Sombras de un faro
20/06/2006 - 1:08
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Aquella chica caminaba sola en aquel atardecer trémulo que agonizaba. Iba sin rumbo, caminando cerca del mar. Su cabello rubio se enredaba en la brisa y su pareo de color azul ondeaba como una bandera de pasión contenida.

Era un regalo para sus recientes veinte años.

Sus pensamientos iban y venían al ritmo pausado y ajeno del faro lejano, que se había encendido momentos antes.

Pensaba en la belleza lacrimosa de los atardeceres lentos, de las olas silenciosas que no entienden de años ni pueblos, y en la bendita agonía del sol crepuscular.

Cerró los ojos y sintió como el olor del mar le invadía los sentidos. La tristeza que acompañaba a aquella muchacha salió en forma de lágrima y rodó por su mejilla como una gota de rocío en la hoja de un almendro.

Abrió de nuevo sus ojos y descubrió que la noche se había echado lentamente y sin avisar. Era la hora de volver a su casa.

No hizo ademán de secarse aquellas lágrimas plateadas, pues sabía que era un trabajo perdido. Siguió caminando hacia su casa y una canción triste asomó sin quererlo por sus labios. Amparada en el manto de la noche, desapareció de mi vista.

Jamás supe quién era y nunca la volví a ver.

Rober Caamaño Iglesias

 

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