Lo tengo claro. No me confundas con hechos
31/05/2010 - 15:58
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¿Por qué se sigue malinterpretando la política, incluso a pesar de los hechos?

Cada pocos años, cuando las personas en países democráticos tienen la oportunidad de votar y elegir un nuevo gobierno, los votantes deben de elegir con qué políticas están más de acuerdo. ¿Se debe disminuir el déficit en los presupuesto aumentando impuestos o disminuyendo el gasto público? ¿Cuál es la mejor forma para recuperarse de una recesión? ¿Cómo podemos elegir si ni siquiera expertos en economía se ponen de acuerdo?

Últimamente se están haciendo muchas investigaciones, especialmente en Estados Unidos, sobre los factores que influyen nuestros puntos de vista, y cómo manejamos la información compleja que recibimos a través de los medios de comunicación.

Tomemos, por ejemplo, la actitud de los americanos hacia la guerra de Irak. Son muchos los que tienen errores de percepción, y estos parecen tener una correlación muy alta con el grado de apoyo a la guerra. En los E.E.U.U., en el 2003, desde enero hasta septiembre, se llevaron a cabo siete encuestas sobre la guerra. La mayoría de los encuestados creían en una o más ideas incorrectas.

Por ejemplo, un 48% creía, incorrectamente, que se habían encontrado pruebas que relacionaban a Saddam Hussein con Al Qaeda, 22% creían que armas de destrucción masiva habían sido descubiertas en Irak, y un 25% estaba convencido que la opinión pública mundial estaba a favor de la invasión de Irak por Estados Unidos.

De todas las personas que no tenían estas creencias falsas, sólo un 23% apoyaban la guerra, mientas que lo hacía un 53% de aquellos que albergaban sólo una de estas ideas incorrectas. Esta proporción se eleva al 86% entre aquellos que estaban convencidos de las tres creencias.

 

¿Es posible que estas personas simplemente ignoren la realidad? No. El estudio demostró que las personas a las que no les interesaban las noticias tenían la misma probabilidad de percepciones falsas que aquellos que prestaban más atención. ¿Quizá es que recibían información incorrecta? Es posible. Aquellos que prestaban más atención a las noticias de la televisión de derechas, Fox TV, tenían el mayor número de creencias falsas, y las personas que obtenían su información a través de periódicos tenían menos ideas incorrectas. Como cabría imaginar, los seguidores del Presidente Bush y el partido Republicano eran los que mayor cantidad de creencias falsas tenían sobre la guerra y sus causas.

 

Seguramente, si se le dice a la gente los hechos tal cual son, eso les ayudaría a aclarar ideas falsas?

 

No necesariamente. Los seres humanos tienden a encontrar pruebas que apoyan las creencias que tienen ya, y hacer caso omiso, incluso menospreciar, pruebas de lo contrario. Este comportamiento ha sido registrado y comentado a través de la historia. Hoy en día, los psicólogos lo llaman "sesgo de confirmación", y su efecto sobre nuestra visión de la política es de largo alcance.

 

Brendan Nyhan y Jason Reifler son dos estudiosos de ciencias políticas de E.E.U.U. que han llevado a cabo una serie de estudios a lo largo de varios años sobre cómo las opiniones se forman y confirman. Dieron a los participantes artículos de periódicos con hechos incorrectos, y luego vieron sus opiniones a través de un cuestionario. A continuación, los sujetos deberían leer un artículo autoritario que corregía esa información falsa, y después rellenar un segundo test con su opinión.

Los investigadores encontraron que la fuerza del sesgo político del sujeto afectaba cómo manejaba la información incorrecta. Si simpatizaba fuertemente con el mensaje inicial, entonces la corrección fallaba a la hora de cambiar su percepción falsa, o peor aún, la afirmaba, consolidando aún más la idea incorrecta. A esto se lo conoce como "efecto contraproducente".

 

Un ejemplo clásico de este efecto es el mito de que el presidente Obama no ha nacido en los Estados Unidos. Aún hay personas que lo creen, a pesar de que se han hecho públicos su certificado de nacimiento y otros documentos similares, y se ha examinado exhaustivamente. Un sondeo de opinión llevado a cabo en julio de 2009 encontró que  el 77% de los encuestados creían que Obama había nacido en Estados Unidos, mientras que un 11% no, y un 12% no estaba seguro.

Sin embargo, los Republicanos y los sureños tenían muchas más probabilidades que cualquier otro grupo político o demográfico de dudar de que Obama hubiese nacido en E.E.U.U. Mientras que una abrumadora mayoría de demócratas (93%) e independientes (83%) estaba convencida de que el presidente había nacido en el país, por un 42% de los republicanos que pensaban igual. A fecha de diciembre 2008, se habían archivado por lo menos unas 17 querellas que cuestionaban la legitimidad de Obama para ser presidente.

 

Cabe destacar, sin embargo, que estos mitos surgen en ambos bandos políticos. Una encuesta del 2006 mostró que más de una tercera parte del público americano creían que el Gobierno de Bush tomó parte o no hizo nada por prevenir los ataques del 11S, para que los Estados Unidos pudieran así justificar una guerra en Oriente Medio.

¿Por qué la gente se aferra tanto a estas ideas? ¿Es por el sesgo de los medios de comunicación? ¿O es algo más básico?

 

Parece que puede ser algo más primordial, que tiene que ver con la manera en que nuestros cerebros procesan este tipo de información, y que parece que tiene que ver más con la emoción que con la razón. Durante el período previo a las elecciones del 2004 en Estados Unidos se llevaron a cabo escáneres de cerebro sobre 30 hombres, de los cuales 15 eran acérrimos republicanos y los otros demócratas convencidos, mientas evaluaban declaraciones hechas por el candidato republicano, Geroge W. Bush, y su contrincante demócrata, John Kerry. Las declaraciones escogidas de ambos hombres eran claramente contradictorias. Los republicanos se dieron cuenta de las contradicciones de Kerry, mientas que los demócratas se fijaron en las de Bush. Ambos grupos tenían tendencia a absolver a su candidato.

El escáner cerebral mostró que, mientras que los lectores evaluaban las declaraciones de los candidatos, la parte de sus cerebros relacionada con la emoción y la resolución de conflictos era la más activa. Las zonas que tienen que ver con el razonamiento se habían desconectado. Una vez que los sujetos habían alcanzado una conclusión que les hacía emocionalmente cómodos, se encendía aquella parte del cerebro que tiene que ver con el placer y la recompensa. Era como si estuvieran hurgando desesperadamente entre la información hasta encontrar lo que ellos querían, y entonces recibían un chupinazo de sentimiento positivos. Todo este proceso parece funcionar fuera del control consciente.

 

¿Se puede anular este efecto? Podríamos intentar tener debates más equilibrados e informados. Sin embargo, si los resultados de la investigación anteriormente mencionados son correctos, esto seguramente no marcará ninguna diferencia. No importa cuán equilibrado sea el debate, parece ser que la gente pone énfasis de manera selectiva sobre los argumentos con los que están de acuerdo, ignorando otros. Así pues, los debates televisivos que pretenden ofrecer información objetiva puede que en realidad estén polarizando las opiniones.

Tampoco está demostrado que sirva para algo señalar a aquellas personas que difunden noticias falsas. En una entrevista de radio, se le preguntó a Nyhan por cómo se podría neutralizar este efecto. Él sugirió que quizá sirva que una figura fuertemente autoritaria, con quien se comparte ideología, aclare las malas interpretaciones. Otra manera de enfocar el asunto podría ser mediante la sátira. De cualquier manera, no parecía tener una respuesta clara.

 

Como señala Michael Shermer, las implicaciones van más allá de la política. Imagina un jurado evaluando pruebas en contra de la defensa; una dirigente de un negocio evaluando una compañía; un inversor intentando decidir donde depositar su capital; un científico sopesando información a favor de una teoría. Por lo menos en la ciencia existen controles de doble ciego, revisión de trabajos de investigación y se fomenta la discusión de pruebas contradictorias. Pero estas normas no rigen a los políticos.

Es posible que no exista "cura" para el sesgo de confirmación. Está tan arraigado a nuestra constitución emocional como enamorarse. Quizá, el saber que existe nos ayude a realizar un esfuerzo especial para ver el otro punto de vista; ser más pragmático y menos dogmático. De todas maneras, siempre habrá alguien que encuentre emocionalmente imposible aceptar la verdad que entra en conflicto con aquellas ideologías tan propias.

 

Chris Betterton Jones
Doctora en filosofía, profesora retirada de zoología y parasitología

 

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Bibliografía:

 

How cognitive biases affect our interpretation of political messages

British Medical Journal, April 2010

http://www.bmj.com/cgi/content/full/340/apr27_1/c2276

 

Study Finds Widespread Misperceptions on Iraq Highly Related to Support for War

World Public Opinion.org 2003

http://www.worldpublicopinion.org/pipa/articles/international_security_bt/102.php

 

When Corrections Fail: The Persistence of Political Misperceptions

Brendan Nyhan and Jason Reifler,  Springer Science+Business Media, March 30th 2010

http://www.springerlink.com/content/064786861r21m257/fulltext.html

 

The Political Brain

Michael Shermer. Scientific American July 2006

http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=the-political-brain

 

New Poll: Less Than Half Of Republicans Believe Obama Was Born In U.S.

http://www.huffingtonpost.com/2009/07/31/new-poll-less-than-half-o_n_248470.html

 

Third of Americans suspect 9-11 government conspiracy

Scripps News 2006

http://www.scrippsnews.com/911poll

 

 

 

 

 

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Comentarios (1)enviar comentario enviar comentario
1 | 03/06/2010 17:27
Efectivamente existe un sesgo de confirmación, pero no es el huevo, sino la gallina, obviamente. Previamente ha sido bombardeado con ideas que verdaderas o falsas se convierten en estandarte de una ideología. Después está la capacidad de envenenar lanzando mensajes que "encienden" pasiones y manipulan a los ciudadanos (ejemplo nazi con Goebbels). Por ejemplo: en España se difundió la creencia de que formábamos parte del grupo de ataque a Irak, hay muy poca gente que sepa la realidad: España no entró en guerra, participó como AYUDA HUMANITARIA (véase actividad del ejército) y posterior RECONSTRUCCIÓN de un país al que abandonamos posteriormente a su suerte, así cmo a miles de soldados de otros países que cooperaban en la reconstrucción, como Polonia e Italia, por ejemplo. La guerra no comenzó en 2003, puesto que estaban en un alto el fuego condicionado, desde 1991, de la guerra que comenzó el 2 de agosto de 1990.
Una cosa son las ideologías y otra, el conocimiento histórico y real. Al final, como verá, gana siempre la desinformación por intereses políticos, pero la Historia no se decide así. Le recomiendo las Memorias para el ALto Comisionado para Irak, de D. Fernando Díez Moreno, donde día a día y paso a paso tiene desglosada toda relación con el conflicto de Irak. Un saludo, Encarna Martínez