Cuando en la cena de bienvenida descubrimos que a Epifania le gustaba con desmesura el alioli, los calamares rebozados y los pescaditos fritos, respiramos tranquilos y pensamos en lo fácil que resultaría contentarla con la comida.
Me constaba que el único pescado de mar que había probado alguna vez fue la lubina a la brasa, y en la costa atlántica en sur América, los otros pescados que comía eran los sabrosos peces de los ríos. Sin embargo, a pesar de las caras de satisfacción que teníamos aquella noche en el puerto de Jávea, me quedó la sensación de haber cantado victoria antes de tiempo.
Y por fin le llegó el turno en la cocina a Pilar, su consuegra. Era principio de Julio y la calima de verano hacía las tardes insoportables de calor y humedad. A los montes que rodean el valle les faltaban el destello de las flores del hipérico, del tomillo, del romero. Sólo los pétalos de las achicorias lucían espléndidas al borde de los caminos. La vida reservaba sus recursos para sobrellevar el calor. Sin embargo, Pilar se arregló y pidió que la llevaran a la lonja en busca de pescados frescos, y con ella vinieron los plateados boquerones que los fue preparando mientras conversaba con Epifania, a quien enseñaba cada paso que hacía.
Primero los dejó en sal, les quitó la raspa, les agregó vinagre y los puso a reposar un buen rato, después le agregó el picadillo de ajo y perejil, los cubrió de aceite de oliva y los metió en la nevera. A la hora del aperitivo los sirvió con unas aceitunas machacadas, e invitó a Epifania a que lo probara. Y Epifanía puso cara de no saber que hacer. No se atrevía a dar el bocado inicial y, sonriendo, comentó que estarían crudos porque no lo vio cocer ni freír.
Le expliqué que el vinagre ya los había cocido y de paso le conté como preparan los japoneses el sushi, o los peruanos el ceviche, y finalmente con cara de resignación, se los comió.
El verano estaba en plena ebullición. Los niños jugaban alegres muy cerca de sus abuelas, que se contaban todo lo que no tuvieron oportunidad de contarse hasta entonces. Amiguitos y primos de los niños merodeaban curiosos, mientras su nuera Raquel elaboraba el plato principal -"Una sorpresa", dijo. Y trajinaba misteriosa entre vapores en la cocina. Había comprado cangrejos de mar y en una revista halló una exótica receta de sopa de mariscos. Una versión mexicana.
Puso a cocinar los cangrejos vivos en agua caliente, los condimentó con especies, un poco de cilantro fresco y una pizca de manteca de coco con la intención de transportarnos al Caribe. Y cuando Epifania vio al cangrejo que le correspondía en su plato se quedó paralizada, no se lo esperaba, pero consiguió mantenerse en silencio a pesar de lo sorprendida que estaba.
Deseaba desaparecer de la mesa en ese instante y miraba de reojo al simpático marisco que parecía, con sus ojitos negros como dos diminutas canicas, implorarle piedad. Ya era tarde, a esa altura había aportado su inconfundible sabor a la suculenta sopa con arroz.
Cuando me di cuenta que Epifania volcaba el plato para coger sólo el caldo, impresionada de ver al crustáceo en su cuenco, me apresuré en quitárselo para que pudiera seguir saboreando solo la sustancia, y curiosa nos miraba morder patas y pinzas para extraer lo que guardaban.
Y la sorpresa culinaria de Raquel resultó un chasco. No hubo forma de que probara el cangrejo ni las gambas ni los langostinos. Los mejillones los probó, pero las tellinas, no. Y empezó a creer que comíamos cosas raras, y eso que aún no nos había visto saborear los caracoles que nos ayudó a recoger una tarde de paseo.
Se sonrió cuando le dijimos que iban a ser parte de una paella, lo tomó en broma, los vio colgados en una malla y los creyó olvidados hasta que los encontró en medio del arroz. Intentamos persuadirla para que probara uno, y terminamos preparándole un filete de ternera a la brasa. Sin embargo, el socarrado de la paella le gustó.


















