Una rosa por cada lágrima. Parte 4
30/08/2005 - 1:25
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Era el segundo día de clase. El tiempo no había perdonado, y la clase era un revuelo de paraguas y abrigos que conformaban un abanico multicolor de prendas de abrigo y otros artilugios varios confeccionados para combatir el frío y la lluvia. Los alumnos estaban ya en clase.

Por la ventana se veía todavía el cielo nublado y la tenue niebla que se perfilaba alrededor del mobiliario urbano era del color rojizo de las farolas.
El profesor entró en la clase. "Buenos días", murmuró mirando a sus alumnos y a la ventana de reojo. "Es una mañana triste", pensó.

"Ante todo voy a pasar lista”. “Solo por hoy", dijo limpiándose las gafas.
"Que sepan que no me voy a intentar aprender ningún nombre. Si hacen méritos durante el curso quizá sí me quede con sus nombres." -los alumnos se miraron extrañados, excepto los que habían repetido el año anterior, como Bea. "Siempre dice lo mismo y al final siempre se sabe el nombre de todos", comentó Bea a Roi en voz baja.
"Ahora voy a pasar lista. Pero van a ser nombres al azar. Nada de apellidos. Estén atentos". Todos se miraron divertidos. "Este hombre está mal de la cabeza".

-¿Alex? -Presente
-David -Yo
-Alba -Presente
-Luis -Aquí
-Beatriz –Hello. Respondió Bea sin mucho afán."No me sea maleducada por favor, que ya nos conocemos". En el fondo la situación le divertía. Veía las caras de desconcierto de sus alumnos que no sabían si permanecer serios o reírse.
No tenía ninguna gana de dar clase. Lo que quería era ir a la sala de profesores a leer "El reflejo de la llama".
"A ver, ¿por donde iba...? Esto...”
-¿Ernesto? -Presente
-Raúl -Aquí
-Tomás -Yo
-Silvia -Yo
-Helena -Presente
-Iria -Aquí
-Patricio -Eh... ¡Yo! ,"Me estaba quedando dormido" comentó a Raúl, su compañero de pupitre.
-Paula -Presente
-Elia -Aquí
-Yasmina -Levantó la mano.

"Ya está. Solo quiero decirles una cosa. Seguro que ya saben que éste es mi último año de profesor". Se escucharon cuchicheos. Lo sabían de sobra.
"Si piensan que como me jubilo les voy a aprobar por la cara, se equivocan." Típico discurso, pensaron todos mirándolo con cara de aburrimiento. Varios jugueteaban con sus respectivos lápices y plumillas. Roi hacía dibujos en su libreta. No se atrevió a hacerlos en el pupitre como hacía con los otros profesores.
"Y si piensan que con sacar dieces y buenas notas van a aprobar, también se equivocan". Se escucharon murmullos de extrañeza y desaprobación, sobre todo de las chicas. "Por una razón muy sencilla: Esto no es Matemáticas ni Ciencias Exactas. Esto, señores, es Historia del Arte. Por mucho que me sepan la teoría, si no muestran un mínimo de talento artístico, creatividad y esas cosas que ustedes saben, estaré muy feliz de suspenderles.
De lo contrario, a final de curso será el llanto y rechinar de dientes, si me permiten coger prestada una expresión bíblica que viene muy al caso ahora." Muchos sonrieron.
"Ahora haremos un pequeño ejercicio", dijo firmemente y levantándose.
"Les voy a repartir 16 hojas, una para cada uno. En la pizarra apuntaré una frase y ustedes responderán con otra frase, la que quieran, poniendo en ella lo que más les sugiera lo que he puesto. Esto les ayudará a poner en funcionamiento su cerebro."
Se dirigió a la pizarra para poner algo.
Mirando al vacuo espacio verde de la pizarra que estaba delante de él solo se le pasaba por la cabeza la historia de "El reflejo de la llama". "Esto comienza a ser enfermizo", pensó. "Tengo que sacarme de la cabeza ese libro".
Mientras, los alumnos hablaban entre ellos dándole vueltas a sus papeles, viendo al indeciso profesor, que no era capaz de poner nada, con la tiza en alto. -"¿Profesor...?" Pregunto Roi.
"¡Ah! Sí...Apunten..." La tiza se deslizó dejando en su estela de polvo blanco una frase que hasta a él mismo le sorprendió verla escrita: Una rosa por cada lágrima.
"Ahora escriban brevemente lo que les sugiere la frase. Sé que es un poco complicada pero no se me ocurría otra cosa."
Los alumnos se pusieron a escribir.
"¿Tenemos que poner el nombre en la hoja?", preguntó alguien.
"¿Usted qué cree?", respondió el profesor "Sinceramente, no lo sé", contestó desconcertado el alumno.
"Yo tampoco lo sé, pero pónganlo, mejor", dijo con un tono desenfadado.

El timbre avisó ruidosamente que la clase había terminado.
El profesor recogió las 16 hojas y se fue.
"Necesito una pipa", pensó.
Sus pasos se perdieron por el pasillo.


Roberto Caamaño

 

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