El barco de las velas de cristal
22/01/2009 - 10:44
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Como todos los años a la llegada de la primavera, las velas de los barcos salpicaban la bahía, surcando en todas las direcciones, arañando cada atardecer los rayos de un sol cada vez más caluroso.
El Xarxa era un pequeño barco de vela latina, un poco cascado como su propietario, el tío Pere, que aunque tenía fama de excéntrico, no lo era en absoluto. Con casi ochenta años, lo que más le gustaba al abuelo era salir a pescar, o simplemente echar una siesta con el ancla echada, cuando el calor no lo permitía hacer dentro de casa.
Sus nietos lo solían acompañar algún que otro día, y disfrutaban aprendiendo los secretos de la mar, la pesca y la navegación, y se reían divertidos cuando el abuelo se enganchaba con algún cabo y mascullaba maldiciones entre dientes.


Cuando salía con los nietos, el tío Pere se olvidaba del tiempo, y muchas veces llegaban al puerto casi al anochecer, bajo la mirada desaprobatoria de la madre de los chavales, que no veía cuál era la gracia de estar todo el día bamboleándose en una barca vieja.


Esas salidas ocurrían algún que otro fin de semana, aunque no era lo habitual.
Los días en el puerto pasaban tranquilamente y sin prisa, como las cuentas de un rosario bien rezado. A pesar de que sus nietos y su hija vivían a pocos cientos de metros, no recibía muchas visitas, por no decir ninguna.
Una mañana de mayo unos golpes suaves sonaron en su puerta de madera. Con los pocos pelos que le quedaban alborotados, y casi sin vestir, fue a abrir. Por la manera de llamar sabía perfectamente quién era.


-¿Qué día es hoy?- le preguntó Pere a su nieto mayor buscando con la mirada un calendario.
-Martes.
-¿Martes? ¿Cómo es que no estás en clase? ¡Si se entera tu madre me cuelga, primero a mí y después a ti!
-Lo sé, pero es que hoy no podía ir. Tenía que entregar un trabajo sobre la corteza terrestre, una redacción y muchos deberes de matemáticas y no he hecho nada porque no los entendía.
-Pues los problemas de matemáticas no son nada comparado con la que nos va a caer. Eso no está nada bien tienes que...

-Ya, ya abuelo- Cortó el nieto. Tienes que hacer esto, no debes hacer lo otro, haz, no hagas... Tengo 16 años, ya sé que debo ir a clase, ¡pero es que no podía! ¡Tú no sabes como se pone ese profesor si no haces los ejercicios!
-De acuerdo- dijo el tío Pere con resignación. -Lo importante es que tenemos que desaparecer toda la mañana de aquí. Vamos al Xarxa y bajaremos por el Carrer Vell para pasar más desapercibidos.


En un abrir y cerrar de ojos, estaban los dos embarcados. El motor emitió un gruñido de queja, y tras unos pocos petardeos, arrancó.
Era una mañana deliciosa, calurosa y brillante. El poco viento que mecía las nubes era suficiente para llenar la vela latina de viento y vida.


-¿Qué asignaturas tenías hoy?
-¿Hoy? Eh...matemáticas, biología, inglés, música...
-Intentaré darte la lección yo entonces, para que no pierdas clase. Menos inglés, que eso no hay quien lo entienda.-El nieto lo miró extrañado y divertido-.


El abuelo le habló del mar, del susurro de los vientos y sus nombres, millas marinas, tipos de pescados y moluscos...

La mañana fue pasando, y el nieto se embebía de todas aquellas historias relacionadas con el mundo marino. Desde muy pequeño su madre le había inculcado sin quererlo, una aversión al mar, a raíz de la muerte de su padre, al poco de nacer él, en el accidente de un pesquero.

-El sol es el motor de todo el ecosistema. Sin él no habría viento, ni lluvia. Mirando ahora los miles de destellos del sol en el agua te voy a contar una historia que pasó hace mucho tiempo. Hace años, habían en este puerto muchos más barcos como el Xarxa de los que hay ahora. Todos con sus velas blancas, algunas remendadas, pero todas en la lejanía iguales.
Sin embargo había un pescador, que ya hace muchos años que murió, que quiso hacer el barco más bello de toda la bahía, que todos lo conocieran a lo lejos y se hablara de él con admiración.
Pintó el barco de un azul celeste muy claro y las velas las puso de cristal. Un cristal tan puro, fuerte y transparente que refulgía en lontanaza en mil colores según la luz del sol y el momento del día. Sin duda, era el barco más bello del mundo.

-¿De cristal? Ja, ja. ¡Eso es imposible!
-Tan cierto como que me llamo Pere y estoy hablando contigo-dijo el abuelo con solemne seriedad.
-Cada vez que salía a navegar- prosiguió el abuelo -muchas personas se acercaban al puerto para verlo. Un torrente de colores salía disparado en todas las direcciones. El dueño del barco era feliz. Su sueño era ver feliz a la gente que le rodeaba, y con su barco lo lograba.
-¿Y que pasó? -dijo el muchacho intrigado.

El abuelo mudó la cara. Miró hacia el horizonte con tristeza y dijo -Una tarde de verano, el barco se adentro más de lo normal en alta mar. El sol de mediodía reflejaba tan fuerte, que el fulgor de las velas cegó momentáneamente a los timoneles de dos pesqueros, haciendo que colisionaran. Murió una persona.
-Todos en el pueblo le tacharon de loco, de irracional. Los que antes llevaban a sus hijos a ver el barco, ahora le insultaban.
-No siempre lo bello y hermoso es lo mejor, y por querer hacer demasiado el bien, haces mucho mal. Recuerda esto siempre.
-¿Qué pasó con el barco?

-Una noche desapareció. Dicen que lo robaron, pero en realidad lo hundieron. Lo sé porque lo hundí yo, en medio de la bahía. Ahora reposa ahí junto al espíritu de tu padre, que espero que dónde esté, perdone a Pere, el hombre del barco de las velas de cristal.

 

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