Desocupado lector:
26/09/2008 - 0:45
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Creo que sería mejor que dejes de leer el presente texto y te pongas a hacer algo productivo, como por ejemplo trabajar. No encontrarás en este pequeño espacio de esta revista algo que destaque porque muchas veces escribo tonterías. Otras veces escribo historias más o menos entretenidas, pero de escaso o nulo valor literario, que no trascenderán ni dejarán huella, dada su ausencia de estilo y pretensión. Sin embargo, me las publican, ya ves. Y la gente, por un extraño milagro, las lee y hasta le gustan.

Tan sólo intento redactar bien las oraciones y colocar bien las comas; los puntos y comas ya son pretensión, porque salvo dos o tres escritores de los de verdad, nadie sabe usarlos. Mis lecturas son realmente escasas, pero releo bastante los cuentos que me gustan, con la vana ilusión de que algún día lograré sacarles la magia que tienen, ese algo más que poseen las historias fascinantes y que las ponen claramente encima de las demás. Pero se sabe que un buen escritor ejecuta el truco y no te das cuenta, así como el mago desaparece la moneda sin que sepas cómo lo consiguió. Ahí está la gracia del asunto.

Te preguntarás del por qué de estas divagaciones sin sentido. Te dije desde la primera línea que sería mejor que dejaras de leer el texto, pero no me hiciste caso. Obediente no eres por lo que se ve. Lo que sucede es que quiero plantearte la verdad de las cosas: cada mes que sale este espacio no es más que un intento de hacer magia. Así como los aprendices de magos, a veces me sale de la chistera algún truco y alguien se confunde y piensa que hasta puedo ser escritor. Pero los escritores, esos seres que hacen magia con las palabras y que trascienden el tiempo y el espacio con su genialidad, son gente más bien rara, o por lo menos más rara que yo. Y muchas veces son serios ellos, formales y circunspectos al hablar, escriben palabras inentendibles y oraciones complejas. Es así.

En algún tiempo, estimado lector de Xàbia AL DIA, pensé en poner a la par de mi nombre el título de “escritor”,pero como te digo, yo no tengo nada que ver con ese gremio, nunca fui a una presentación de ningún libro, y solo gané dos o tres concursos de literatura en el instituto, compitiendo con relatos ñoños y mal redactados, lo que propició, visto el nivel mostrado, que no me enorgulleciera de mi victoria, así como que en una carrera contra caracoles no me llenaría de orgullo ganar. Por eso, desocupado y ocioso lector, no deberías esperar mucho de tu lectura en este rincón de Cuentos desde el Trastero. Es una necedad que sigas leyendo porque yo mismo te sugerí que no lo hicieras en la primera oración y no me hiciste caso. Tal vez llegaste hasta aquí porque pensaste que ibas a encontrar algo bueno, pero como ves, no lo hay. Siento decepcionarte, pero espero que puedas superarlo y sigas viviendo.

Lector, veo que sigues leyendo. No sé que pasa, pero sigues leyendo, leíste mi sugerencia de que no leyeras este texto -algo nada diplomático ni bien intencionado- y sigues leyendo. Yo te invitaría a que lo dejaras de hacer en este mismo momento, pero quién soy yo para detenerte. Seguirás leyendo por inercia, por descubrir qué diablos diré al final, por saber en qué terminará todo este rollo. Es la fuerza de la curiosidad y las ganas de seguir perdiendo el tiempo. Has leído hasta ahora cientos de palabras y no he dicho nada edificante ni interesante. No serás una mejor persona cuando termines de leer este cuento. No se abrirá en tu mente una amalgama de emociones trepidantes como sucede con los textos de los escritores que son muy inteligentes y que escriben para trascender más allá de su muerte.

Pero ya que insististe en la lectura, te diré por qué seguiste leyendo. Seguiste leyendo porque de alguna manera pensaste que habría algún milagro, porque creíste que habría un final sorprendente. Porque tenías la esperanza de algo más, no sabías exactamente qué, pero algo más. Tuviste la sospecha de que no habría nada al final, pero la esperanza o la inercia pudieron más y llegaste hasta aquí. No todos llegaron, la mayoría ya se fue, pero tú seguiste, querías saber qué pasaría. Querías atrapar la idea, ya te habías embarcado en la balsa, ahora por qué no seguir hasta el final. Ya habías perdido el tiempo leyendo el primer párrafo, por qué no leer el segundo y el tercero. Y ya que estamos, por qué no el cuarto y el quinto. Hasta que llegaste a este sexto párrafo, en donde tampoco encontraste ese algo más. Yo en cambio sí conseguí el milagro, desocupado, ocioso y desobediente lector: conseguí que llegaras al final, que leyeras mis palabras exactas y que no te dieras cuenta del truco.

por Rober Caamaño Iglesias

 

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