'Si vis pacem para bellum'
En el puerto romano de Dacia, las primeras luces del alba anunciaron a los centuriones que era la hora Sexta. La hora del cambio de guardia en la muralla que rodeaba la ciudad.
De fondo, y con la tenue y caprichosa cortina de humo que dejaba tras de sí el faro recién apagado, los estibadores se afanaban por descargar las diversas mercancías provenientes de las riberas del Mare Nostrum.
Ánforas de todos los tamaños y calidades se amontonaban repletas de productos destinados a la venta y distribución: vino de las costas itálicas, aceite y cereales de Hispania, esclavos del Norte de África, perfumes de Éfeso y Numidia, orfebrería y artesanía fenicia, piedras talladas de Egipto y coloridas telas de Oriente, tan finas y valiosas que eran custodiadas casi personalmente por los armadores de los barcos.
Capazos de sardina, caballa y jurel eran descargados por los propios pescadores y llevados al mercado por libertos, los esclavos que habían comprado su libertad a sus amos.
Multitud de olores se confundían en aquel puerto y decenas de lenguas, dialectos y dioses se difuminaban unos con los otros en aquel cruce de caminos entre Roma, persas, griegos y bárbaros. Dacia se encontraba casi a mitad de camino entre la capital del Imperio y Atenas; y su puerto, aunque no muy significativo en tamaño, sí lo era en cuanto a situación estratégica.
Diferentes pueblos se habían apoderado de esta ciudad a lo largo de los siglos, finalmente obteniendo por los romanos manu militari en tiempos de Tiberio II, pocas décadas atrás. Su enclave natural servía de bastión protegido, que en caso de temporal o alguna escaramuza, barcos griegos y romanos, trirremes o galeras, encontraban en estas costas un refugio seguro, algo de lo que no podían presumir otros puertos cercanos más importantes como Macedonia o Delfos.
La mitad de la población era forastera, compuesta sobre todo por comerciantes de paso, viajeros y soldadesca, estos últimos encargados de supervisar y controlar la construcción de la Vía Prima, un ambicioso proyecto de Calzada que pretendía unir las costas griegas con las romanas, bordeando el Mediterráneo y el Adriático.
El pequeño Claudio corría velozmente por el decumano principal de la ciudad, sorteando hábilmente a mercaderes, legionarios, carros y animales que aquel día de mercado inundaban la vía principal de Dacia.
Tras el, Flavio, dos años mayor, porfiaba por alcanzarlo, con mucha menos fortuna al esquivar la marabunta del mercado, dejando tras de sí regueros de maldiciones y juramentos de airados comerciantes y un corifeo de animales asustados. Claudio siguió corriendo calle abajo, hacia el puerto, y casi sin resuello se paró un instante. Resoplando y con las manos en las rodillas echó la mirada atrás y vio con horror que aún seguía tras él. Y con unas piedras en la mano.
Claudio ya no podía más. Se quedó inmóvil mientras Flavio se acercaba, esta vez lentamente; como un cazador que se sabe dueño de su presa y se regodea con los últimos instantes de vida del animal.
-“Eres un tramposo”, dijo Flavio tras unos segundos de silencio.
-“¡Tútambién haces trampas!”, contestó Claudio con resentimiento.
Apretó la piedra que tenía en su mano con rabia. Tensó los músculos disponiéndose a lanzar el canto rodado.
-“A los tramposos se les apedrea”.
El otro chico se cubrió la cara con las manos encogiéndose como si ya sintiera el dolor antes del impacto.
En ese momento un murmullo de voces y griterío impregnó el ambiente.
-“¡Ha llegado la galera! ¡Ha llegado la galera!”
Flavio y Claudio miraron a la vez hacia el puerto. Hacia el mar.
-“¡Nuestro padre ha llegado!”, exclamó Claudio con alegría.
-“¡Vamos!”, dijo Flavio malhumorado.
Ya se había olvidado de las trampas de su hermano jugando a las tabas. Poco se imaginaban que las noticias que traía la galera iban a cambiarles la vida.
por Rober Caamaño Iglesias
Guionista aficionado y marinero del CNJ













