El Club Rotary Xàbia organizó una charla en el Hotel Rotary sobre las grandes ciudades y un mundo global, bajo el título "Las grandes ciudades y un mundo global", y que corrió a cargo del ex diplomático y actualmente director de Relaciones Internacionales del Ayuntamiento de Madrid, Pedro Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín, hijo del que fuera el presidente de gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo.
El Ayuntamiento de la capital lleva varios años inmersos en un ambicioso proyecto de convertir la ciudad en una de las grandes urbes internacionales del mundo. Según explica Calvo-Sotelo, se puede clasificar a las metrópolis más influyentes del planeta en base a diferentes criterios, como la influencia política, la económica o la cultura. Así destacan Londres, París, Roma, Nueva York, Hong Kong, y Barcelona, entre los principales listados internacionales. A pesar de que su ranking varía en función de los criterios contemplados en la lista, la capital británica es la mejor valorada, ocupando la urbe española el cuarto o quinto puesto mundial.
Madrid ha tomado buena nota y se ha esforzado en modernizar las infraestructuras de la ciudad -cuenta ahora con uno de los mejores metros del mundo-, atraer grandes eventos deportivos -por ejemplo, las Olimpiadas de 2016-, y aumentar su oferta cultural -recientemente se ha ampliado el Museo del Prado-. Éstas son sólo algunas de las múltiples acciones que el gobierno madrileño ha impulsado para mejorar la proyección internacional de la capital del país.
Las urbes del planeta concentran ya a más de la mitad de la población mundial, y las ciudades son una especie de laboratorio, que luego repercute sobre los municipios más pequeños. Además, en este mundo globalizado, ya no sólo importa el país, sino también los municipios, y se empieza a integrar la dimensión urbana en las políticas nacionales y supranacionales.
Las ciudades compiten para atraer grandes eventos culturales o deportivos, capital humano, turismo, etc., pero existe el reto de conjugar la prosperidad económica con la sostenibilidad urbana. La competitividad urbana está definida por la capacidad de la economía local para atraer y mantener empresas (actividad económica), al tiempo que aumenta el nivel de vida de quienes participan en ella.
En este sentido, hacer que la ciudad sea más competitiva e innovadora es el principal reto, y ello se consigue mediante una fuerza de trabajo altamente cualificada, infraestructuras físicas y de innovación elevadas, telecomunicaciones, diversificación de la estructura económica, red de comunicaciones interna y externa eficaz, una oferta cultural y de entretenimiento extensa y, por supuesto, un compromiso ambiental.
Sin embargo, no es suficiente con copiar a otras grandes urbes, aunque sí importante aprender de sus aciertos y errores, sino que cada metrópoli ha de analizar sus fortalezas y flaquezas, conjuntamente entre todos los estamentos sociales, económicos y sociales, y tras llegar a un consenso -es imprescindible que todos los ciudadanos crean en el proyecto-, definir su estrategia de competitividad, lo que la puede distinguir de otras urbes, y posicionarse internacionalmente.
Al mismo tiempo, las ciudades no deben actuar de manera aislada, y en este sentido Calvo-Sotelo habla de la "cooperación entre ciudades". No sólo es importante competir, sino también compartir con otras urbes. En este sentido es importante crear redes de ciudades con problemáticas o perfiles similares, que conjuntamente pueden ejercer más presión a la hora de hacer "lobbying", y de definir e implementar estrategias mutuamente beneficiosas.
La cooperación entre ciudades es un aspecto esencial en el caso de los municipios intermedios y pequeños, como Xàbia y los pueblos de la comarca, que deben definir estrategias complementarias y cooperativas para generar una "masa crítica" que les permita convertirse en "ciudades ganadoras" en un entorno enormemente competitivo.
¿Ciudades globales a costa de los municipios?
La interesante ponencia de Pedro Calvo-Sotelo nos recordó mucho a la charla del impulsor de Futur Elx, Antonio Martínez, que también está involucrado en el Plan Estratégico de Futuro de Xàbia, desarrollado desde el departamento de Turismo y Fomento de Empleo municipal por el ex edil del área, José Chulvi. Pero también nos hizo pensar en los proyectos de Valencia capital, como la Ciudad de las Ciencias, la Copa América, el circuito de Fórmula I o el futuro centro cultural Arteria Valencia.
Parece evidente que Valencia quiere proyectarse como una ciudad de prestigio mundial, siguiendo los ejemplos de Barcelona y Madrid, y hasta ahora parece que ha hecho un buen trabajo en este sentido. Pero las voces más críticas creen que no es correcto lograrlo a expensas de la financiación del resto de la autonomía. A la vez que el mundo aclamaba la excelente organización del consabido evento náutico, en los colegios públicos de la Comunidad Valenciana las AMPAs no paran de quejarse por el continuo incremento de barracones, y la sanidad pública se ha dejado deteriorar hasta la privatización en la Marina Alta, por poner un par de ejemplos.
¿Es justo que una ciudad pueda desarrollarse tanto a costa de otras? ¿Se beneficiará realmente toda la Comunidad Valenciana de las inversiones en la capital? Pero también cabría preguntarse lo contrario. ¿Es eficaz repartir las inversiones en todo el territorio? Dicen que quien mucho abarca poco aprieta, y parece sensato pensar que en un mundo globalizado, hay que destacar y distinguirse para seguir atrayendo a turistas e inversores.
En la Generalitat Valenciana da la impresión que, para compensar la falta de inversión generalizada que viene como consecuencia de la apuesta en grandes proyectos, se ha optado por la privatización de servicios públicos, lo que permite a la administración autonómica despreocuparse de muchas cosas y centrarse en proyectos grandes.
Sin embargo, al fin y al cabo, lo importante no son las ciudades, sino lo individuos que habitan en ellas, y ninguna política tiene sentido si su fin último no es buscar el mayor bienestar (felicidad percibida) para los ciudadanos. Si el proyecto que se elige sirve para mejorar la calidad de vida de los individuos y su felicidad, entonces es válido. Pero si ocurre lo contrario, habrá que replantearse la situación y mejorar el proyecto.
Ahora que estamos en tiempos de crisis, es difícil medir el éxito o fracaso de un modelo, porque lo malos resultados de los indicadores pueden deberse a la falta de consolidación del proyecto, y no necesariamente a su fracaso.
De todas formas, teniendo en cuenta que Barcelona se puede considerar una ciudad cosmopolita consolidada, que Madrid, al ser la capital de país, necesita menos tiempo para lograr sus objetivos, y que el objetivo de los esfuerzos por lograr una proyección internacional incluye mejorar la calificación de los trabajadores y asegurar el empleo, un indicador del éxito de estas ciudades en su andadura mundial podría ser el índice relativo de paro, ya que se supone que el empleo creado debería ser más estable que en otros lugares.
Si bien es poco justo sólo fijarse en esta variable como indicador en época de crisis, descubrir que las tres autonomías a las que pertenecen las mencionadas ciudades están por encima de la media española en pérdida de empleo merece como mínimo una revisión del proyecto para mejorar sus deficiencias.
Pedro Calvo-Sotelo menciona la importancia de la cooperación entre ciudades y de contar con todos los estamentos sociales a la hora de desarrollar el proyecto. Quizá haya faltado, por ejemplo, en la Comunidad Valenciana, incluir al resto de los municipios en el plan y de forma consensuada. Pero esa labor es muy difícil.
Quizá la mejor opción sea que cada municipio se una a nivel comarcal -como ahora se empieza a hacer en la Marina Alta-. Esta red comarcal debería luego unirse a otras redes de comarcas similares, no necesariamente de la misma región geográfica. A la vez, las comarcas deberían tener buena comunicación con sus capitales de provincia y de autonomía. Y las capitales de las comunidades deberían estar conectadas con otras mundiales, y no sólo nacionales.
En definitiva, sería una sucesión de redes, bien comunicadas con otros sistemas del mismo y diferente nivel, donde la información fluye en todas las direcciones, aunque de forma ordenada. Muy al estilo de las redes sociales, tan de moda ahora en internet.
El mundo es muy complejo -que no complicado-, y hay que estar capacitado para actuar en él. Pero esta responsabilidad no es sólo de unos pocos, ni de los dirigentes, sino de todos nosotros. Y es que nadie es culpable de lo que le ocurre, pero todos contribuimos a la causa de nuestros problemas, y somos responsables de las consecuencias de nuestros actos y de nuestra propia vida. Por eso tenemos la obligación moral, cada uno de nosotros, de aprender a encontrar las mejores soluciones para los problemas que nos aquejan directamente, y no tiene sentido esperar que venga alguien con la solución.






















