Ocurrió al salir de clase por la tarde.
Era una tarde que no prometía nada, aburrida, tediosa y fría. Muy fría.
El sol se había ocultado ya.
Tenía la sensación de haber perdido el tiempo en aquellas clases de Políticas de Marketing que oía sin escuchar, viendo como la noche arrebataba insolentemente la poca luz que podía tener aquel día gris.
En el instituto ya empezaba a oler a Navidad, y por consiguiente a las poco merecidas vacaciones.
De repente la profesora sustituta de nuestro simpático profesor de Políticas de Marketing nos sacó de nuestro letargo injustificado, diciéndonos que podíamos salir cinco minutos antes.
Celebramos la decisión haciendo caso sumisamente.
"Necesito un cigarro" me dije, o por lo menos lo pensé.
Y salimos los siete u ocho de clase.
Al llegar al vestíbulo nos encontramos ante un Árbol de Navidad que habían puesto allí una hora antes.
Estaba recubierto con algodón y en su base se hallaban tres simpáticas ovejitas de colores, también de algodón.
Por supuesto no era un Árbol que yo pondría nunca en mi casa (ni en ningún sitio) pero que le daba un toque navideño a aquel inmenso hall.
Ante tal evento, que por otra parte se producía solo una vez al año, no quedaba más opción que pararse a sacarle defectos y virtudes.
Pero mi cuerpo pedía un cigarro y allí no estaba permitido fumar.
Alguna de mis compañeras hasta comentó la opción de secuestrar a una de aquellas dulces ovejitas para adornar nuestra clase, tan sosa y desaliñada.
Mi compañero Dani, móvil en ristre, no dudó en sacar unas fotos al árbol como recuerdo.
Todos empezamos a bromear sobre el material con el que había sido confeccionado.
El Árbol de Navidad se encontraba cerca de la puerta y yo ya iba a salir pronto, por lo tanto saqué un cigarro. Busqué el mechero en algún recoveco de mi bolsillo y lo encendí.
La mala suerte quiso que me encontrara demasiado cerca de los algodones y todo aquello empezó a prender.
Al principio lentamente (hasta quisimos apagarlo con las manos), pero las llamaradas pronto subieron como la espuma y en un segundo nos encontramos ante una pira de algodón, papel, madera y ovejas, incluidas también en el lote incendiario.
Sin dilación buscamos los extintores mas cercanos, pese a que no estaba permitido usarlos, como nos dijo la Secretaria del Centro al día siguiente (lo cual parece una solemne tontería), y apagamos el incendio al instante, dejando un espectáculo a nuestro alrededor de polvo blanco, ceniza y gente saliendo atropelladamente.
Abrimos todas las puertas de entrada y poco a poco aquella nube se disipó en el éter de la tarde.
Muchos me acusaron de tener todo preparado.
Menos mis compañeros que conocen mi inocencia y la fuente de todo: la mala suerte.
Lo encendí y lo apagué en lo que se tarda en decir "expulsado del centro", o para dar un toque de humor a la historia, "ovejita de algodón".
Rober Caamaño













