Últimamente me han llamado por teléfono o parado en la calle amigos para comentar lo mal que están las Cataratas del Iguazú. Cada vez he tenido que dar una respuesta escueta pero no completa a mi parecer, así que decidí hacerlo de esta manera y así digo todo, o casi todo, sin luego creer que no me he explicado lo suficiente.
El caudal de las cataratas responde a un ciclo natural y tiene que ver con las lluvias: cuanto más abundantes, más aguas en los saltos, y claro, debe llover en el norte, en las selvas de Brasil, que es de donde viene serpenteando hacia el sur el Río Iguazú.
Las Cataratas del Iguazú tienen más de dos mil metros de anchura, espectacular cuando el río viene abundante, y mísera y triste cuando está seca.
Sufre el río sufre la tierra.
Las Cataratas del Iguazú se forman en el río del mismo nombre, antes de unirse éste con el Paraná, en medio del verde vegetal del Parque Nacional de Iguazú. En la frontera de Argentina, Brasil y Paraguay. Sus 275 saltos de hasta 70 metros de altura fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
El río Paraná, enriquecido por su afluente, sigue bajando hacia la llanura de las Pampas argentinas, camino al estuario del Río de La Plata, y desemboca en el Atlántico, a la altura de la ciudad de Buenos Aires.
Movimiento inquietante del profundo caudal cuando pasa por Montecarlo, el pueblo donde nací y crecí, en la provincia argentina de Misiones, donde se asentaron los primeros Jesuitas. Ahí el Paraná nos regala mil metros de orilla a orilla. La isla de Caraguatay, divide las corrientes y crea el remonte idóneo para los pescadores del Dorado, pez de hermosa apariencia color oro, que a veces llega a pesar veinticinco kilos. Hay otras variedades más grandes, de bigotes largos algunos, con boca de rastreadores de fondos fangosos otros.
A la altura de la Isla de Caraguatay, en el municipio del mismo nombre y a orilla del río, existe la casa museo donde vivió el Che Guevara de niño.
El río Iguazú abastece a las Cataratas en su descenso y nace en el estado de Paraná, Brasil, mil kilómetros al norte. Al llegar a las Cataratas del Iguazú trae consigo todo lo que recoge a su paso, e incontables arroyos y pequeños ríos aportan agua a su caudal.
Recuerdo que las lluvias solían durar días, hasta semanas. Truenos y tormentas eléctricas se formaban en un plis-plas, después llovía torrencialmente y corríamos a refugiarnos, o detrás de un balón jugando al fútbol, o al río a bañarnos viendo las gotas grandes formar pequeños champiñones al dar con la superficie del caudal donde nos sumergíamos, escondiéndonos del torrencial alegre y vigoroso.
Las épocas de las lluvias comienzan a finales de diciembre y se extiende casi hasta abril. El resto del año lo corriente era que siguiera lloviendo, aunque un poco menos.
Esto ha ocurrido otras veces, lo de no traer agua el río Iguazú. Entonces, las paredes de piedras de las Cataratas aparecen como una gran muralla gris en medio de la selva verde, con apenas unos pocos y escasos chorros de agua.
Sé que en el siglo pasado ocurrió en dos ocasiones. La última vez fue en el año setenta y ocho, y las Cataratas estuvieron casi un mes sin caudal.
Sin embargo, la mano del hombre tiene algo que ver. Paradójicamente, aunque se ha preservado la zona turística con aspecto salvaje, el resto del territorio se dedica a grandes monocultivos de dos o tres especies de pinos que en el rico y colorado suelo misionero crecen rápido, y pronto, la pasta de papel, derivado de dicho cultivo está en el mercado, y a nuestras manos llegan diariamente a través del papel de prensas y revistas. Los indígenas Guaraníes, quienes reivindican su cultura nómada en medio de la vegetación que cada vez va a menos, son arrinconados junto con su verde entorno natural.
Sin embargo, lo que se ve al llegar al aeropuerto del municipio de Iguazú es una exuberante vegetación llena del sonido de la selva, pájaros coloristas en los árboles altos y frondosos, que no es más que una gran pantalla que esconde detrás la deforestación bestial, consentida por los distintos gobiernos de los tres países que comparten esta zona sur de la Amazonia, cada día más arrasada. Los ríos padecen este desarrollo. A los lugareños la industria maderera no les repercute en beneficios ni antes ni ahora. Los responsables no miran ni toman en cuenta la contaminación ambiental, ni la deforestación, y se benefician de un lucrativo negocio internacional, mientras pagan míseros salarios a precio local.
Así están las cosas por aquella región.
Maya
Sufre el río
Sufre la tierra
Sufre el amor
Donde hemos pescado,
Nadado.
Se achica la selva
Se alejan las lluvias
Se secan los saltos
Vuelve la bienvenida
Vuelve la lluvia,
Vuelve la vida.















