Una rosa por cada lágrima
24/05/2005 - 1:32
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"Caerá la noche. Una rosa por cada lágrima, una lágrima por cada desgracia."
Sir Adalbert Shippey ,"El reflejo de la llama".1756


El día era gris. El cielo se iba llenando de nubes negras a medida que avanzaba la tarde y la luz se apagaba, difuminada, poco a poco.
Las campanas de la iglesia de San Francisco tocaban monótonamente las siete de la tarde cuando empezó a caer una lluvia fina que pronto dio paso a un chaparrón.

Por el empedrado de las calles empezó a deslizarse un suave manto de agua en el que se reflejaba borrosamente las farolas ahora encendidas.
Los únicos sonidos que se escuchaban eran los de los sumideros y canaletas que borboteaban como si fueran los lamentos de las gotas que no se resignaban a desaparecer por los oscuros y fríos desagües y rendijas que poblaban las desgastadas calles de la zona vieja de Pontevedra.
Todo se quedaba poco a poco desierto. Los ruidos urbanos descendían a medida que las ventanas de los hogares se encendían con luces cálidas.
Ocasionalmente pasaban algunas sombras enfundadas en abrigos chapoteando en los charcos con pisadas rápidas y sonoras.

Por una de las callejuelas aledañas a la iglesia un hombre avanzaba rápidamente. Llevaba una gabardina color marrón hasta las rodillas y un sombrero calado que no dejaba ver los ojos, parapetados tras unas gafas de estudioso, ahora salpicadas por algunas gotas de agua.
Su prisa no se debía a la lluvia, que le era indiferente, sino a que llegaba tarde a una cita. Estaba desconcertado desde el día anterior, cuando recibió aquella nota pequeña color beige escrita con una letra azul muy trabajada.
Los pensamientos iban y venían en su cabeza al ritmo de sus pisadas, que sonaban en la plaza como las pesadas cadencias de las antiguas galeras romanas.
Estaba cansado de hacer hipótesis acerca de la identidad del misterioso personaje que le había citado el día anterior, del cual solo conocía su caligrafía y poco más.
Pasaba un minuto de las siete cuando subía por la escalinata de San Francisco. Se detuvo un momento a secarse las gafas y entró.
Reinaba un ambiente cálido y había muchas velas encendidas aún, resultado de la misa de seis. Las luces principales estaban apagadas, solo quedaban las de las capillas laterales.
Quedaba muy poca gente.
Su vista se dirigió al final de la iglesia, a la derecha. En la capilla de las ánimas había tres o cuatro personas en penumbra.
Se dirigió allí.

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La biblioteca de la calle Sarmiento ya no era frecuentada por tanta gente como antaño.
Hacía tres años que habían abierto una nueva en el centro de la ciudad, mucho más moderna, accesible y descaradamente funcional. Y a la gente le gustaba.
Los actuales asiduos de la biblioteca eran viejos catedráticos, tan vetustos como los libros que llevaban, profesores de la universidad y diferentes personas que durante años habían acudido allí por la extraña amistad con aquel viejo edificio y con la bibliotecaria, tan gastada como sus libros, que llevaba allí poco menos de cuarenta años.
Un día cualquiera la puerta de madera se abrió y entró un hombre. Le gustaba perderse entre las montañas de libros gastados, bañados por las luces amarillentas de unas lámparas llenas de polvo.
Llevaba algunos meses viniendo en busca de un libro antiguo que sabía que se encontraba allí, "El reflejo de la llama".
En unos escritos de su abuelo aparecía mencionado y siempre había tenido curiosidad de saber de qué trataba, pero nunca estaba. Siempre encontraba el mismo hueco, día tras día.
Su curiosidad por él se multiplicó cuando se enteró de que el interés por la obra de Adalbert Shippey era compartida por otra persona, hasta el punto de llevárselo cada semana durante meses.
El misterioso personaje que tenía el libro siempre se le adelantaba y lo llevaba antes que él.

La bibliotecaria lo llamó con un gesto. Conocía esta pugna silenciosa por el libro y le hizo una confesión: -Hace dos minutos que se ha ido. Probablemente se ha cruzado con usted. Lo ha renovado, como hace tres meses, y se ha ido. Me ha dado esto para usted.

La mujer le dio una nota. El, desconcertado, la cogió y se fue sin decir apenas adiós.
No entendía nada.
Mientras caminaba por la calle se puso a hacer memoria de todas las personas con las que se había cruzado dos minutos antes de entrar en la biblioteca. Tenía la nota en el bolsillo de la gabardina. Aún no la había leído.
El misterioso personaje podía ser cualquiera: la mujer mayor en cuyo bolso podía albergarse el libro, el hombre de la chaqueta verde de franela, un universitario despistado asiduo de la biblioteca que podía camuflar en la mochila perfectamente "El reflejo de la llama".
Se sentó en un banco de la plaza de la Herrería y sacó la nota.
Miró al cielo y pensó "va a llover". Efectivamente, el día se estaba nublando muy rápidamente.

Leyó la nota. No podía ser más extraña.

"Mañana.19:00 en la Iglesia de San Francisco. Último banco de la capilla de las Ánimas."

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Sus pasos resonaban en el suelo de piedra de la iglesia. Se escuchaban algunos murmullos de algunas oraciones susurradas.
Al llegar a la capilla se sentó en el último banco, a una prudencial distancia de la figura en penumbra que estaba en el otro extremo.
Era sin duda alguna su misterioso personaje. Esperó un par de minutos y la gente que allí se hallaba de rodillas se marchó. La figura le hizo un gesto para que se acercara. Era un gesto extrañamente familiar. Era el mismo gesto que le había hecho la vieja bibliotecaria el día anterior. ¡Era ella!

-Le veo sorprendido-dijo.
-Y quien no lo estaría-respondió.
-Tengo aquí el libro.
-Lo suponía. ¿Me lo va a dejar? -dijo él con una voz conciliadora, disimulando su nerviosismo.
-Hay libros que no son lo que parecen.
Algunos son tan atemporales que sorprenden, y otros que dejan claves ocultas tan misteriosas que desconciertan hasta a los más expertos en estas materias.
-Entiendo, pero ¿Esto que tiene que ver conmigo?
-Tenga cuidado. A veces las palabras engañan. Su abuelo y yo estuvimos a punto de morir por intentar ir más allá de las páginas del libro.
-¿Qué? -contestó totalmente desconcertado. ¿Usted conoció a mi abuelo?
-Tome el libro. No olvide lo que le dije. Me tengo que ir -dijo la mujer levantándose del banco. Es muy tarde. Adiós.
-Adiós, ya nos veremos.
-Eso espero. Que tenga buena tarde.
Cogió su paraguas y se fue.

El eco de los pasos de la bibliotecaria se diluyó en el vasto espacio de la iglesia. No había nadie excepto él.
Podía escuchar el chaparrón a través de las vidrieras.
Se quedó un momento mirando la figura de las ánimas iluminada por la rojiza luz de tres cirios gastados, y abrió el libro.
Se lo quedó leyendo hasta que el sacristán le comunicó que iba a cerrar la iglesia.
Eran las ocho. Había parado de llover y él no había parado de pensar.

Roberto Caamaño Iglesias
Marinero del CNJ
y guionista aficionado

 

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