Siempre que veía zarpar o arribar un barco pesquero en el puerto de Jávea, surgía en mí el mismo deseo, el de embarcarme.
Me gusta el mar y me atraía la idea de vivir el romanticismo del mundo marinero y ver de cerca el trabajo duro de los pescadores. Quizá haya visto demasiadas películas, y cuando subía al Cap Prim Segon, la verdad es que me esperaba una aventura apasionante, pero lo que descubrí fue algo muy diferente: la brisa, el sol, la soledad de estar rodeada por un inmenso mar... Un placer muy opuesto a la emoción que me había imaginado.
Me llamo Elisa. Soy de Valencia, aunque desde hace cuatro años paso mis vacaciones en Jávea. Este verano tuve la suerte de conocer a Batit, uno de los armadores del Cap Prim Segon, un pesquero de 25 metros de eslora, cuyas artes de arrastre se dedican a la captura del marisco: gambas, cigalas y algunas especies de peces. Tras conocer mi inquietud por subir a un pesquero, Batit me invitó a acompañarle en un día de faena.
Son las cinco de la madrugada. Puntuales como un reloj se presenta la tripulación, y tras intercambiar un saludo, subimos al barco. Estoy algo nerviosa y preocupada por si me mareo durante las doce horas que iba a durar la travesía.
Inmediatamente me llevan a la sala de máquinas. Un pequeño giro en la llave de arranque hace que se rompa el silencio. El lugar es muy reducido con el techo bajo, y el ruido de la enorme maquinaria me retira inconscientemente contra la pared de la sala, como si tuviera miedo a quemarme. Tras unos breves minutos para permitir que se caliente el motor, subimos a cubierta y zarpamos. Veo alejarse el barco del muelle. En un abrir y cerrar de ojos mi aventura había comenzado.
Mientras iniciamos la singladura hacia el canal de Eivissa, Batit me mostró en la proa del barco los distintos compartimentos, un camarote con unas cuantas literas, la cocina, el aseo, y arriba el puente de mandos, lugar donde pasaría mis dos primeras horas de navegación.
Es noche cerrada, nos dirigimos rumbo sureste, a 20 millas de la costa. Vicent es el segundo patrón y una persona muy comunicativa. Sería el responsable de mantener el rumbo del barco y maniobrar ante la presencia de otros buques, para lo cual es necesario no perder de vista el radar y otros instrumentos de navegación.
El tiempo pasa volando, y llega el momento de largar la red. Toda la tripulación se coloca en sus puestos de trabajo. La gran malla comienza a deslizarse sobre la popa del barco, y una vez ha desaparecida completamente en el agua, se procede a lanzar las dos pesadas puertas azules que hasta ese momento pendían del pórtico de popa. Estas planchas, que se sumergen rápidamente en el mar, serán las encargadas de mantener abierta la boca de la red.
Y por último, sueltan el cable de acero que alejará, más y más, el arte del barco hasta llegar a los 1.400 metros de distancia. Impresiona imaginar la tensión a la que están sometidos estos cables, pues son los encargados de remolcar las puertas y la red, mientras éstas se arrastran por el fondo del mar, pudiendo llegar a una profundidad de 600 metros.
Durante las 6 o 7 horas que están las redes en el agua, la calma más absoluta se apodera del barco, mientras continua la navegación. En el puente de mandos, Amadeu, patrón y armador del barco, controla la profundidad del mar y los obstáculos del fondo para evitar un posible enganche de la red con las montañas submarinas, o cualquier otro objeto inesperado, mientras pasa su tiempo leyendo o hablando con otros compañeros radioaficionados.
Yo aprovecho para fotografiar algunos detalles del barco, sobre todo me fascinan los cabos que encuentro por todas partes. Me llama la atención lo nuevo y limpio que esta todo.
De repente tenemos una visita inesperada. Amadeu divisa a babor la presencia de unos delfines, salimos a cubierta y observamos cómo se acercan hasta colocarse delante de la proa del barco, donde permanecen unos instantes saltando y hundiéndose de nuevo en el agua. No podían estar más cerca, me dan ganas de acariciarlos. El ver a estos animales en su hábitat natural y jugando a su libre albedrío me llena de alegría.
Con su recuerdo en mi mente me quedo tumbada un rato en cubierta, cierro los ojos, el sol y una agradable brisa me acarician el rostro, escucho el murmullo del agua al chocar contra la proa y me quedo dormitando, mecida por el vaivén del barco, me siento muy bien.
Y llegó la hora de preparar la comida. Tantas horas en el mar abren el apetito. Amadeu, buen conocedor de la materia prima, se esmera en la preparación de un arroz de pescado -que esta riquísimo-, utilizando pez y marisco del día anterior que se conserva en perfecto estado entre el hielo de la bodega del barco.
A penas habíamos degustado el último bocado, llega la hora de levantar el arte.
Se acabó la paz y el sosiego vividos durante toda la mañana. Había llegado a pensar que en este mundo marinero todo se vivía a un ritmo lento y tranquilo. Pero a partir de este momento, a la tripulación al completo le espera unas horas de esfuerzo y actividad sin descanso.
Aproximadamente transcurren treinta minutos desde que se empieza a recoger cable hasta que aparece el copo, la parte de la red que contiene la pesca capturada. Un aire de expectación precede al momento en el que Amadeu retira el cabo que cierra la malla por su extremo, y de esa forma, deja salir el pescado que se va deslizando por la cubierta del barco.
Todo está revuelto y parece un auténtico caos, pero tan pronto como empezó, el flujo de peces cesa y me sorprendo por lo que a mí me parece tan poca cantidad de pesca. Echo un mejor vistazo y mis sorpresa se convierte en pena al comprobar la enrome cantidad de basura y plásticos que aparece entre la captura.
Pero eso forma parte de la rutina diaria, y Vicent, Batit y Amadeu apartan los residuos que depositan en cubos para llevarlos luego a tierra. Se pone rumbo a puerto, el tiempo es oro. La hora prevista de llegada son las cinco de la tarde y quedan dos horas justas para ordenar la pesca en cajas azules según especies o tipos. Se separa el pescado del marisco, se clasifica por tamaño, las piezas incomestibles se tiran por la borda y son cazadas al instante por las gaviotas que aparecen como por arte de magia. No hay lugar para el descanso.
Ya entramos por la bocana del puerto, todo el pescado está perfectamente seleccionado, limpio y preparado para ser subastado en la lonja. Mientras Vicent acude a la subasta, en cubierta Batit y Amadeu preparan las artes para el día siguiente. Todo queda listo para la próxima jornada de trabajo.
Entre cansancio y tristeza de que mi aventura haya llegado a su fin, abandono el pesquero. Conmigo me llevo el recuerdo de una experiencia muy diferente a la que yo me esperaba, pero quizá más especial. El contraste de la tranquilidad y la lentitud de la primera parte de la jornada, con el ajetreo y la dureza de un trabajo para el que hace falta tener mucha fuerza, pero también mucho amor al mar en el que se pasa tanto tiempo.
Para la reflexión, me sorprendió que tanta faena rindiese tan poco pescado y tanta basura. Me entristece comprobar cómo la sobrepesca y nuestra insensibilidad hacia la Naturaleza pueden acabar con los recursos naturales.
También he aprendido a vlaorar el hecho de que nuestros pescadores trabajan 12 horas diarias con mucho esfuerzo para que luego su pesca compita con aquella más barata de procedencia extranjera. Ahora que he aprendido a apreciar más su trabajo, cuando compro pescado me aseguro siempre de que procede de la lonja de Xàbia.
Desde aquí quiero dar las gracias a la tripulación del Cap Prim Segon por su simpatía e infinita amabilidad y por haberme dado la oportunidad de conocer un mundo totalmente desconocido para mí. Un besazo a los tres.
Elisa Navarro


















