Aquella chica caminaba sola en aquel atardecer trémulo que agonizaba. Iba sin rumbo, caminando cerca del mar. Su cabello rubio se enredaba en la brisa y su pareo de color azul ondeaba como una bandera de pasión contenida.
Era un regalo para sus recientes veinte años.
Sus pensamientos iban y venían al ritmo pausado y ajeno del faro lejano, que se había encendido momentos antes.
Pensaba en la belleza lacrimosa de los atardeceres lentos, de las olas silenciosas que no entienden de años ni pueblos, y en la bendita agonía del sol crepuscular.
Cerró los ojos y sintió como el olor del mar le invadía los sentidos. La tristeza que acompañaba a aquella muchacha salió en forma de lágrima y rodó por su mejilla como una gota de rocío en la hoja de un almendro.
Abrió de nuevo sus ojos y descubrió que la noche se había echado lentamente y sin avisar. Era la hora de volver a su casa.
No hizo ademán de secarse aquellas lágrimas plateadas, pues sabía que era un trabajo perdido. Siguió caminando hacia su casa y una canción triste asomó sin quererlo por sus labios. Amparada en el manto de la noche, desapareció de mi vista.
Jamás supe quién era y nunca la volví a ver.
Rober Caamaño Iglesias













