Con el crecimiento económico, la posibilidad de obtener dinero rápido, y de comprar todo lo que uno desea, la mayoría acabamos formando parte de una vorágine consumista desmedida, sin ton ni son, nada sostenible y de poco provecho. La cantidad no da la calidad, y el dinero –en grandes cantidades- no da la felicidad. La felicidad viene de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de los olores del campo, el sabor de los productos que te da tu propia tierra, la vista de hermosos terrenos o bancales de almendros, viñas, naranjos,…
La felicidad no es estar metido en un atasco con un 4x4 último modelo, más grande y potente que cualquiera a tu alrededor, sino que se parece más a estar en una casita de campo, sentado a la sobra de un algarrobo, escuchando cómo sus hojas te cuentan todo lo que han vivido, o hundir tus pies en la arena húmeda cuando el sol apenas salta por encima de la superficie del mar, mientras el olor a mar roza la piel de tu cara.
En una época donde el monocultivo en nuestra zona está abocado al fracaso, muchos creen que la solución es transformar los huertos en campos de golf. Aunque quizá a alguno no le quede más remedio -sin querer meternos en temas urbanísticos-, puede que una solución para una parte de nuestros huertos o bancales sea la agricultura tradicional.
La agricultura tradicional es aquella que se realiza en pequeñas explotaciones por parte de una única familia, y cuyo fin es autoabastecerse y poco más. En Xàbia se ha cultivado tradicionalmente la vid, los almendros, varias hortalizas, el trigo y el naranjo.
Fomentar la agricultura tradicional podría ser una política muy beneficiosa para un municipio, ya que, si bien no es rentable como negocio, y no aporta grandes beneficios, sí tiene una serie de ventajas, si el excedente de producción, es decir, lo que no se destine al consumo propio, se vende sin intermediarios a restaurantes o a individuos, a través de la venta ambulante. Eso sí, a un precio acorde con la calidad del producto y el coste de su producción. Así, además, no supondría una competencia injusta a los comerciantes, ya que la gente puede elegir un producto por su calidad o por su precio.
Las ventajas de la agricultura tradicional son:
-Social: se puede fomentar, a través de Servicios Sociales, el cultivo de pequeños huertos como actividad para las personas mayores (como ya se hace en Cataluña).
-Turismo: incentivar la asociación entre pequeños agricultores y restaurantes con el fin de que estos puedan ofrecer una cocina de mayor calidad.
-Educativa: desde las escuelas, llevar pequeños huertos dentro del programa de educación ambiental; el trabajo en el campo también es bueno para el desarrollo social y psicológico del niño.
-Cultural: el fomento y no abandono de una actividad tradicional es siempre enriquecedor para un pueblo.
-Energética: se ahorra energía porque no hay intermediarios, no hay transporte, y no hacen falta tractores.
-Ambiental: es una actividad sostenible que optimiza al máximo recursos y minimiza residuos.
-Humana: nos ayuda a apreciar el valor de los pequeños placeres (lo contrario de “caballo grande, ande o no ande”).
Máximo Sapena
Máximo nació en Xàbia, se ha casado en Xàbia y nunca ha salido de Xàbia. Otros le dicen que, después de viajar por todo el mundo, esto es de lo más bonito que han visto, así que no tiene muchas ganas de viajar, y aquí se quedará hasta el final. En una ladera, con vistas al valle y al Montgó, Máximo tiene un huerto con un poquito de todo: viñas, tomates, melones,… La uva la coge para hacer pasas, “como era lo tradicional”, explica orgulloso. “También bajo a las pesqueras a echar el rall”, añade, “aunque ya me queda poco”. Hombre de pocas palabras, Máximo asume que “lo tradicional” es del pasado y el urbanismo es el futuro. “De aquí a un par de años esto lo van a urbanizar”.
Paco y Pepita
Paco fue camionero de profesión. Durante años viajó con su carga por toda Europa, mientras su mujer, Pepita, se quedaba en casa cuidando de los niños. Fueron años duros, alejados de la familia, pero ni siquiera la pérdida del trailer que tanto le había costado pagar, le hicieron abandonar su trabajo. Sin embargo, faltando sólo un par de años para la jubilación oficial, Paco consiguió la anticipada, ya que son demasiados años lejos de su Pepita, quien ha tenido que lidiar siempre con todas las complicaciones cotidianas de la vida sin él. Ahora Paco ha vuelto a su Gata natal, a su familia y a su huerto en les Valls. No hay nada como el sabor de las hortalizas cultivadas con amor…, y sin productos químicos. Paco aún tiene tomates de la simiente de los que cultivaba su abuelo. ¡Qué tomates! Chiquitines pero excepcionales. “Puedes dejarlos fuera de la nevera y te duran hasta siete meses”, explica Paco con orgullo. “Y fíjate en este pepino; yo me los como tal cual cuando estoy en el huerto”.
Paco no trabaja el campo para ganarse la vida, ya que no es rentable, y es un trabajo muy duro. Las hortalizas son para el consumo propio, y Paco y Pepita juntos venden el excedente en la esquina del Barclay’s gracias a un permiso “firmado por el mismísimo Alcalde, que es amigo mío”, muestra Paco con orgullo, y cuenta, “yo le conozco de cuando él era mozo en la cooperativa”.
El Tío Felipe y María
El Tío Felipe lleva más de veinte años cultivando y vendiendo su uva moscatel –y alguna botella de vinito peleón-, afición y trabajo que heredó de su padre, y éste a su vez del suyo. Desde hace años, son los primos los que se dedican a vender la uva bajo un cobertizo rudimentario al borde de la carretera del Pla. María, que ya tendrá veintipico cuenta cómo todos los veranos los primos se reúnen ahí, y más que un negocio, es una juerga familiar.
Puede que durante todo el año muchos no se hayan visto, porque están estudiando fuera o por lo que sea, pero en verano, las reuniones en el ahora pequeño viñedo son ineludibles y muy esperadas. Risas, juergas, cuentos, canciones improvisadas y muchos buenos ratos componen la tradición de todos los veranos de la familia. Entonces a María se le apaga un poco su maravillosa sonrisa, y cuenta cómo a causa de la reparcelación, el viñedo ha visto reducido su tamaño, y está abocado a ser destruido, probablemente para construir una urbanización en su lugar. Y canta una de las canciones que entre todos los primos han compuesto:
“Com tots els estius, obrim la barraqueta, i els especuladors es fan la punyeta”
Por favor, conservemos estos pequeños huertos y viñedos, aunque sean como zonas verdes. Perderíamos tanto si desaparecen.





















