Todos los habitantes del Poblado contuvieron la respiración con la mirada fija en la arboleda, esperando que salieran de un momento a otro los Espíritus.
De repente los ruidos cesaron lentamente y, cuál sería la sorpresa de todo el pueblo que, de entre los árboles no salieron seres extraños ni Espíritus Malignos, sino una comitiva de hombres asustados que llevaban antorchas seguidos de mujeres y niños: un grupo similar al de ellos pero con ropajes deferentes y pinturas extrañas en sus rostros.
Los dos grupos se quedaron callados mirándose fijamente. Se hizo un silencio que solo se rompió por el vuelo de un quetzal que sobrevolaba el claro.
El Jefe del Poblado se adelantó unos pasos y preguntó:
-¿Quiénes sois?
"Somos los habitantes del Bosque"-respondió uno-"¿y vosotros?"
-"Somos los habitantes de Fuera del Bosque. Pensábamos que aquí vivían Espíritus Malignos y todo estaba lleno de serpientes color zafiro, cuya picadura convierte en piedra al hombre".
"Pues nosotros creíamos que fuera del Bosque vivían peligrosas hechiceras y el suelo estaba infestado de tarántulas color rubí, cuyo veneno resulta mortífero con solo mirarlas.
Por esa razón nunca nos hemos adentrado fuera de los límites del Bosque, nuestro hogar".
Todos se miraron. El viejo de 97 años sonreía de lejos.
El Jefe del Poblado entonces preguntó:
-¿Y a dónde os dirigíais, Habitantes del Bosque?
"Buscábamos la causa de la sequía del arroyo"
-Nosotros también. Creíamos que la clave estaría en el manantial, pero vemos que no es así, pues vosotros vais río abajo, hacia en lugar donde nosotros vivimos, Fuera del Bosque.
"Es que la causa de la sequía está allí."-dijeron los Habitantes del Bosque con una sonrisa.
Los Habitantes del Poblado no comprendían nada.
"Dicen las leyendas que arroyo abajo, en el linde del bosque, vive el dios del Arroyo en forma de un hombre muy anciano. Le llevamos girasoles como ofrenda, su planta preferida, según los cuentos de nuestras abuelas."
Entonces, todos repararon en el viejo por primera vez.
Éste se acerco a donde estaban los demás, y caminó hacia el caudal seco del arroyo.
Una vez allí sacó las dos piedras verdes y las envolvió en una hoja de palmera en forma de triangulo que portaba en su pequeña bolsa, y las arrojó al lecho arenoso del río.
Acto seguido un torrente de agua comenzó a fluir de nuevo y todos se miraron jubilosos.
El viejo sacó el trozo de queso que le quedaba en la bolsa y se lo comió.
"-¡Que hambre tengo!"-exclamó.
Y desapareció para siempre.
por Rober Caamaño Iglesias













