El poblado. El arroyo que secó
04/03/2006 - 1:13
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Hace muchos años vivía en una aldea un hombre de 97 años. No había nadie más viejo que él por aquellos parajes, y se rumoreaba que había sido el brujo de la tribu hacía años por la cantidad de amuletos y objetos mágicos que rodeaban su choza. Por otra parte, era el único que vivía pegado al bosque, algo que nadie hacía, pues estaba considerado un lugar maldito.

Decían que el bosque estaba repleto de serpientes color zafiro, las más peligrosas del mundo. Una picadura de estos seres equivalía a quedar convertido en piedra de por vida, y no había curación posible. Por eso no se acercaba nadie por allí.

Muchas veces los aldeanos veían salir humo del bosque, por lo que deducían que allí también vivían espíritus malignos que hacían extraños conjuros y sortilegios.

Pero al viejo no parecía importarle mucho los extraños sucesos que tenían lugar entre los frondosos árboles, y por eso con el paso del tiempo, él y su choza empezaron a parecer a la vista de los habitantes del poblado tanto o más peligrosos que el bosque mismo, por lo que estos evitaban en la medida de lo posible acercarse.

Lo único bueno que salía de aquellos árboles era el arroyo que cruzaba la aldea y de donde los pobladores cogían su agua, regaban sus cosechas y bañaban a sus niños.

Y así, lentamente transcurría el tiempo, sin mayores sobresaltos, hasta que un día ocurrió la tragedia.

Una mañana los habitantes del poblado amanecieron con una mala noticia: el arroyo estaba seco, y nadie sabía por qué.

Consternados, pensaron que deberían consultar al Consejo de Ancianos, pero como solo había uno y le tenían miedo y poca consideración, decidieron buscar la solución por su cuenta. Así, se reunieron al anochecer en torno a una hoguera a deliberar. La única solución pasaba por ir hasta el nacimiento del arroyo, en el corazón del bosque maldito, a ver qué estaba pasando.

Pero no había suficiente valor entre los hombres de la tribu, aunque sabían que la supervivencia de todo su pueblo estaba en juego y se acababa el tiempo.

por Rober Caamaño Iglesias
Guionista aficionado y marinero del CNJ

 

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