El último viaje
01/12/2006 - 0:55
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A aquel hombre siempre le había gustado el mar, y desde aquel lejano día que se subió por primera vez a un barco velero supo que solo permanecería en tierra por causas de fuerza mayor y el menor tiempo posible.
Sus ojos no se cansaban de ver amaneceres, ni sus manos de arriar de las escotas de las velas.

Su ánimo nunca decayó por ver horizontes vacíos en los cuales él, por unos instantes era el dueño y señor de todas aquellas tierras azules que recorría con orgullo en su corcel de velas blancas.

Pasaban los años unos tras otros; fugazmente como las olas que cada día golpeaban las amuras de su viejo barco velero.
No tenía el vigor de antaño, curtido por temporales, nieblas, enroques y miles de aventuras le habían ocurrido solo o acompañado a través de islas, calas y sinfín de puertos, pero aun conservaba el espíritu de los viejos piratas que le hacía salir a navegar siempre que podía, para sentirse un poco mas vivo entre la brisa del centelleante mar y en el rumor del oleaje.

De repente, como en las grandes historias de los hombres su vida poco a poco cambió y un día se despertó muy cansado. Habían sido muchos años de trabajo, de viajes y de recuerdos y no se sentía con ánimo de salir de su suave retiro de silla de mimbre y libros vacíos de palabras y llenos de hojas.

Poco a poco los suspiros del mar y los horizontes en penumbra desaparecieron de su mente y su velero amarrado en el puerto fue poco a poco mutilado y desgajado por manos ajenas.
Sus velas se bañaron en llanto salado de gotas de agua al saber que no regresaría nunca más y todo en su interior se colmó de un silencio receloso que aún esperaba cada día encontrase con ese hombre mayor, de gorra de capitán y porte señorial y desgarbado que nunca regresó.

Un día a aquel hombre le llegó la hora de hacer su último viaje y por primera vez su viejo barco de vela no pudo acompañarle.

por Rober Caamaño Iglesias
Guionista aficionado y marinero del CNJ

 

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