El regreso. Parte 2
06/06/2008 - 0:48
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"Qvo vadis? Vade retro!”

El estandarte rojo y plata de la legión romana ondeaba encima del mascarón de proa de la galera. Las velas, rasgadas por los fuertes vientos que habían tenido que sufrir, permanecían arriadas y navegaban a palo seco dentro del estuario que formaba la bahía de Dacia.

-¡Ha llegado la galera! ¡Ha llegado la galera!

Flavio y Claudio miraron a la vez hacia el puerto. Hacia el mar.

-¡Nuestro padre ha regresado!-exclamó Claudio con alegría.

Los chiquillos corrieron por la embarrada vía, calle abajo hacia el puerto. Un olor a salazón y a mar tropezó con ellos. Una estática gaviota posada sobre los fragmentos de un ánfora rota levantó desganada el vuelo cuando se acercaron.

Las dos galeras lucían majestuosas heridas de guerra. El trirreme, barco pequeño de avituallamiento, estaba ennegrecido probablemente de algún incendio no sofocado a tiempo. La soldadesca se revolvía inquieta dentro del barco, con ganas de pisar tierra firme. Sus rostros demacrados por las calamidades, la sed y el escorbuto habían perdido toda la gallardía y marcialidad de los legionarios romanos. Flavio y Claudio buscaron el rostro de su padre entre la marabunta.

Conforme el barco se desalojaba, y los legionarios y esclavos bajaban del barco los dos hermanos con el corazón en un puño se preguntaban qué había pasado. Un alto mando bajó del barco con cara de cansancio. Flavio se acercó a el.

-¡Señor señor! Disculpe mi hermano y yo estamos buscando a nuestro padre, que debía llegar en esta galera. Es el maestro armero Gladio Antonio.

El tribuno posó la mano sobre el hombro del chiquillo y le dijo mirándolo fijamente.
-Si no ha llegado, me temo que estará con los dioses. Hemos perdido muchos hombres.-

Flavio, con una incipiente lágrima en los ojos le respondió con voz quebrada:
-No puede ser, mi padre era el más fuerte. Mi madre lleva meses haciéndole una túnica nueva. ¡Tiene que venir!-
-¿Cuántos años tienes, muchacho?-

Flavio lloraba en silencio.
-Once.-

El tribuno le retiró la mano del hombro y le dijo con firmeza:
-Escucha esto con atención. Es hora de que te conviertas en un hombre. Tendrás que cuidar ahora de tu familia. Tengo un hijo de tu edad y es lo que me gustaría que hiciera si yo faltase. Llorar no sirve de nada. Sube a la galera, puede que haya algunas pertenencias de tu padre. Pregunta si alguien lo ha conocido y di que vas de parte de Marco Dacio tribuno de la II Legión Diacense.-
-Gracias señor. Que los dioses le sean favorables-

Flavio vio con tristeza como el tribuno se alejaba. Su hermano no sabía nada de la fugaz conversación con el hombre y lo siguió por encima de la pasarela de la galera.

Cuando llegaron arriba del barco un pilum, una lanza romana, les apuntó a la cara. Un soldado enfadado les increpó: “quo vadis? vade retro!” Aquí no están permitidos ni perros ni niños.

-¡Solo mujeres!-respondió un legionario borracho que estaba sentado en el suelo.
Se oyeron risotadas.

El pilum se volvió a balancear sobre los niños.
-¡Fuera! Aquí no hay nada que robar.-

Flavio armándose de valor dijo: “No queremos robar nada”. Queremos saber si alguien ha conocido a Gladio Antonio, maestro armero de esta compañía. Es mi padre.

Los soldados se callaron. Se escucharon unas conversaciones en latín mal hablado.

-Tu padre no está aquí. Los siento. Era un buen hombre-
-¿Dónde ha muerto? ¿Como ha sido?-
dijo al fin Flavio perdiendo toda esperanza.
-Tu padre no ha muerto. Algo peor. Su galera fue apresada por los fenicios. En estos momentos si no ha muerto, estará rumbo a Tiro.-

Flavio se sentó en un trozo de estacha que había en la cubierta. No podía pensar en nada. Su padre estaba vivo, pero prisionero. ¿Quiénes eran los fenicios? Miles de preguntas se agolpaban en su mente. Se sintió desfallecer.

No había otra opción en su mente. Debía ir a buscarlo.

por Rober Caamaño Iglesias
Guionista aficionado y marinero del CNJ

 

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