Tarde de marzo
24/04/2008 - 0:51
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Mientras su cigarro se consumía, atónito ante su destino, en el borde de aquel cenicero, las caprichosas volutas de humo profanaban la brisa limpia, suave y fría de aquella tarde de marzo en Jávea.

Aquella chica no se encontraba sola en esa tarde nublada.

Tenía la dulce compañía de un café y la belleza cuasi piadosa de una bahía que parecía diluida entre la soledad del invierno y la quietud del sobrio mar.

Las sillas vacías de las mesas de una de las tantas terrazas que jalonaban aquel paseo del puerto le hacían desagradables muecas, recordando quizá con melancólica nostalgia los felices tiempos del verano.

El viento jugaba con el mar y la arena tarareando canciones marinas, mientras que a lo lejos, en el horizonte, algunas gaviotas flotaban indiferentes ante el ligero vendaval que se gestaba.

El sol, avergonzado de no poder lucir sus encantos en aquel pueblo, escondió su fulgor entre las nubes grisáceas, mientras en la playa de la Grava el mar hacía apuestas con las olas a ver cuál de ellas llegaba más lejos entre los cantos rodados.

Había muy pocas personas paseando, y los que lo hacían casi siempre era por obligación, pues sus mascotas se lo requerían.

Una brisa repentina hizo flamear con reciedumbre las hojas de las palmeras y entonces recordó, mientras ondeaba su cabello, que iba poco abrigada.

Decidió que ya era hora de irse y pagó el café. Todas las monedas de su pequeña cartera de cuero de mercadillo solidario iniciaron un éxodo hacia el platillo de la cuenta.

Ella se fue.

Detrás quedaron las sillas vacías con sus muecas, las palmeras ondeantes y la belleza turbia de la Bahía de Jávea.

por Rober Caamaño Iglesias
Guionista aficionado y marinero del CNJ

 

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