El demonio interior
23/01/2011 - 12:56
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Cuando en las noticias se habla de la tortura y brutalidad llevada a cabo en prisiones como la de Abu Ghraib, nos preguntamos qué tipo de personas serían capaces de cometer tales atrocidades. ¿Son depravados, crueles y masoquistas? No necesariamente.

Existe la perturbadora probabilidad de que los que infligen ese daño sean personas normales, como tú y yo. Eso sin negar el hecho de que también hay psicópatas que disfrutan haciendo daño a otros. Sin embargo, dada situaciones en las que nos encontramos en posiciones de poder y de control sobre los demás, o al revés, situaciones en las que debemos ser obedientes a la autoridad, muchos de nosotros seríamos capaces de actos crueles que contradicen nuestras creencias morales.

 

El experimento de Stanford

El efecto psicológico de tener poder sobre otros fue investigado en un experimento famoso que fue llevado a cabo en 1971 por el profesor Philip Zimbardo y sus colegas en la Universidad de Stanford. Crearon una prisión de ficción en la universidad y seleccionar con cuidado a 24 hombres emocionalmente equilibrados para desempeñar los roles de 12 prisioneros y 12 guardias. Los alumnos fueron pertinentemente uniformados, y la única regla fue que no podía haber ningún tipo de castigo físico.

El ambiente penitenciario ficticio rápidamente degeneró en actuaciones reales. Los guardias comenzaron a humillar y castigar a los prisioneros, que a su vez se volvieron pasivos y estresados. Hubo ejercicios forzados, prisioneros obligados a dormir sobre suelos duros y fríos, desnudados y sujetos a humillaciones sexuales, y los aseos se convirtieron en un privilegio. Todo esto ocurrió en sólo seis días. El experimento fue detenido de manera prematura cuando una mujer fue introducida para entrevistar a los guardias y prisioneros. Se sintió horrorizada por lo que vio.

 

La interpretación de los resultados, así como la moralidad del experimento, aún hoy se debate acaloradamente. Zimbardo asevera que demuestra el rol tan poderoso que ciertas situaciones pueden tener sobre la conducta humana. Debido a que los guardas fueron colocados en una situación de poder, empezaron a comportarse de maneras diferentes a su vida cotidiana.

Zimbardo sugiere que los abusos que tuvieron lugar en la prisión de Abu Ghraib no son más que un ejemplo real del efecto observado en su experimento. Sin embargo, posteriormente, muchos de los guardias y prisioneros del experimento de Stanford indicaron que sólo estaban desarrollando el papel que ellos pensaban que se exigía de ellos.

 

Más dudas sobre las conclusiones de Zimbardo surgieron en el 2002 cuando la BBC desarrolló y televisó un experimento similar, que duró ocho días. Éste fue diseñado y llevado a cabo por los psicólogos Alex Haslam y Steve Reicher, de las universidades británicas de Exeter y St. Andrews. Sus hallazgos fueron muy diferentes a los de Zimbardo.

Encontraron en su experimento que los guardias y prisioneros no actuaban de manera inconsciente de acuerdo con los roles que debían desempeñar. Al contrario, los prisioneros trabajaron juntos para intentar cambiar el sistema, resistiendo el régimen carcelario. Incluso escenificaron una escapada. Mientras que el comportamiento de los guardias dependía de las circunstancias. Así pues, si sentían que había observadores que les juzgarían por ser demasiado duros, suavizaban su conducta.

 

Los experimentos de Stanford y de la BBC son interesantes pero no completamente científicos. En ambos casos los sujetos sabían que estaban actuando y que pronto "saldrían de prisión". Ambos experimentos sólo duraron unos pocos días, y además en ambos casos sabían que estaban siendo grabados. Las pruebas no son claras. El demonio interior de los guardias del experimento de Zimbardo quizá sólo fuera el resultado de la representación de una ficción.

 

Así pues, el tener poder sobre otros por sí solo puede que no te convierta en cruel y brutal. ¿Pero qué sucedería si una figura autoritaria te ordenase abusar de alguien?

 

El experimento de Milgram

Esto fue estudiado en otro experimento famoso que fue llevado a cabo en la Universidad de Yale por el psicólogo Stanley Milgram. En 1961, Milgram se interesó por el juicio sobre los crímenes de guerra nazis de Adolf Eichmann. Parte de la defensa de Eichmann en cuanto a su papel en el Holocausto se basaba en que simplemente estaba acatando órdenes de una autoridad superior. Aunque los jueces no aceptaron esta excusa, Milgram se planteó la cuestión de si Eichmann y sus miles de cómplices del Holocausto realmente estaban sólo siguiendo órdenes.

Milgram diseñó una serie de experimentos ingeniosos para examinar la obediencia que la gente muestra hacia la autoridad. Estos han sido luego replicados muchas veces en diferentes partes del mundo, con resultados similares.

En este experimento, dos personas llegaban para participar en un estudio científico y son llevados a una habitación donde a uno de ellos se le ata a una silla y un electrodo es fijado a su brazo. Luego, la otra persona, actúa de "profesor", y es llevada a una habitación contigua donde es instruido para leer una lista de palabras pareadas al "alumno", que a su vez debe repetirlas.

Si el "alumno" acierta, continúan con las siguientes palabras. Si la respuesta es incorrecta, el "profesor" debe administrar al "alumno" una descarga eléctrica, que va en aumentos de 15 desde los 15 voltios, hasta los 300 (marcad "Peligro") y hasta un máximo de 450 voltios (marcado XXX). A pesar de que el "profesor"  no puede ver al "alumno", sí que puede escucharlo. Conforme va incrementando la intensidad de la descarga, los gritos que profiere el "alumno" son cada vez más intensos, da golpes en la pared, y en los niveles más altos de descargas, se vuelve silencioso (como si se hubiese desmayado o estuviese muerto).

Muchos de los "profesores" acaba expresando su deseo de parar el experimento, o ver qué tal está el "alumno". Pero el director del experimento, un científico con autoridad, les insiste que deben continuar. El experimento se detiene solamente cuando el "profesor" reitera que quiere parar cuatro veces, y se le ha dado cada vez instrucciones para continuar más insistentes, o cuando el nivel de la descarga ha alcanzado los 450 voltios.

A pesar de que los "profesores" creen que están administrando descargas a los "alumnos", la realidad es que estos son actores a los que nunca se les inflige ningún daño. Esta información es revelada a los sujetos solo al final del experimento. La experiencia parece real y desgarradora para la mayoría de participantes "profesores".

Hay que destacar que los "profesores" de Milgram eran personas corrientes provenientes de clases trabajadoras, directivos o profesionales, y sin embargo, un 65% de ellos acabaron castigando a los "alumnos" hasta el máximo de 450 voltios.

 

Milgram escribió en su libro Obediencia a autoridad (1971):

"Las personas corrientes, que simplemente hacen su trabajo, y sin ninguna hostilidad en particular de su parte, pueden convertirse en agentes de un proceso destructivo terrible. Además, incluso cuando el efecto destructivo de su trabajo se vuelve obvio, y se les pide llevar a cabo acciones incompatibles con los estándares básicos morales, relativamente muy pocas personas tienen los recursos necesarios para resistir a la autoridad".

La obediencia a la autoridad es perfectamente natural, y una parte fundamental de nuestra estructura social. Pero resulta perturbador ver lo lejos que estamos dispuestos a llegar cuando obedecemos a otros. La obediencia parece estar bajo la influencia de muchos factores, incluyendo el estatus legal de la figura autoritaria y del contexto.

 

El juego de la muerte

El efecto del contexto fue ilustrado en marzo del 2010, cuando la televisión gala mostró un documental controvertido en el que se replicaba el experimento de Milgram, disfrazado como show televisivo. En el "Juego de la Muerte", 81% de los concursantes administraron descargas hasta un máximo de 460 voltios. Sólo 16 de los 80 sujetos del experimento se negaron a obedecer la insistencia de continuar del presentador. La presión del público y el hecho de que estaban en televisión parece que contribuyó a que una proporción muy alta de las personas estuvieran dispuestas a administrar la descarga máxima.

 

Así pues, cuando estamos sometidos a la autoridad, la mayoría de nosotros seguiríamos órdenes, incluso hasta el extremo de matar a otro ser humano. Pero no todo es tan negativo. Más de un tercio de los sujetos de Milgram sí que se negaron a continuar. Y en otro de sus experimentos, el apoyo social de amigos o la presencia de otros que también desobedecen la autoridad ayuda a reducir el grado de obediencia.

Si existe un demonio, sin duda éste se encuentra en la jerarquía de nuestras estructuras sociales. Pero no se puede depender únicamente de individuos para luchar en contra del poder del mal. La mejor oportunidad  que tenemos está en los grupos que actúan unidos y en los que los individuos se apoyan mutuamente.

 

Chris Betterton Jones
Doctora en filosofía, profesora retirada de zoología y parasitología

 

Más información en:

Experimento de Milgram http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram

Experimento de la cárcel de Stanford http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_la_c%C3%A1rcel_de_Stanford

The Stanford Prison experiment - Roles define your behaviour http://www.experiment-resources.com/stanford-prison-experiment.html

The BBC Prison Study (2002) http://www.bbcprisonstudy.org/

Stanley Milgram.com http://www.stanleymilgram.com/

Milgram Experiment: http://www.simplypsychology.pwp.blueyonder.co.uk/milgram.html

The Game of Death: France's Shocking TV Experiment. Bruce Crumley, Time Magazine http://www.time.com/time/arts/article/0,8599,1972981,00.html

 

 

 

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Comentarios (1)enviar comentario enviar comentario
1 | Encarna 01/02/2011 23:45
Un artículo muy interesante. muchas veces me pregunto hasta dónde podemos llegar, cada uno, como seres humanos educados en ciertos valores. El mobbing y actitudes parecidas hacen que me cuestione qué sería de las personas si en vez de tener inteligencia para desarrollar un lenguaje y formar parte de un grupo social simplemente interactuáramos unos con otros, sin una moral preestablecida. Ya de niños o adolescentes vemos comportamientos salvajes cuando se actúa en grupo y el líder es patológicamente agresivo. O el abuso en ciertas sectas sobre personas débiles de carácter.
Mis conclusiones no me gustan.
Un saludo