puede funcionar si el tercer mundo (que a pesar de su nombre, está en éste) entrega sus riquezas, si nadie más se apunta al club, si los ciudadanos de los estados miembros no tienen aspiraciones,... Sin embargo, como el propio capitalismo se basa en el crecimiento, la globalización es inherente al sistema.

   Así que ha pasado como en todos los demás grandes imperios: los ciudadanos, entregados a la causa como autómatas, son incapaces de ver más allá del siguiente paso que van a tomar, que no es otro que satisfacer los requerimientos del sistema. En este caso, consumir. Tampoco se dan estos de que no viven sus vidas, sino las de otros, a través de ilusiones inducidas -por la publicidad- de que al final del arco iris se encuentra la felicidad. Lo que traducido al lenguaje cotidiano sería, "si me compro ese coche, seré feliz", o "con este vestido seré la más guapa".

 Empero, lejos de la felicidad, resulta que cuanto más crece el PIB de un país ya desarrollado, mayor es la insatisfacción de sus ciudadanos. En el 2006 los economistas británicos del NEF (New Economics Foundation)  comenzaron a plantearse el sistema utilizado para medir el progreso de un país, y llegaron a la conclusión de que basarse solamente en el PIB era extremadamente simplista y del todo surrealista, sobre todo al comprobar que planetas sólo tenemos uno, y que para entonces, el 10% de los países estaban consumiendo el 90% de los recursos mundiales.

Sin rechazar la importancia de la economía, desarrollaron el Happy Planet Index (HPI), un nuevo índice económico que tiene en cuenta, además del PIB, la huella ecológica (el impacto medio ambiental de producir ese producto interior bruto), el nivel de satisfacción de las necesidades básicas de los ciudadanos (salud, comida, seguridad, techo y educación), y la sensación de felicidad de estos, obtenida como consecuencia de ese nivel de desarrollo.

Según este índice, el nuevo G8 estaría compuesto por Colombia, Costa Rica, Dominica, Panamá, Cuba, Honduras, Guatemala, y a la cabeza estaría el archipiélago de Vanuatu. Por el contrario, Estados Unidos se quedaría entre los últimos 30 por culpa de su elevada huella ecológica. Aunque según el HPI, ningún país alcanzaría el índice mínimo que garantiza la sostenibilidad socioeconómica y el bienestar de los ciudadanos. 

Curiosamente, estos economistas descubrieron que el dinero no da la felicidad -aunque sí es importante satisfacer las necesidades-, sino que ésta se obtiene a través de comunidades en las que las personas tienen garantizada la sanidad, la educación y la seguridad, poseen un alto grado de asociacionismo (relaciones sociales) y viven en contacto con la naturaleza.

Si pensamos que a lo que lleva el capitalismo, y el creer que el PIB es el objetivo último, es a privatizar las necesidades básicas y a arrasar con el medio natural y sus recursos, es evidente que nuestro actual sistema no está muy bien pensado.

www.happyplanetindex.org  www.neweconomics.org

 

 

Las lecciones de los imperios

Son muchos los que creen que estamos al final de la supremacía de Estados Unidos, que como todo imperio que se precie, nació, se desarrolló y se está cayendo, aunque no sin antes aportar al mundo un aprendizaje importante. O mejor dicho, una serie de valores que son los que se han difundido durante esta hegemonía.

A lo largo de la historia varios imperios han "dominado el mundo". Se suele hablar de la gloria, las obras y las conquistas, pero resulta quizá más interesante comprender cuál ha sido la aportación a la Humanidad en cuanto a valores o aprendizajes. Con los egipcios, se descubrió que trabajando conjuntamente se puede lograr grandes empresas; con los griegos se aprendió a razonar y a plantearse el por qué de las cosas; los romanos nos dieron las leyes y el orden; los británicos enseñaron que el resto del mundo existe y es nuestra obligación ayudar a los que lo necesitan. Por último, el imperio americano nos ha enseñado que a través del flujo del dinero se pueden lograr que todo el mundo tenga igualdad de oportunidades.

Es evidente que todas las potencias mundiales han tenido su lado negativo y han cometido fallos, que les ha vuelto insostenibles y por los que finalmente han caído. Pero también es justo reconocer que sin ellas, nuestro mundo no sería lo que es, porque no se habría unido. Y para qué ha servido la evolución de la Historia de la Humanidad, si no es para llegar juntos a un punto en que todos nos encaminemos hacia un mismo objetivo, y por fin seamos capaces de crear nuestro propio mundo: un mundo que todos queremos, en el que todos podemos vivir juntos, un mundo justo y sostenible. Ese es el futuro, aunque aún cueste verlo.

 

El fin del mundo tal y como lo conocemos

Al pintar este ideal puede parecer que esté siendo un tanto ilusa u optimista, sin embargo se trata de una conclusión puramente racional. En un mundo donde ya nada ocurre de manera independiente, el desastre de unos, necesariamente afectaría a todos los demás. Si estallara una guerra, todos acabaríamos mal, pero entonces no habría futuro, ni nada de qué preocuparse. Cualquier desastre en un rincón del planeta produciría una concatenación de causas y efectos destructiva, que recorrería la superficie de la Tierra. Por eso sólo tiene sentido decantarse por la opción optimista.

Hace sólo medio siglo, llegados a un punto de inestabilidad y tensiones como el de la crisis actual, habría estallado una guerra. De hecho, muchos visionarios predijeron que nos tocaría vivir una ahora. Y, según se mire, puede que tengan razón. Es posible que la III Guerra Mundial ya esté teniendo lugar, aunque no en el mundo físico -afortunadamente, ya no creemos en matarnos-, sino en una esfera virtual: las finanzas.

En un mundo en que el producto intelectual está llamado a sustituir al de la materia como recurso ilimitado, nuestras tensiones ya no desembocan en resultados físicos, sino mentales. Antes existía el trueque de productos de primera necesidad, luego el dinero -símbolo para postergar el trueque-, luego las hipotecas -símbolo del dinero-, y ahora los fondos -símbolo de las hipotecas y los créditos-. Ya no matamos al vecino por su gallina, sino que nos angustiamos porque caen las acciones.

Nostradamus, al igual que los Mayas, hablaba del 2012 como "el fin del mundo tal y como lo conocemos", y a la vista de los acontecimientos, no parece que iba mal encaminado. No creo que nos autoliquidemos, pero la crisis actual nos obliga a poner en cuestión el sistema social y económico que hemos creado y los valores que fomenta, o lo que es lo mismo, todo en lo que hemos basado el desarrollo de esta sociedad moderna.

Nuestra única posibilidad de éxito pasa por integrar las lecciones del pasado y avanzar unidos, respetando a los demás, así como al planeta, en un desarrollo sostenible que nos garantice el cubrir las necesidades básicas y la sensación de bienestar interior.

Como se puede ver, estos valores son diametralmente opuestos a los de la sociedad actual, en la que se premia el egoísmo y la avaricia, se fomenta el consumo compulsivo, se busca hacer negocio privatizando los servicios básicos, se abusa de los recursos naturales, y se llama "bienestar" al resultado de aislarse de los demás rodeándose de bienes de consumo, a la vez que el valor propio depende de cómo otros nos juzgan, en vez de la opinión de uno mismo.

 

El futuro, un nuevo mundo

La Humanidad está diseñando ya un nuevo mundo. En Estados Unidos Barak Obama ha sido elegido presidente porque los ciudadanos quieren un cambio, quieren una nueva sociedad, con valores más sociales -valga la redundancia-, más humanos. La Cumbre del G20 se ha reunido bajo el lema de "una sola voz para un cambio global de la economía", con la idea de cambiar el modelo capitalista por una economía de mercado global más justa.

En la nueva economía ya no habrá una pirámide trófica en la que los que capitalizan la "riqueza" depredan sobre la base trabajadora que vive para gastar cuanto más dinero mejor en su ansia consumista inducida. En su lugar habrá un cuadrilátero con estratos equilibrados y complementarios.

Por ponerlo de una forma gráfica: imaginemos al sistema capitalista como una pirámide, con los ricos arriba y los pobres abajo. Por avaricia, se quiso vender que lo bueno es acumular "riqueza", y esto hizo que cada vez más personas -los que han podido- tuvieran más dinero. De esta manera, ciertas capas de la pirámide se engrosaron de tal manera que acabó ésta pareciéndose más a un árbol de Navidad, o a dos pirámides superpuestas.

Como esta estructura no se tiene por sí sola, puede ocurrir una de dos: que la pirámide de arriba aplaste a la de abajo, o que la pirámide de arriba caiga de lado, deslizándose por la de abajo, creando un paralelogramo. El primer caso es insostenible, porque los de la pirámide de arriba no sabrían vivir sin los de abajo, y acabarían depredándose entre sí. El segundo caso implicaría un reparto más equitativo de los recursos y una labor complementaria de todos los seres humanos.

 

Una economía basada en la riqueza interior

La nueva Humanidad ha de plantearse un sistema económico en el que el dinero fluya, sin estancarse en unos pocos bolsillos. Un sistema sostenible y respetuoso con el planeta y sus recursos. Un sistema que permita que todo el mundo tenga sus necesidades básicas cubiertas y disponga de igualdad de oportunidades para desarrollarse como una persona satisfecha en sí misma y plena. Un sistema en donde cada ser humano se sienta orgulloso de vivir donde vive y de ser cómo es, porque ansiar lo ajeno sólo conlleva al malestar en beneficio de unos pocos.

La nueva economía se basa en el comercio justo, en los microcréditos, en el "bottom up" (de abajo a arriba) en vez del "trickle down" (goteo hacia abajo), en la igualdad entra las personas, en los valores medioambientales y de sostenibilidad. En consumir de manera racional y no compulsiva.

La nueva economía hace énfasis en la riqueza interior, en el desarrollo intelectual, cultural y creativo, en la investigación y la innovación, en la imaginación, en el pensamiento. La única fuente de riqueza ilimitada está dentro de nosotros. La materia prima dejará de ser material y será intelectual. Lo físico es finito, pero ser creativo es infinito.

La nueva economía será bastante localizada en cuanto a los recursos materiales, y totalmente globalizada en cuanto al producto de la mente. Internet expande a todos los rincones del mundo la información. La producción de objetos se centrará en usar materiales reciclados a los que se les da un alto valor añadido, fruto de la investigación, la innovación, el desarrollo o la creatividad.

Los alimentos sufrirán el mínimo de transporte posible, conservando así todas sus cualidades alimenticias y organolépticas. La agricultura y la pesca tienen futuro, pero a escala reducida, practicadas de manera artesanal y respetuosas con la naturaleza.

La psicología y otros métodos que ayudan a alcanzar un equilibrio interior, como Pilates o yoga, masajes, meditación, tratamientos para el bienestar, o el deporte son profesiones con futuro. El conocimiento y su difusión: internet, la enseñanza dirigida a todas las edades, estarán para satisfacer el ansia de estar informado y de saber más sobre el mundo.

Las redes sociales y todo lo que ayude a mantenerlas será de vital importancia. Profesionales que ayuden a que las personas estén en contacto directo, se encuentren y se asocien son esenciales. A la vez, los ciudadanos deben tomar un papel mucho más activo en su municipio. La clase política desaparecerá como tal y los ciudadanos serán quienes se involucren, para comunicar a sus gestores sus necesidades e ideas, así como para trabajar con el fin de materializarlas.

Pero además, la riqueza interior, el producto de la mente, no puede seguir las reglas egoístas del capitalismo. Ser avaro con las ideas es como no haberlas tenido. Pretender controlar la ganancia del dinero declarándose dueño de un producto creativo no es una buena estrategia para el futuro. Sin embargo, compartir lo que se piensa, difundir la información, explicar a los demás lo que se sabe, sí forma parte de la nueva economía de la Humanidad.

Quizá desprenderse del miedo de no tener dinero y del ansia de perderlo sea lo más difícil de sobrevenir, pero lo cierto es que si éste fluye y los recursos se usan de manera racional, puede haber para todos.

¿Un mundo ideal? No. Un mundo sostenible.

¿Por donde empezar? Por uno mismo.

 

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