No, a la violencia de género
06/12/2004 - 11:45
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En el momento en el que escribo este artículo, han muerto ocho mujeres, víctimas de la violencia de género, en lo que va de año en España.

80.000 años de evolución del Homo sapiens parecen no haber afectado a algunos. ¿Qué lleva a un ser humano a querer dañar o eliminar a otro? ¿Por qué ha aumentado tanto el número de casos de violencia de género? ¿Por qué el hombre trata a la mujer como una posesión, incluso en países que pretenden ser civilizados?

La respuesta es la evolución -o la no-evolución-, ya que estas conductas son típicamente animales, y el hombre sólo llegará a ser hombre cuando deje de lado sus instintos más primarios, y se socialice. Eudald Carbonell, en su libro “Todavía no somos humanos”, explica que lo seremos cuando eliminemos todas las jerarquías. Eso, entre otras cosas, quiere decir igualdad entre hombres y mujeres.

En estos momentos, con el cuerpo lleno de rabia e indignación, eso es algo que se antoja harto difícil. En otros momentos, parece que sí es posible. Permítame el lector que exteriorice estos sentimientos, aunque no los comparta o se sienta ofendido.

La violencia de género no es sólo algo que aparece en las páginas de sucesos o en las películas. La violencia contra la mujer también se manifiesta en la falta de respeto hacia ésta. Cuando un hombre te habla sin mirarte a los ojos, cuando le hablas a un hombre y notas que no te escucha, cuando un hombre te ignora y te niega un trato educado, cuando no reconoce tus méritos, cuando te levanta la voz, cuando te exige, etc.
Si nos paramos a pensar, es el caso de la mayoría de los hombres. En el mejor de los casos, te ignoran o desprecian. En el peor, te violan o asesinan.
Es cierto que culturalmente estamos condicionadas para aguantar todo tipo de tratos vejatorios físicos y psíquicos sin rechistar, y que debemos cuidar más nuestra autoestima, y no tolerar ni el más mínimo indicio de falta de educación. También es cierto que, a menudo, nos pierde el corazón. Sabemos que no hay mala intención detrás de la agresión, pero debemos aprender a poner nuestra dignidad por delante de nuestro corazón.
Pero, ¿por qué agreden los hombres? Se critica a la mujer por ser melancólica una vez al mes, pero se olvidan que a ellos les baila la testosterona todos los días y varias veces. Esto produce mucho más descontrol, y por tanto, una necesidad de controlar todo lo que pueden de su vida, y por extensión, de su territorio. Como en el fondo la realidad no es “real” –valga la redundancia-, sino sólo es lo que cada uno percibe. Lo que creemos que es nuestra vida es sólo una interpretación de todas las percepciones y sensaciones que tenemos.

Las mujeres hablan y comparten, y pronto aprenden a darle a sus percepciones y sensaciones la relativa importancia que tienen. Los hombres no hablan, no comunican, y apenas aprenden a exteriorizar sus emociones o sensaciones –causadas por la interpretación de sus percepciones y sensaciones. Como consecuencia viven emocionalmente aislados. No hay empatía. Pero en cuanto entablan una relación de proximidad con una mujer (por trabajo, relación afectiva, amistad, etc.), de repente llega un momento, si es que de entrada no han rechazado de lleno cualquier contacto empático (como mirar a los ojos), en que la mujer le hace al hombre sentir algo (atracción física o simple emoción). El hombre, en su inmadurez, percibe el cambio y se asusta por qué ve que él no ha generado esa emoción voluntariamente. En consecuencia, necesita tomar acción y apoderarse de aquello que lo causa. Entonces aparece el rechazo, la falta de respeto, el olvido, el enfado, la agresión… Cada uno con sus estrategias. Pero siempre en un intento de volver a ganar el “territorio” que ha perdido y el control.
La mujer, con su liberación –y su madurez-, provoca más sensaciones o emociones en el hombre –como sospecha la Iglesia Católica. Pero la solución no es que consintamos el sometimiento, no tenemos que seguir subyugándonos, sino que ellos aprendan a manejar sus propias emociones, y no a nosotras.

Debemos educar a los niños, desde pequeños, a manejar su emotividad y a expresarse (nunca a controlarse, ni a ser violentos). Las niñas tienen que aprender a hacerse valer y respetar. Debemos cuidar y fomentar su autoestima. También deben saber que, ante un hombre descontrolado, lo mejor es mostrarse con frialdad, sin miedo, sin odio. Los chicos deben aprender a sentir, y hablar sobre lo que sienten. Deben aprender a comunicar (no soltar una verborrea, cuya única finalidad es la autocomplacencia y/o el dominio sobre las personas que escuchan), y aprender a no interpretar como descontrol lo que un ser humano llamaría empatía.

Si a alguien le ha molestado este artículo, primero que intente comprender lo que sentimos las mujeres, pero principalmente, que intente comprender lo que él mismo siente. Que lo cuente. Que piense que, si le duelen estas palabras, será porque de alguna manera se siente identificado. La comunicación es la única manera de realmente liberarnos de nuestros instintos más primitivos.

Guiomar

 

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