Tras la muerte de su mujer, Walt Kowalsky (Clint Eastwood), un empleado de la Ford retirado y ex-combatiente en la guerra de Vietnam, se halla deprimido, inmerso en una realidad en la que todo le causa aversión, acompañado únicamente por su perrita Daisy. Su barrio se ha convertido en territorio de inmigrantes asiáticos y latinos, que es barrido por bandas de jóvenes que se creen los amos de la calle. Detesta a sus vecinos, de raza Hamong (del sureste asiático). Y para colmo, su cura; el "padre Janovich" (Christopher Carley), no le deja en paz con tal de que se confiese (último deseo de su esposa).
El único tesoro de aquel pasado mejor es el Ford Gran Torino que Walt conserva impecable en su garaje. Una noche, descubre que su preciado coche va a ser robado por su vecino Thao (Bee Vang), un tímido adolescente que tiene que superar tal arriesgada hazaña para que una banda callejera que quiere reclutarle le bautice como "hombre". Walt decide hacer a Thao "un hombre de verdad" y acepta, por petición de su familia, ayudarle a trabajar. Paulatinamente, Walt verá en Thao y en su hermana Sue (Ahney Her) una visión de esa realidad que tanto odia, basada en aceptar la importancia de amar a los demás. Una nueva forma de vivir, guiado por el corazón, que le hará reflexionar sobre sí mismo hasta el punto de poner en juego su propia vida.
A lo largo de su prolífica carrera, Clint Eastwood pasó de ser el tipo duro por excelencia del Hollywood de la primera mitad de los años 70, con éxitos como El francotirador o Harry el sucio, a convertirse poco a poco en un director prolífico que ha sido capaz de atreverse con todo tipo de género. Partiendo del Western más arraigado a él (Bronco Billy) y, tras pasar por el film policiaco (Impacto fulminante) o incluso el biopick (Bird), llegó el drama más humano (Mystic River, Million Dollar Baby), algo que nunca hubiésemos esperado del talante de un hombre de su estereotipo.
En esto último reside, precisamente, el encanto de sus películas; los que fueron los valores profundos americanos del Clint Eastwood más intransigente, son sometidos, por él mismo, a crítica y reflexión en historias que los ponen en tela de juicio. Y, por supuesto, Gran Torino, no se libra de este sello personal.
Clint Eastwood efectúa su contraposición dirigiéndose a sí mismo en la piel de un ex-soldado retirado, de carácter rudo, estricto y conservador, que no se ha acostumbrado al paso del tiempo y todos los cambios que ello conlleva.
El personaje de Walt Kovalsky es un Clint Eastwood que invita al espectador (especialmente a aquel receloso de aceptar nuevas realidades como la intercultural) a emprender un viaje que nos permita entrar en la casa de los Lor; una familía asiática de distintas costumbres y forma de vivir que, en la ficción de Gran Torino, viene a ser el reflejo real de todos los mundos distintos que sufren la desaprobación del intolerante.
Así, nos hacemos partícipes de una historia a lo largo de la cual Clint Eastwood y su viejo cascarrabias se compenetran con lo que sienten y lo que piensan sus vecinos. Se crea una tolerancia progresiva que se convierte en la herramienta del protagonista para vencer otro valor moral presente en Gran Torino; la rencilla por lo vivido en un pasado bélico.
Una reminiscencia donde, precisamente, la película se descompensa dando lugar a un doble fallo. Por un lado una apología histórica americana, que al mostrarse demasiado exagerada, viene a caer, por otro, en la tendencia repetitiva de muchos directores coetáneos, de alargar la historia con reflexiones sobre el "honor americano" (la denominada, en España, como "americanada").
Algo muy negativo teniendo en cuenta que los dramas de Clint Eastwood (donde pesa más el diálogo y el contexto, y no solo los efectos visuales y sonoros) son ya de por sí muy poco intensos y de ritmo muy lento. Si a ello además se nos impone un alargamiento del metraje, la película puede resultar un tanto aburrida. Gran Torino, en el final, implementa esa sensación.
Independientemente de la línea argumental, el desequilibrio se ceba también sobre aquel significado inicial que también parece fructiferar en la historia. Es decir, Gran Torino es, en la primera hora, el espíritu conciliador que el autor pretende encontrar en la dureza de Walt Kowalsky. Pero, de repente, Walt se convierte en un experto en reeducar al joven Thao (Be Wang) mediante una ejemplificación de las malas maneras.
Con esto, desde mi punto de vista, creo que lamentablemente Clint Eastwood, pierde fuerza en un recurso que ha manejado perfectamente en otras películas como Million Dollar Baby. Se trata de esa magia con la que él se vale de jóvenes actores para sacar de ellos un talento impredecible (ajeno a roles comedidos en los que parecían estar encasillados actores como Hillary Swank, Angelina Jolie o Ryan Phillipe), para reflejar una bonita relación de confianza entre el maduro veterano y el/la joven poco experimentado.
No obstante, y como conclusión, Clint Eastwood siempre consigue que un pequeño matiz de encanto diferencie a cada una de sus películas. Y Gran Torino se distingue por ser la película con la que el director nos hace comprender el problema de la desigualdad racial pero, esta vez, trasladada a una cotidianidad donde el aspecto bélico, si bien en otros títulos fue escenificado en primer plano (Cartas desde Iwo Jima; Banderas para nuestros padres), aquí pasa a estar inmerso en la conciencia.
Director: Clint Eastwood
Guión: David Johanson y Nick Schenk.
Música: Kyle Eastwood, Michael Stevens.
Fotografía: Tom Stern
Intérpretes: Clint Eastwood, Bee Vang, Ahney Her, Christopher Carley.
Nacionalidad: E.E.U.U.
Género: Drama racial.
Web oficial: http://www.thegrantorino.com













