En el nordeste del océano pacífico existe el basurero flotante más grande del planeta. Se asemeja al mar de los sargazos, pero no es de algas, sino de basura, y en su mayoría plástico. Desechos acumulados por el movimiento circular de las corrientes marinas que van a dar a esas aguas remotas. Su tamaño equivale a la superficie de la península ibérica (alrededor de seiscientos mil km2).
La basura es vertida en gran parte desde tierra firme, desde grandes plataformas marinas, y desde barcos. Más de la mitad es plástico no biodegradable, como el PVC, que tarda siglos en descomponerse. Parte de la basura en el mar degenera en pequeñas partículas que ingieren aves y peces, creándoles serias dificultades al bloquearles el tracto digestivo, y provocándoles la muerte por inanición.
La tortuga boba, al borde de la extinción, es una de las mayores víctimas: el 75% de muertes de estos reptiles son provocados por la ingesta de plástico, que confunden con presas, o quedándose atrapadas de incontables formas entre los desechos y restos de redes. En la densidad de esta agua el plástico alcanza el nivel de seis kilogramos por cada kilogramo de plancton.
¿Qué tenemos que ver nosotros con todo esto?
Las costas francesas, las italianas y las españolas se llevan la palma en cuanto a la contaminación del mar a través de actividades industriales, turismo costero, aguas de saneamiento y las redes pluviales que acarrean basura, preservativos, jeringuillas etc., sin ser tratadas en origen para que no lleguen ni a los ríos ni al mar.
Plásticos, colillas, latas, botellas, ropas e infinidad de desechos dejamos en las playas y son arrastradas por el viento.
La basura acumulada en los fondos marinos de nuestras costas es superior a la de cualquier otra zona del planeta, ya sea la costa de Indonesia, del Caribe, la del Mar del Norte o del golfo de Vizcaya, entre otras tantas costas con acumulación de basura en los fondos marinos.
En mil novecientos noventa, viví mi primera experiencia en un barco de pesca en el Mediterráneo. Fui a faenar una jornada en alta mar. Entonces la tripulación aún era española con fuerte predominio andaluz (hoy la mayoría son ciudadanos magrebíes o subsaharianos), y entre todos, un saleroso gaditano cantaba flamenco contagiando alegría.
Me sorprendió de mala manera cuando, al acabar de beber su cerveza, arrojó el bote al agua delante de todos como si nada. Otro lo imitó, entonces, hice un comentario sobre lo que acababan de hacer y ellos me dieron a entender que el mar puede con todo y que los "ecologistas" exagerábamos con lo que decíamos, y muy convencidos de lo que dirimían, no entendían las razones para no arrojar la basura al mar.
El barco contaba con papeleras en cubierta, sin embargo algunos preferían este comportamiento. Los restos biodegradables, como frutas, pan, restos de comida, sirven de alimento para los peces, pero, ¿botes y plásticos? Sólo ensucian el mar. En parte, el mar se los devolvía en las redes, entre la ya escasa captura de peces.
Ese mismo año tuve la suerte de viajar a visitar el Machu Pichu en el andino Perú. En la caminata de ascensión a ese incomparable lugar de exuberante belleza, compartíamos experiencia un grupo de viajeros de diferentes países, entre los que había dos ciudadanos alemanes. Uno de ellos, en una parada de descanso, encendió un cigarrillo. Al apagarlo, sacó de su bolsillo un cenicero portátil donde fue guardando las colillas de ida y vuelta, para arrojarlas en un basurero una vez de regreso a la población más cercana (la contaminación del río Rhin les había enseñado la lección).
Quedé maravillado con el comportamiento ejemplar de este joven. Fue una bocanada de esperanza hacia la humanidad entera. Algo que nos redimía de la falta de respeto al entorno que entonces era moneda corriente. Pero no podía imaginar lo que vería casi veinte años más tarde.
Hace tan sólo unos días, encontré a la sombra de unos pinos y a escasos metros de un punto de recogida de basura, tres inmensos camiones volquetes de una empresa con distinciones de calidad en sus servicios -sellos con que premian a las empresas más punteras, más modernas en su área-, y tres de sus trabajadores bajo la sombra fresca de los pinos, almorzaban. Al pasar los saludé para seguir andando entre los árboles.
Al día siguiente, de paso por la misma senda, encontré los restos del almuerzo de los camioneros, todo desperdigado por el suelo: restos de pan, papel del fiambre, los botes de cerveza, las bolsas de patatas fritas y los del súper donde se habían aprovisionado. Todo en medio del verde y bajo la sombra donde comieron. Por lo visto, habían acabado de almorzar, se levantaron, se sacudieron las sobras de encima y sin más, se marcharon, dejando toda la basura en el lugar, sin ver siquiera que a unos pocos metros hay varios contenedores de un punto de recogida.
Los hombres del barco creían que el mar podía con todo, que la inmensidad que nos rodeaba era infinita y que el bote era una cosa insignificante en el mar. Hoy, casi veinte años después la captura de peces se ha reducido considerablemente, y la presencia de basura en las redes cobra más protagonismo que nunca. Nos agarramos la cabeza impresionados por lo que nos deparará el futuro inmediato: un mar sin peces, lleno de basura que en gran parte es arrojada desde los propios barcos, y que llega flotando, a través de las corrientes marinas, a zonas remotas y apenas pobladas por el hombre, donde sin embargo hay plástico por todas partes.
¿Qué esperamos que nos ocurra en tierra? No será muy diferente a lo que ocurre en el mar, es la misma casa la que ensuciamos de mala manera.
Por Luis Vargas















