Primera entrega
Cuando Epifanía decidió visitar España contaba con setenta y ocho años y estaba a punto de cumplir setenta y nueve. Ella, que nació y vivió entre las fronteras culturales de Brasil, Argentina y Paraguay, abandonaba por primera vez el continente americano.
Allí donde en la alimentación prevalece el sabor y el color del maíz elaborado de innumerables maneras, y casi a diario se come porotos negros (alubias pintas), mandioca (la yuca), y se usa la harina de trigo para muchas más cosas que para hacer pan. Los peces deliciosos de los ríos saben a tierra, al fango que arrastra en su lecho el Paraná en su destino al gran estuario del río de la Plata, que parece desde la orilla un mar turbio de agua dulce en Buenos Aires, provincia de excelente pastura para el ganado vacuno.
Con esta cultura alimenticia, Epifanía no podía imaginarse lo aquí le esperaba. Ella que nació y vivió a más de mil kilómetros de la costa marítima más cercana, y que además en su visita al levante español, durante la primera semana, tuvo como anfitriona a Pilar, su consuegra, tres años más joven que ella y de arraigada tradición culinaria mediterránea, que se esmeró desde el primer momento en ofrecerle encantada sus ofrendas con sabor a mar.
Un mundo de nuevas sensaciones para Epifanía, que llegó un martes al mediodía a Madrid, después de largas horas de vuelo transoceánico en un Jumbo gigante con más de cuatrocientas plazas. Al día siguiente de aterrizar en tierras castellanas partió en tren rumbo a Valencia (la acompañé en todo su periplo), y para comer a bordo nos sirvieron de primer plato paté de roquefort acompañado de naranja natural y mermelada de moras, después, lomo de mero en salsa verde con guarnición de papas parisinas al vapor y espárragos blancos, y de postre, queso camambert.
Comió sin rechistar, y mojó el pan en la salsa verde hasta dejar la bandeja limpia. Fue entonces cuando supe que se atrevía con nuevas texturas y sabores, y me sorprendió, porque yo había vivido la experiencia de compartir viajes con amigos que, en países lejanos, no se atrevían a probar nada que a la vista no les resultara familiar, y en más de una ocasión tuve que acompañarlos hasta encontrar algún lugar donde pudieran dar algún bocado.
Es por eso que me sorprendió la actitud de Epifanía, que después de comer, se quedó mirando por la ventana del tren con sus ojitos vivaces, viendo el paisaje de Castilla La Mancha, y de vez en cuando me preguntaba los nombres de las especies vegetales que veíamos pasar veloces como inmensos lienzos llenos de cambios de luces.
Divisábamos zonas labradas en un sentido, otras en otro. Cereales en distintos estados y colores. Grandes extensiones de tierra roja. Elevaciones y trazos suaves y constantes se perdían lejanos en el horizonte, y a la altura de Requena las líneas de cepas que se perdían en la distancia fueron dejando paso al paisaje más accidentado y al verde oscuro del bosque mediterráneo, y el aire húmedo que respirábamos nos presagiaba el mar.
Valencia nos recibió con árboles de naranjos y con vides, es decir, con los colores de la huerta que adornan las paredes del edificio de la estación de tren. Ese bello espacio modernista, céntrico y concurrido, de inmensas puertas de maderas y cristales cincelados en espiral. Enfrente, la plaza de toros con sus arcos y múltiples ventanas, balaustradas y ladrillos, que dan forma a su redondez, y que miramos asombrados desde la explanada de la estación.
En el pueblo de Epifanía dan la bienvenida a la visita agasajándole con una parrillada de carne de ternera, y en su casa, además, acompañan el asado con mandioca hervida en agua con sal. Mientras, fraguan las próximas comidas, que suelen ser mucho más elaboradas y casi siempre llevan harina de maíz como base del sustento.
Pero en Jávea tuvo que empezar superando la prueba de oro del alioli. Generalmente, quien nunca ha probado esta delicia de la cocina mediterránea suele ir con cierto cuidado; ajos, sal, limón y aceite de oliva son sus únicos ingredientes cuando está hecho en casa, y en el bar donde lo probó por primera vez, en el puerto, lo hacen igual.
Repasábamos las cartas cuando nos dejaron una canastilla de pan y un morterito de cerámica lleno de alioli, y cuando llegaron los boquerones fritos, los calamares rebozados, las clóchinas hechas al vapor con laurel, limón y pimienta negra, tuvimos que pedir más alioli porque Epifanía lo había comido como si de mantequilla untada en pan se tratara.
A partir de entonces creímos que tenía el camino allanado y decidimos que durante su estancia no debía faltar alioli en la mesa.


















