La clase de latín había comenzado hacía diez minutos. Sin embargo, a cuentagotas, seguían entrando alumnos por la puerta gris perla del aula. Los rezagados; rumiantes mascadores de chicle, se sentaron ruidosamente, interrumpiendo por un instante las explicaciones de la profesora novata. Tras un brevísimo lapso de segundos, el sonido en Morse de los chasquidos de la tiza se adueñó nuevamente del silencio-modorra que reinaba en la clase.
Laura se sentó con gesto mohíno al final de todo, sintiéndose injustamente observada por el simple hecho de llegar tarde el primer día de clase. En su cara tenía aún las marcas de la almohada y su pelo estaba recogido, apresuradamente, con una goma violeta muy desgastada. Por último unos auriculares blancos pendían de sus orejas perdiéndose de vista en su exiguo escote.
"...las declinaciones en latín son cinco, sin embargo la mayoría de las palabras se engloban entre la primera y la segunda declinación..."
Retazos de explicaciones llegaban de vez en cuando a sus oídos. Pensaba para sus adentros que entendería más cosas en una clase de chino mandarín que en la suya de latín. Se dedicó a observar al resto de sus nuevos compañeros y pronto hubo un chico que captó toda su atención.
"..primera declinación: rosa rosae rosam..." La tiza seguía vomitando palabras mientras Laura estudiaba al chico. Era demasiado mayor como para ir en Bachillerato, y eso le desconcertaba. Su forma de vestir era más cuidada que la de un chico de instituto y su cara la adornaba una perilla bien cuidada. Se podría decir que era guapo.
Él estaba absorto en un dibujo y parecía que se lo tomaba muy a pecho. De vez en cuando miraba de reojo a la profesora. Sacó unas ceras de colores de una bandolera que hacía guardia junto a su silla y comenzó con esmero a colorear el dibujo.
Laura sonrió encantada al ver tal trasgresión de las normas, y aprovechando que también se encontraba en la última fila en un abrir y cerrar de ojos se sentó al lado del chico.
"Soy Laura. ¿Qué haces?" El chico siguió dibujando sin mirarla. Sus únicas miradas eran para el dibujo y para la profesora. "¡Hey! Te estoy hablando", dijo Laura a la par que mascaba el chicle y pasaba su mano por delante de los ojos del chico.
"Y yo con mi silencio te estoy respondiendo", contestó con una sonrisa burlona. "Más te valdría atender las explicaciones, niña".
"¡Mira quien fue a hablar! El pintor. La tía es nueva, y como es jovencita está súper nerviosa. Y viste fatal. Me cae como una patada en el culo"
"¿Y por qué? Solo intenta enseñarte cosas".
"Cosas que no sirven para nada. Prefiero escuchar música. Con el hip-hop aprendo más."
La profesora les conminó con la mirada a que guardaran silencio. El chico cogió una cera roja y siguió pintando. Mirándola dijo, "Las cosas que aprendes te valen si tu quieres que te valgan. Por eso a mí me valen".
Laura miró para el dibujo y riéndose preguntó, "¿Que pintas? ¿Piruletas?"
"Son rosas. Cinco rosas".
"Pues a mí no me lo parece".
"Ahí está la gracia. Mis dibujos son lo que yo quiero que sean".
Laura bajando el volumen de su mp3 le dijo, "Me caes bien. Eres guapo. ¿Tienes novia?”
El chico se rió y guardó el dibujo. "Sí. Tengo novia. La estoy esperando, pues hoy imparte su primera clase de latín y la he acompañado".
Sonó el timbre y la clase se acabó.
por Rober Caamaño Iglesias













