Se levantó receloso como cada día. Miró subrepticiamente por encima de la manta hacia el rincón donde se hallaba la criatura. Parecía inmóvil, pero el en el fondo sabía que no era así.
Cada día que pasaba observaba aquel bulto de colores oscuros que se había apoderado del rincón de su habitación.
Hacía días, semanas, quizá meses que no salía de su cuarto por miedo.
Miedo a aquella criatura, la cual día a día crecía de tamaño.
"Hoy le ha crecido un poco más la garra derecha", pensó mirando de reojo a la ventana.
Entraba un sol primaveral tímidamente por detrás de la persiana, dibujando sombras en la pared desnuda.
Le había dicho a su madre que le dejara el desayuno y las comidas en la puerta, que necesitaba estar aislado una pequeña temporada, que le dejara solo un tiempo.
En realidad lo hacía por el bien de la familia, por el bien de la Humanidad.
Nadie podía saber que una criatura misteriosa estaba creciendo en un rincón de la habitación.
"Cundiría el pánico", se dijo entre dientes mientras se acercaba a la puerta de espaldas, lentamente, no fuera a ser que la bestia notara un movimiento sospechoso y se lanzara a devorarlo.
"Croc, croc, croc. Los cereales crujían en su boca. Con el ceño fruncido miraba a la bestia. Ésta le correspondía con una mirada aburrida, casi compasiva.
"Igual tiene hambre", se dijo. Después de todo, hace mucho tiempo que no come.
”No sé si debo darle la tostada con la mantequilla".
En el fondo le daba pena la bestia, aunque supuso que tendría alguna forma de subsistencia, porque conforme pasaban los días la criatura se hacía más grande y más terrorífica.
Cuando acabó el desayuno se tumbó en la cama mirando al techo y cerró un rato los ojos. Estaba muy cansado.
Esa noche había dormido algo, pero los días anteriores apenas había pegado ojo.
Tenía que hacer guardia. Demostrarle aquel monstruo que no se iba a dejar devorar tan fácilmente, que habría lucha y resistencia por su parte; pero conforme pasaron los días se fue confiando, convencido que la bestia se habría amilanado ante tal muestra de valor.
Volvió a mirar al rincón. "Esta criatura es impredecible, debo estar en guardia, día y noche, hasta que encuentre alguna forma de aniquilarla, antes de que me devore y mate a mi familia".
Se vistió, aunque lo estuvo pensando, porque al fin y al cabo no iba a salir de su habitación.
Cuando acabó de vestirse, la bestia se movió un poco, nerviosa.
"Te tengo calada, criatura infernal", gritó. Al gritar el chaval se sintió henchido de valor y empezó a acercarse tímidamente a la criatura, la cual comenzó a revolverse sobre si misma, nerviosa.
"Mejor no acercarme más. Quién sabe las armas que puede tener escondidas, venenos o algún maleficio".
Le tiró con curiosidad una de las múltiples revistas de videojuegos que tenía sembradas por el suelo de la habitación y esperó.
El monstruo no se inmutó. La revista desapareció entre los pliegues de su piel. Una piel que parecía suave y tersa de lejos, pero que albergaba debajo de ella una fiera brutal e impredecible.
"El lobo con piel de cordero", pensó.
"Te odio, te odio".Y se tumbó de nuevo en la cama.
Toc, Toc, Toc. "Adelante", murmuró.
Hola Ramón. Han venido tus padres a visitarte.
"Qué bien. Diles que entren".
-“Hola hijo” -dijo la madre mirando al rincón donde se hallaba el monstruo.
-“Hola mamá”.
-“Estoy muy disgustada contigo. La enfermera me dice que te niegas a salir de la habitación y que cada día amontonas tu ropa en aquel rincón. Hay una montaña increíble ahí”.
El coche de los padres de Ramón se alejó del psiquiátrico.
-“Cariño, nuestro hijo dice que el montón de ropa era una bestia”.
-“Original” -contestó el marido.
Por Rober Caamaño Iglesias













