El intenso silencio le despertó.
Era un silencio agobiante. Como la calma que precede a la tormenta, aunque a juzgar por el espectáculo dantesco que veía a su alrededor parecía que la tormenta ya había pasado por allí.
Una luz blanca invadía todos los rincones de aquel lugar, cegándole.
No sabía donde se encontraba, aunque de alguna forma el sitio le era familiar.
Había objetos rotos por todas partes y todo olía a tragedia.
Manchas rojas, supuso de sangre, cubrían los azulejos y vio de reojo un mango de un cuchillo que sobresalía clavado en algo. No quiso adivinar en qué.
Era un espectáculo dantesco.
Se sentó y comenzó a pensar. Quiso recordar algo pero no pudo.
Tenía que ser él el culpable, pues estaba en el lugar de los hechos y todo lo delataba.
O quizá se tratase de un atrampa que le habían tendido vilmente.
De repente oyó ruidos.
Alguien se estaba acercando. Más de una persona. Podía oír trozos de conversación.
Sobresaltado echó a correr y se escondió.
Un hombre y una mujer entraron en la cocina y soltaron un grito.
Un campo de batalla se extendía ante ellos.
En mesa y suelo se hallaban platos rotos y tazas del desayuno que habían corrido la misma suerte que los platos.
Un cuchillo clavado en la mantequilla fruto del azar emulaba la espada mítica de Arturo, esperando que alguien la sacara de allí.
Restos de colacao y leche deambulaban a su antojo por la cocina.
Para dar más realismo a aquella escena bélica, manchas de mermelada de fresa cubrían los azulejos y los cereales del desayuno parecían haber salido a dar una vuelta fuera de la caja, hastiados de permanecer en un recipiente de cartón tan cutre.
El hombre gritó indignado buscando alguna cabeza de turco.
Mientras se movía, un sonido crujiente salió de debajo de su pie derecho.
Acababa de aplastar a un par de inocentes cereales que se hallaban en el lugar incorrecto en el momento equivocado.
El hombre, fuera de sí, gritó: ¡MALDITO GATO!
Rober Caamaño Iglesias













