España ha tenido un crecimiento económico espectacular en la última década, y actualmente ocupa el octavo puesto mundial entre las potencias económicas, tras superar a Canadá. Son ya 13 años de crecimiento continuado, los últimos 10 con tasas superiores al 3%, y el país sigue progresando económicamente por encima de la media del UE, a pesar del alto endeudamiento de los hogares españoles.
Pero el milagro económico español, que tanto ha maravillado al resto del mundo, se está cobrando sus tributos, y no sólo en la forma de reducción del poder adquisitivo de los hogares. Un análisis de los datos estadísticos sobre la población, revela una sociedad cada vez más insatisfecha, deprimida, estresada y dominada por sus impulsos. Cada día hay más hogares desestructurados. Aumenta el fracaso y el abandono escolar hasta el punto de tener una de las peores cifras del llamado mundo desarrollado. España es líder mundial en el consumo de cocaína. Aumentan los casos de trastornos como la anorexia, la bulimia o la obesidad infantil. Cada vez hay más adictos a las compras, a la tecnología, al sexo.
¡Bienvenidos a la sociedad de consumo!
La sociedad del consumo compulsivo
Formar parte –y en el caso de España, importante- de la sociedad de consumo tiene sus riesgos para una sociedad que, en vez de recibir instrucciones sobre cómo consumir de forma equilibrada, es bombardeada con ingentes cantidades de anuncios que saturan los sentidos, pero cuya única intención es influenciar e inducir a la compra.
Según el Informe Europeo sobre Adicción al Consumo, un 33% de la población está enganchada al consumo compulsivo. Cifra algo más elevada en mujeres que en los hombres, y que en España aumenta hasta el 46% entre la población joven. Además, en alrededor de un 3%, el impulso descontrolado por comprar se convierte en un caso grave de adicción.
Ellas desahogan su tristeza y ansiedad en la compra de ropa, bisutería o artículos que las conviertan en más bellas. Ellos prefieren gastarse el dinero en coches o productos de tecnología. Mientras, los jóvenes sucumben a la presión de vestir a la última para ser más populares, de tal manera que el colegio acaba convirtiéndose en un tubo de ensayo para crear futuros compradores compulsivos.
Lejos de plantearse la existencia de un problema que a la larga puede perjudicar la capacidad adquisitiva de los españoles, desde todos los estamentos de la sociedad se favorece el consumo: poseer artículos nuevos da prestigio social, comprar es uno de los pasatiempos preferidos de los españoles, e incluso se importan tradiciones de otros países –Papa Noel, San Valentín, Halloween-, con el fin de aumentar el consumo.
Al mismo tiempo, proliferan los centros comerciales en España. La industria inmobiliaria está trasladando su campo de acción hacia las grandes superficies. De hecho, España es el país europeo que más metros cuadrados de centros comerciales inaugurará entre el 2007 y el 2008: 1,93 millones. En toda Europa está cifra alcanzará un total de 17 millones de metros cuadrados.
Las grandes empresas son las que mueven la economía del país, y en su interés está únicamente ganar cada vez más dinero. El bienestar social es para ellas un concepto que se define en función del rendimiento económico de la empresa.
En el interés de los políticos está mantener contentas a las grandes empresas. Es gracias a ellas que España se ha situado económicamente como la octava potencia mundial. Pero esta connivencia implica reducir el punto de mira al presente más inmediato, perdiéndose de vista el horizonte de la sostenibilidad socioeconómica. A las grandes empresas, para las que lo único relevante es ganar dinero hoy, no es un problema exprimir un mercado, ya que pueden encontrar otros mientras el primero se recupera. Pero los españoles tenemos sólo un país…
Si bien es imprescindible mover dinero para que una economía funcione de forma sana, un Estado debe mirar a largo plazo y saber reaccionar a tiempo a los cambios en el mercado mundial. En un mundo cada vez más consciente de que los recursos materiales son limitados en un mercado global, la materia prima del futuro es la conciencia y sus productos: la creación cultural (arte, música, letras), la inventiva (tanto tecnológica como mercantil), la comunicación (internet, medios informativos),… De ahí la importancia de la I+D+I (Investigación + Desarrollo + Innovación). Sin embargo, nuestro país no pasa del puesto 27 en lo referente a este concepto, a pesar de forma parte del G8.
Suspenso en Educación
Pero no sólo vamos mal en I+D+I, sino que también andan las cosas bastante mal en las bases del conocimiento, es decir, en la Educación. Según el último informe Pisa -un examen trianual que mide las capacidades de los alumnos de 15 años de 57 países, en ciencias, matemáticas y comprensión lectora-, España no llega al aprobado en ninguna de estas materias.
Si el aprobado está en la media de los países estudiados en este informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), 491 puntos, nuestro país suspende en Ciencias con 488 puntos (31ª de los 57 países sometidos a prueba). El aprobado en Matemáticas está en 484, y España se queda a cuatro puntos por debajo (otra vez 31ª). Pero el mayor descalabro aparece en compresión lectora, donde los estudiantes españoles no sólo no llegan, sino que se alejan en 24 puntos (puesto 35) de la media de 485.
A esto hay que añadir las cifras del abandono escolar. Con un 33% de alumnos que no superan el bachillerato, nuestro país se sitúa entre los últimos puestos de los 30 miembros de la OCDE, sólo Turquía, Eslovaquia y México están peor. En resumen, un niño español acaba sus estudios aprobando por los pelos, chapurreando el inglés y sin ningún interés por la lectura.
Aunque se llega a comprender la falta de motivación para el estudio si nos atenemos a otro dato: España es el único país en el que obtener una titulación universitaria no incrementa las posibilidades de encontrar trabajo. Y eso a pesar de que entre 1995 y 2004 el gasto por estudiantes en educación superior aumentó en un 43%, frente un 6% de la media de la OCDE, lo que sitúa a España en tercer lugar en este índice. Sin embargo, a pesar de este crecimiento tan importante, el gasto por estudiante en relación con el PIB por habitante sigue siendo inferior al promedio de la OCDE. Es decir, a pesar de que en los últimos años se ha invertido mucho más en educación, se trata de una cifra de menor crecimiento que nuestro PIB.
Por otro lado, en primaria y secundaria la inversión ha sido todavía menor en el mismo período de tiempo, llegando incluso a disminuir el gasto público en educación (con respecto al incremento del PIB), situando a España en un nivel medio entre los países de la OCDE, a pesar de ser la octava potencia económica mundial.
Los que más cocaína consumen
Dinero, ansia de consumo y falta de motivación para estudiar. Con todo esto, no es de sorprender que lideremos las estadísticas de las que menos orgullosos tenemos que estar. Por ejemplo, los españoles son los que más cocaína consumen en el mundo. Según el Informe Mundial sobre Drogas 2007, publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), la tasa de consumo de cocaína en España ha superado a la de E.E.U.U. y cuadruplica la media europea. Es decir, los españoles son los mayores consumidores de esta droga del planeta, y uno de cada 5 europeos que toman cocaína se encuentra en este país. Parte de la culpa de que esto sea así se debe a la disminución de la edad de los consumidores: en la última década se ha multiplicado por cuatro el consumo en la población escolar de secundaria.
Trastornos alimenticios y otras adicciones
Otras de las enfermedades, que podemos catalogar de social por cuanto está relacionada con la tan extendida consumopatía, son los trastornos alimenticios y sus derivados: la anorexia, la bulimia, la obesidad, la obesidad infantil y la vigorexia.
Los expertos advierten que la edad de aparición de las primeras conductas de riesgo de la anorexia ha disminuido hasta los 8 años, a la vez que ahora esta enfermedad también afecta a madres e incluso abuelas, y va aumentando la incidencia en varones. Los especialistas coinciden en llamar la atención sobre la influencia "nefasta" que ciertos mensajes del mundo exterior (la publicidad, la presión de los compañeros) ejercen sobre determinados niños y adolescentes.
En algunos casos, la anorexia se convierte en bulimia. Esto ocurre cuando el enfermo descubre el alivio de la purga, después de la angustia producida por el atracón. Un consumo compulsivo, esta vez de comida.
El mismo consumo compulsivo que en otras personas se traduce en obesidad. Un trastorno que, cuando afecta a los niños (obesidad infantil), a menudo acaba por producir jóvenes con anorexia o, especialmente en el caso de los varones, vigorexia. Las víctimas tienen una baja autoestima, son a menudo perfeccionistas, con necesidad de controlar su cuerpo, y muy influenciables por una sociedad de consumo que obliga a tener una apariencia perfecta y, por supuesto, a consumir.
Otros desahogan su ansiedad con el sexo. Prueba del aumento del problema es que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha anunciado recientemente que tiene previsto incluir la adicción al sexo en su catálogo de enfermedades para que, lo que hasta ahora era visto sólo como un trastorno o 'vicio', pase a considerarse oficialmente como una enfermedad mental.
Pero tampoco se libran los que “intentan” huir de la sociedad. Frecuentemente acaban enganchados a la red. Aunque todavía no existe un acuerdo oficial sobre la existencia de la adicción a internet, lo cierto es que cada vez hay un mayor número de personas cuya relación con la red de redes sigue un patrón muy parecido al de las adicciones psicológicas: ansiedad, cambios de humor, necesidad constante de estar conectado, síndrome de abstinencia, disminución de las relaciones sociales fuera de la realidad virtual, etc.
Bienvenidos a la sociedad de consumo
Ansiedad, estrés, compulsiones, trastornos derivados de la falta de control de impulso, por no mencionar la pérdida de valores de la sociedad, o el aumento de la violencia dentro y fuera del hogar. Estas son las consecuencias de la sociedad de consumo que tanto critican algunos colectivos, como los anticapitalistas, o su versión más moderna, los antiglobalizacionistas. Para ellos, las multinacionales, emblema del progreso capitalista, son unas máquinas despiadadas, sin corazón ni sensibilidad, que sólo se preocupan por hacer más dinero, y no tienen ninguna consideración por la sociedad, que es contemplada como mano de obra –cuanto más barata, mejor- o cliente potencial –cuanto más adicto al consumo, mejor-.
Por el contrario, los defensores de la globalización explican que, no es cierto que el capitalismo sea un sistema que ignora la injusticia social. De hecho, otros modelos económicos, por ejemplo el socialista, a pesar de insistir en el reparto igualitario de las riquezas, la práctica demuestra que acaba favoreciendo una división más profunda de la sociedad. Mientras que el sistema capitalista es el único que, en la práctica, permite una igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.
Un planeta feliz o descontento
Pero si sólo el capitalismo garantiza la igualdad social, y se supone que la igualdad de oportunidades es lo que permite un mundo más justo, ¿entonces por qué en la sociedad de consumo aumenta la insatisfacción, las adicciones, la ansiedad y otros trastornos psicológicos? Al fin y al cabo, no se trata de ser feliz en la vida. ¿Estamos equivocados al pensar que el progreso económico es bueno?
Un grupo de economistas británicos, The New Economics Foundation (NEF), explica que el problema está en la forma de medir el desarrollo económico, y no en si es mejor el capitalismo o es más importante la igualdad social. NEF defiende una nueva economía que promueve el verdadero bienestar de la sociedad –que no es lo mismo que el bienestar económico-, la sostenibilidad medioambiental y la justicia social. No se trata de rechazar el capitalismo, sino de incorporar a la economía tradicional otras tendencias económicas alternativas, así como las ideas de las ciencias sociales, con el fin de aunar criterios, y progresar de la mejor manera posible hacia el futuro. Así, Nef propone el Happy Planet Index (HPI), o Índice del Planeta Feliz, como alternativa al GDP (Producto Interior Bruto) –o más recientemente GDI (Ingreso Interior Bruto: el poder consumista total de la economía de un país en el proceso de producción)-. El HPI es una medida innovadora que toma en cuenta la eficacia ecológica por la que se obtiene el bienestar de la sociedad.
El HPI no revela cuál es el país más feliz del mundo, sino que muestra la eficiencia con la que las naciones transforman los recursos naturales en vidas largas y felices para sus ciudadanos. Este índice tiene en cuenta por un lado que los recursos materiales del planeta son limitados, y por otro, que la producción de un país, su riqueza económica, debe necesariamente tener en cuenta y asegurar el bienestar de la sociedad (garantizando la educación, salud y necesidades básicas cubiertas de todos sus miembros), utilizando como indicadores la longevidad y la felicidad percibida por los propios ciudadanos.
Pertenecer a la sociedad de consumo tiene muchas ventajas, pero quizá las más importantes sean garantizar que las necesidades básicas estén cubiertas (alimento, salud y cobijo) y proporcionar la igualdad de oportunidades (a través de la educación y de la libertad de elección). El milagro económico español ha cubierto con creces las necesidades de los ciudadanos, pero el ritmo tan vertiginoso del crecimiento ha dejado algunas cosas en el tintero. Sin un buen sistema educativo que produzca jóvenes preparados y motivados para seguir aprendiendo e innovando, la igualdad de oportunidades es una utopía. Sin educación y con un bajo nivel cultural, la sociedad es más proclive a las conductas impulsivas, y por tanto, adolece de una falta de libertad para elegir.
Al mismo tiempo, una sociedad con ciudadanos sin preparación e impulsivos no puede ser competitiva en el nuevo mercado mundial, donde el I+D+I es la clave para el desarrollo futuro, imprescindible en las naciones más avanzadas.
Si no mejoramos en educación, si no invertimos en I+D+I, nos tendremos que conformar con el éxito de unos pocos, que sentarán el precedente para el siguiente pelotazo económico: uno tiene la idea y cientos lo copian hasta acabar ofreciendo cantidad con baja calidad. Impropio de un G8, ¿no crees?






















