Las aves del Parque Natural del Montgó
20/10/2006 - 18:23
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La dirección del Parque Natural del Montgó programó una serie de conferencias sobre la biodiversidad del espacio natural, cuya riqueza e importancia resulta ser una gran desconocida para la mayoría de las personas que viven alrededor del macizo. Con más de 650 especies de plantas diferentes, una rica variedad de fauna terrestre y de aves, y un ecosistema marino catalogado como Reserva por su importancia para la regeneración de la vida de esta parte del Mediterráneo, el Montgó es mucho más que una imponente mole de piedra calcárea, con tantas caras, todas diferentes, como poblaciones que le rodean.

Las conferencias visitaron este verano las poblaciones de Dénia, Gata, Pedreguer, Ondara y Xàbia, y corrieron a cargo de Joan Torres, biólogo y monitor de educación del parque, y Joan Sala Bernabeu, naturalista y ornitólogo. Estructuradas en función de los diferentes hábitats del Parque Natural, las tres charlas trataron la diversidad de la flora, las aves del Montgó y el ecosistema marino del Cabo San Antonio, respectivamente. En este número hablaremos de las aves.

Los ambientes del Montgó
Los diferentes ambientes del Parque Natural del Montgó y sus alrededores favorecen la presencia de una gran biodiversidad. Sobre el macizo podemos diferenciar cinco zonas diferentes, a saber, la cima, los pinares, los matorrales, los acantilados y los acantilados marinos. Más abajo, encontramos la costa, las áreas urbanas, el río Gorgos y los cultivos. Estas dos últimas zonas son de especial importancia por cuanto sirven de conectores ecológicos, es decir, unen las montañas del interior de la comarca con el macizo, favoreciendo el trasiego de las especies.

Las aves del Montgó y de su entorno
Mediante una serie de bellísimas fotografías realizadas por él mismo con mucha paciencia, Joan Sala presentó algunas de las 105 especies de aves diferentes que a lo largo del año habitan el Montgó y su área de influencia. De éstas, 77 crían en el macizo o sus alrededores, algunas viven permanentemente en el Parque, como es el caso de los pájaros más territoriales, como las rapaces, o los diminutos “passaforats”. Otras muchas especies de aves encuentran en el Montgó su residencia de invierno, o sólo están de paso, en su camino hacia el continente africano.

Las aves son criaturas curiosas, descendientes directos de los dinosaurios, que siempre han fascinado al hombre por su capacidad de volar libremente, y más recientemente, han maravillado a los naturalistas con sus curiosas relaciones sociales, a menudo interesante reflejo de las nuestras.

En lo más alto de la cadena trófica del Montgó está el búho real que habita en los acantilados, en concreto, hay una pareja en los marinos y otra en los riscos debajo de la cima. Este superpredador sirve como indicador del estado de salud del Parque Natural, ya que se alimenta de todas las demás especies, incluso de las gaviotas y los polluelos de águila.

El Montgó alberga una pareja de águila de pancha blanca en sus acantilados. Estas rapaces territoriales precisan de todo el parque para encontrar su alimento, por lo que expulsan a sus crías de la zona en cuanto éstas se tornan adultos. Si hay abundancia de comida, el águila de pancha blanca pone dos huevos; primero uno y días más tarde otro. Si luego escasea el alimento, el pollo mayor se come a su hermano.

El pequeño “passaforats” mide no más de 4 o 5 cm, desde la punta del pico hasta la cola. El macho es territorial y polígamo, pero cuida de cada una de sus hembras y sus polluelos con mucha dedicación. Como resultado muere agotado con sólo 4 años.

Los mirlos comparten el mismo hábitat. El hermoso pelaje azul de los machos sirve no sólo para llamar la atención de la hembra, sino para marcar el territorio, y en caso necesario, para ofrecerse como víctima a los depredadores, mientras que la hembra, de un discreto color pardo, defiende a sus polluelos.

El vencejo es uno de los habitantes más curiosos de los acantilados marinos, que también son frecuentes en las paredes de los edificios. Gracias a sus enormes alas, vive la mayor parte del tiempo flotando sobre las térmicas, donde incluso encuentra las pajas y plumas que sirven para crear su nido. El vencejo no puede posarse sobre tierra, ya que entonces nunca podría levantar el vuelo otra vez: sus alas no se lo permiten. Por ese motivo, solamente se posa en paredes verticales, iniciando el vuelo desde la caída libre.

El halcón es otro pájaro que vive y come en el aire. No puede cazar sobre tierra, por lo que ha perfeccionado la técnica de golpear a su presa en el aire, dejándola aturdida, y cazarla al vuelo, antes de que toque tierra. Las perdices y codornices están a salvo del halcón mientras no eleven el vuelo.

La bubilla es un curioso pájaro de color naranja, con rayas blancas y negras, habitante de las zonas cultivadas. Su cabeza está coronada por una cresta que desprende un olor fétido, que le sirve de protección. Es muy útil porque se come a las procesionarias. Las crías tienen un sistema muy curioso para defenderse de los depredadores: cuando aparece una serpiente en el nido, todas a la vez se dan la vuelta y apuntan la parte trasera hacia el invasor, defecando sobre él.

Uno de los pájaros que habitan en la costa, además de los patos que descansan sobre el mar en su ruta hacia el sur o las carroñeras gaviotas, es el correlimos. Este pequeño pajarito que parece un gorrión con pecho blanco y patitas muy largas está en peligro de extinción porque frecuentemente abandona la puesta ante la afluencia de gente en la playa.

El río Gorgos, y sobre todo las paredes de sus márgenes en la parte final sirven de hábitat para numerosas especies de pájaros. Además de diferentes tipos de garzas, quizá el habitante más especial sea el abejaruco. Esta preciosa ave viene de África en marzo y se va en agosto. Cría en las laderas del Gorgos, pero su colonia está disminuyendo dramáticamente en los últimos años debido al trasiego de camiones, quads y motos de trial. Ahora sólo quedan 4 o 5 parejas.

En las áreas urbanas encontramos algunas aves que han aprendido a no temerle al hombre, como las golondrinas y los estorninos. Las golondrinas crean sus nidos de barro y saliva en las vigas o tejados de casas viejas. En invierno se van a África, y cada verano vuelven a su nido, que si se ha estropeado, no tardan en arreglar.
Los estorninos pasan aquí el invierno y vienen en masa: es común que una bandada esté compuesta por más de 2.000 individuos. Se posan sobre los árboles de los parques, piando de forma ensordecedora, ensuciando el mobiliario urbano, la camisa de los domingos y los coches recién lavados. Supongo que nos lo merecemos.

Foto: pareja de abejarucos, por Joan Sala

 

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