No pensé que lavar el coche fuera tan complicado
06/12/2008 - 16:11
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Tenía un amigo que creía que a partir de 40ºC el cerebro comienza a freírse en su propia grasa. Supongo que algo de razón tendría.
No hay nada como lavar el coche para que llueva barro. Pero seguro que con esta afirmación no sorprendo a nadie, ya que si hay alguna ley de Naturaleza que todo el mundo conoce, no es gracias a un gran físico -teórico- como Newton, sino a un ingeniero de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses con nombre de afamada cerveza, desesperado ante la ineficacia en el montaje de un experimento. Tan seguro como que la lógica de Murphy sería mucho más aplicable que la aristotélica a la situación un tanto surrealista que viví en el último intento de lavar mi coche.

Lo dicho, hacía poco que había lavado mi coche, pero un par de viajes y una inoportuna tormentilla de verano habían devuelto a mi vehículo a su estado natural, cubierto de un polvo rojo, decorado por algún que otro torpedo avícola y salpicado por millones de cadáveres verde-amarillentos.
No es que lo vaya a usar mucho, ya que prefiero la moto o la bicicleta, pero el polvo gris del garaje creo no combina bien con los tonos tierra, ocre, marrón y verde que ocultan el práctico y sufrido beige de mi coche. Así que decidí ir al lavadero, a uno de esos automáticos que están en las gasolineras –siempre pensé que si son más caros es porque limpian mejor-, donde dejas tu vehículo y una potente máquina se encarga de crearte la ilusión de que tienes un coche nuevo –siempre y cuando ignores el buen uso que has hecho de tu parachoques-.

Fui justo después de comer, pensando que era la mejor hora para no tener que hacer cola, como así fue. Introduje mi coche dentro del lavadero, donde había un arco de un brillante color blanco, lleno de luces azules y rojas y etiquetas indicativas inmaculadas que presagiaban una limpieza de primera.
Paso por caja y pido una ficha. El dependiente coloca enfrente de mí dos tabletas negras idénticas y me pregunta por cuál quiero. Ante mi mirada inquisitiva me explica que uno vale 4,50€ y el otro, que limpia más y mejor, son 5,50€. Como mi coche tiene más de 5 años, el pobre ya no está para impresionar, por lo que elijo la opción más económica.
Pero entonces el dependiente de la gasolinera, con un chaleco de emergencia de color naranja internacional –supongo para que se le pueda ver dentro de la tienda- me explica que hay una promoción, y que si me pido un refresco y un bollo, sólo son 4€. Pero a mí lo que más me apetece en ese momento es un café, y se lo hago saber.
El chico consulta una hoja protegida dentro de una funda de plástico raída, y tras un detenido escrutinio de la promoción oficial de la gasolinera, que más parece el mapa de un tesoro, y cuya interpretación haría palidecer al mismísimo Indiana Jones, confirma mi elección.

Entonces me invita a elegir bollo –la verdad es que no me apetece mucho, pero pienso que igual más tarde, a la hora de la merienda, tendré más apetito-, y opto por una berlina de chocolate, “para llevar, por favor”. Entonces veo como la atención del dependiente se sumerge una vez más en la nota promocional, y al cabo de unos largos segundos responde, “entonces son 4,10€”, y mientras me mira con cara de pedir disculpas dice, “es que depende del tipo de bollo”.
Bueno, vale, sigo ahorrándome 40 céntimos de euro; “¿me sirves entonces un café con leche, mientras pongo a lavar mi coche?”, digo, a la vez que salgo por la puerta al calor de la tarde. Tras introducir la ficha y asegurarme de que la máquina de lavar se pone en marcha, vuelvo al resguardo del fresquito de la tienda y a tomarme mi café.
Pero antes de darme cuenta de que de ese tipo de cafeteras automáticas poco se puede esperar, el dependiente vuelve a mirarme con cara de disculpas, y mientras me acuerdo que la promoción anterior me gustaba más porque era más simple, me dice que son 4,35€, “es que con café con leche es un poco más”.
Entonces es cuando pienso que habría sido mejor pasar de esta oferta y preguntar por la anterior que era un archiconocido 3x4 –o sea, pagas tres lavados y el cuarto es gratis-, pero como el bollo ya ha sido introducido dentro de una bolsa, el botón del café ha sido presionado y la cara del dependiente me hace ver que está al límite de su capacidad de interpretación, opto por sentarme a la barra y beberme ese café con leche –y con poca cafeína- al que tuve que añadirle más azúcar para disimularle un ligero regustillo a salado.
Y mientras trago en dos sorbos el brebaje, pienso, “bueno, por lo menos me he ahorrado 15 céntimos”.

Para cuando el secador del lavadero se había deshecho de la última gotita que corría a trompicones por la lustrosa venta trasera de mi coche, el café ya era historia y yo estaba preparada con papel en mano para dar los últimos repasitos. Es entonces cuando observo cientos de miles de mosquitos sellados por la cera sobre el capó de mi coche. ¡Esto no está bien!

Así que vuelvo a la tienda para decírselo al dependiente, “¡oye, que mi coche sigue lleno de mosquitos muertos!” “¿Pero, qué lavadero has usado, el viejo o el nuevo?” “Pues el nuevo, porque el viejo está cerrado”, respondo. “Ah, sí. Es que está el mecánico arreglándolo”. Y le insisto para que salga a ver mi coche. Reticentemente abandona el frescor de la tienda y comprueba la masacre aún patente, y ahora lustrosa, sobre el capó de mi coche.
“¿Pero que ficha has usado?”, me pregunta; y yo pienso, “la que me has dado”, mientras saco el tiquet de compra que pone “Superior”. “¡Ah!, eso será”, y con el convencimiento de las ideas claras me explica que el lavado “Superior” es el inferior, y que con el otro, que lava y abrillanta más, seguro que se habría quedado perfectamente limpio mi coche, auque también depende de la cantidad de suciedad que tiene el vehículo.


No captando la alusión a mi falta de higiene automovilística, y de que mi coche no está limpio porque estaba sucio cuando lo llevé a lavar –me parece que eso es lo normal-, por un momento pienso en que quizá los mosquitos de la Albufera estén compuestos por efluvios especialmente pegajosos y corrosivos. Pero recuerdo y le recuerdo al mozo de la gasolinera que con el lavadero viejo nunca se habían resistido, ni siquiera los mosquitos de Madrid, ¡que como esos no hay otros!
Y le digo, “mira, a mí me da igual (nunca antepongo mi Ego a mi comodidad), pero creo que te interesa resolverlo –pensando en que no quiero que me vuelva a pasar otra vez”. A lo que busca con la mirada al mecánico que debería estar arreglando el lavadero viejo, con la intención de preguntárselo, pero que como no está, sentencia con resolución, “te quedan mosquitos porque la nueva máquina tiene unos rulos de un caucho que no ralla la pintura del coche, mientras que en el viejo los rulos tienen filamentos de plástico”. ¡??????!

Así que si vas a lavarte el coche deberás tener en cuenta que el lavado “Superior” es el inferior; que la máquina nueva limpia peor que la vieja, a pesar de que el agua sale a mayor presión; que cuando eliges la promoción con refresco y bollo sale más barato, pero más caro si tomas un café o un bollo; y que si tienes mosquitos de la Albufera aplastados sobre tu capó, límpialos antes si no quieres que queden momificados bajo una capa de cera de la máquina nueva…

No pensé que lavar el coche fuera tan complicado

GRMK

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