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Como todos los años a la llegada de la primavera, las velas de los barcos salpicaban la bahía, surcando en todas las direcciones, arañando cada atardecer los rayos de un sol cada vez más caluroso.
El Xarxa era un pequeño barco de vela latina, un poco cascado como su propietario, el tío Pere, que aunque tenía fama de excéntrico, no lo era en absoluto. Con casi ochenta años, lo que más le gustaba al abuelo era salir a pescar, o simplemente echar una siesta con el ancla echada, cuando el calor no lo permitía hacer dentro de casa.
Sus nietos lo solían acompañar algún que otro día, y disfrutaban aprendiendo los secretos de la mar, la pesca y la navegación, y se reían divertidos cuando el abuelo se enganchaba con algún cabo y mascullaba maldiciones entre dientes.

Día a día durante todos los días y a primera hora de la mañana se sentaba en el mismo banco del paseo del puerto. Su pelo pintaba algunas canas y las arrugas ya empezaban a surcar su cara. Su fondo de armario denotaba la decadencia de una época antaño próspera y que se había mudado en supervivencia en la actualidad.

A aquel hombre siempre le había gustado el mar, y desde aquel lejano día que se subió por primera vez a un barco velero supo que solo permanecería en tierra por causas de fuerza mayor y el menor tiempo posible.
Sus ojos no se cansaban de ver amaneceres, ni sus manos de arriar de las escotas de las velas.

'Si vis pacem para bellum'

En el puerto romano de Dacia, las primeras luces del alba anunciaron a los centuriones que era la hora Sexta. La hora del cambio de guardia en la muralla que rodeaba la ciudad.

La clase de latín había comenzado hacía diez minutos. Sin embargo, a cuentagotas, seguían entrando alumnos por la puerta gris perla del aula. Los rezagados; rumiantes mascadores de chicle, se sentaron ruidosamente, interrumpiendo por un instante las explicaciones de la profesora novata. Tras un brevísimo lapso de segundos, el sonido en Morse de los chasquidos de la tiza se adueñó nuevamente del silencio-modorra que reinaba en la clase.

Creo que sería mejor que dejes de leer el presente texto y te pongas a hacer algo productivo, como por ejemplo trabajar. No encontrarás en este pequeño espacio de esta revista algo que destaque porque muchas veces escribo tonterías. Otras veces escribo historias más o menos entretenidas, pero de escaso o nulo valor literario, que no trascenderán ni dejarán huella, dada su ausencia de estilo y pretensión. Sin embargo, me las publican, ya ves. Y la gente, por un extraño milagro, las lee y hasta le gustan.

Ocurrió al salir de clase por la tarde.
Era una tarde que no prometía nada, aburrida, tediosa y fría. Muy fría.

El intenso silencio le despertó.
Era un silencio agobiante. Como la calma que precede a la tormenta, aunque a juzgar por el espectáculo dantesco que veía a su alrededor parecía que la tormenta ya había pasado por allí.

Mientras su cigarro se consumía, atónito ante su destino, en el borde de aquel cenicero, las caprichosas volutas de humo profanaban la brisa limpia, suave y fría de aquella tarde de marzo en Jávea.

Empezó a llorar de pequeño, y no paró jamás de hacerlo.
Pasaba el tiempo, y conforme se hacía mayor y se iba desarrollando, lloraba cada vez más.
Pero no era un llanto escandaloso.
Era un llanto suave.