Historia para Bruno
Arroyo Bonito, donde jugábamos casi todas las vacaciones de verano, afluente humilde del río Paraná, sufre crecidas en la época de lluvias que duran de mediados de diciembre hasta la primera quincena de marzo. Situado en la región subtropical de la provincia de Misiones en el nordeste argentino, la tierra misionera tinta de rojo con su polvillo todo lo que toca y con el agua muy fácilmente se convierte en arcilla.
En el mes de diciembre el arroyo corre torrencial, y coinciden las vacaciones con el inicio de la estación de lluvias al comienzo del verano. Entonces el arroyo baja con fuerza y fuera de su cauce, desbordando las barrancas y los pasos bajos en medio de la vegetación frondosa de múltiples verde brillantes; la humedad llena todo el espacio.
Cuando se calmaban las primeras lluvias salíamos en busca de correría; el olor agreste y nosotros libres saltando charcos, libres del ritmo que nos imponía el colegio.
Primero íbamos a ver la crecida, como llamábamos al caudal desbordado que acarreaba todo lo que hallaba a su paso, venían ramas, troncos, restos de árboles ribereños, algunos animales, también serpientes que lidiaban por salvarse, por llegar a la orilla. Esperábamos que todo se calmara, que amainaran las lluvias y que el color del agua colorada y turbia se hiciera más clara, que trajera menos cosas. A su orilla acudíamos por la mañana antes de comer, con la promesa de acordarnos el horario del almuerzo. Entonces hacíamos acopio de cosas que traía la corriente y lo utilizábamos en la construcción de un embalse como el que hacen castores, reteniendo el agua y haciendo crecer la profundidad para tirarnos de cabeza desde los árboles. En esto competíamos con otros niños que más abajo o más arriba hacían lo mismo que nosotros. Nuestras vidas transcurrían en ese entorno marcado por los acontecimientos naturales.
Entonces, llenos de expectativas, aprovechábamos para poner a prueba aquello que alguien había ingeniado, y esta vez, recuerdo, fue una balsa que un hermano mayor se empeñó en construir con rollos de madera del aserradero de un hombre de las Canarias, gigante y déspota, con quien trabajaba mi padre.
Unió siete rollos uno al lado de otro y con palos a través en los extremos, los ató fuerte con cuerdas y tanzas de varias procedencias. La tela de un saco de harina de trigo hacia de vela o estandarte, aunque acabó desgarrado cuando el miedo a la zozobra se apoderó de la tripulación. Pesaba una barbaridad la balsa, pero entre todos la arrastramos sobre troncos en medio de la algarabía y llenos de expectativas.
Conseguimos llevar la embarcación de madera hasta el agua, y en un recodo con remanso la empujamos entre la celebración de todos, llenos de emoción. Desde la orilla tirábamos con una cuerda la balsa, mientras el hermano mayor, el de la idea, se subía ayudado por un palo largo con forma de remo. A partir de ahí, subía el que podía, y en medio de gritos y chapoteos nos hicimos con el control, para terminar arrastrados por la corriente.
Algunos no llegaban a subirse del todo y cogidos de la balsa seguían a nado intentando el abordaje. Todos arroyo abajo apartando ramas en la arriesgada expedición hacia el río Paraná al que no llegaríamos: dista muchos kilómetros y demasiados obstáculos. Nuestra aventura duraba apenas unos quinientos metros.
Más abajo, una zona alta de piedras convertía el sórdido y torrentoso caudal en el alegre sonido de las cascadas que no eran cascadas, sino la contención brutal que imponían las piedras al agua. Ahí varábamos y destartalada la balsa, la aventura se convertía entonces en el rescate de la embarcación naufragada.
Aquel verano estaría marcado por esta experiencia.
Para el resto del verano nos apoderábamos de ese pequeño trozo del arroyo; la balsa, pistoletazo inicial de las vacaciones.
Las vacaciones anunciaban las lluvias constantes y fuertes primero que, a medida que pasaban los días, se sosegaban. También el arroyo volvía a un estado más tranquilo, menos caudaloso y más transparente. Por las tardes desenterrábamos lombrices y con una caña fina de tacuara pescábamos silenciosos de cuclillas, esperando el pique. Cuando los mosquitos no nos permitían estar quietos, volvíamos contentos con la cena. Nos sentíamos importantes, cargábamos peces que mi madre rebozaba en harina y nos los servia fritos, para después irnos a dormir agotados.
Hoy miramos con recelo al Arroyo Bonito y al río Paraná, que poderoso, colmado de misterios y leyendas, se desliza hacia el sur, cual serpiente gigante y silenciosa en medio de la selva que llega al agua, movimiento que invita a observarlo desde donde el espectáculo alcance mayor dimensión.
Hoy se desforesta la selva por la madera. Donde había jungla ahora hay pinos, y se contaminan ríos con desechos de papeleras.
A pesar de cuanto queremos al río, un poco le tememos, y es por el olor a químicos que trae, y dicen, que solo a veces, solo a veces.
por Luis Vargas















