La primera vez que Raquel visitó a sus suegros en Argentina, antes de despedirse para volver a España, Epifania quiso ofrecerle algunas de sus especialidades.
En medio del júbilo de las mujeres de la familia, que mientras hablan de sus vidas no pierden ocasión de reírse, se pusieron manos a la obra para hacer una sopa paraguaya, que de sopa tiene poco, y de aspecto se parece más bien a una empanada gallega, pero su sabor, en nada se parece al plato ibérico.
Y también elaboraron el suculento borí-borí, una sopa caliente color maíz, cuya harina la espesa dándole consistencia, y para lo que necesitan entre tantos ingredientes, una gallina, que su suegro fue a buscar al corral ubicado debajo de un gran aguacatal, invitándola a que le acompañara.
Ella no perdía ocasión de compartir experiencias, de conocer nuevas costumbres, de aprender cosas nuevas. Y esta vez, como exprimiendo las oportunidades que les quedaban a esa altura del viaje, se marchó lentamente conversando con su suegro hasta el corral, y ya no tuvieron otra oportunidad de compartir solos: a los seis meses de aquella visita, él falleció.
Mientras ellos iban a por la gallina, en la cocina crecía el trajín. Se veían los destellos del metal, ollas, bandejas, cuchillos, se escuchaban ruidosos. El movimiento alrededor de la mesa de madera oscura presagiaba el festín, y entre comentarios y risas, se disponían a cortar una cantidad descomunal de cebollas para sofreír, hacer lonchas de la gran bola de queso de cáscara roja, moler maíz, y combinar faena e ingredientes para los dos platos a base de la variedad del maíz blanco.
El aguacatal creaba una sombra inmensa sobre el corral de las gallinas, y estaba a tope de frutas que cada tanto, ¡plaf!, asustaba a quien hubiera bajo su copa. Los frutos maduros caían repentinamente del árbol y, al estrellarse, revoloteaban las asustadizas gallinas, que inmediatamente después se ponían a picotear alegres el verde manjar.
Raquel desgranó maíz para atraer a las aves a su alrededor mientras su suegro oteaba con un largo gancho de alambre en su mano. De repente. Con un movimiento certero, enganchó de una pata a la gallina escogida del montón, creando pánico y revuelo en el gallinero.
Ella aún no se había enterado que la gallina formaría parte del agasajo de despedida. Cuando su suegro colgó la gallina por las patas y desenvainó la daga para degollarla, exclamó sorprendida, "¡¿pero, qué hace?!". Y él respondió con naturalidad, "matarla para que preparen el caldo del borí-borí".
Fue recién entonces cuando se enteró para lo que querían la gallina que ayudó cazar. Le imploró que no la matara, "por favor, podemos comer otra cosa", le decía. Pero no. Tuvo que marcharse a dar un paseo para que los demás acabaran la faena.
Después se incorporó a la cocina para ver y participar de la elaboración de lo que más tarde tanto le gustó. En algún momento puso en duda a Epifania, que no terminaba de entenderla, porque ya había comido otros platos para los que también hubo que sacrificar algún animal de crianza, y ese es el único fin con que crían.
Epifania llegó a preguntar, un poco en broma, un poco en serio, qué hacer, antes de continuar con la actividad desatada en la cocina. Para entonces molían el maíz blanco y tierno que llaman choclo, y hervía el agua en la cazuela donde fue a parar la presa, cuyo caldo serviría para humedecer la masa con la que irían haciendo incontables bolitas con la harina recién molida.
Trabajo colectivo donde cala el conocimiento de la experiencia compartida, las palabras, y la alegría espontánea. Y entre el mate infaltable y el bullicio Epifania picaba cebolla verdeo, perejil, y condimentaba con especies lo que hervía a borbotones en la gran cazuela de hierro sobre el fuego alimentado con leña. Elaboraban a todo vapor el borí-borí que se serviría al mediodía mientras ultimaban los preparativos de la sopa paraguaya que se acabaría de hacer al día siguiente, en el horno de ladrillo y barro, a la vieja usanza, y que se sirve templado o frío, y que sirvió además, para que los viajeros se lo llevaran de vianda en el largo trayecto que les esperaba.
El festín se montó fuera de la casa, bajo la sombra de la Ceiba en flor y del gran lapacho, de cuyas ramas colgaban claveles del aire, costillas de Adán, y orquídeas salvajes que el suegro de Raquel recolectaba de la selva, "para salvar", decía, "pequeños trozos del paraíso, de la deforestación".
Ese día no faltó nadie, fueron llegando durante toda la mañana familias, amigos, y hasta algún pariente venido de otro pueblo. Hubo que agregar tablones y caballetes que luego se recogieron para bailar hasta entrada la madrugada. Y al día siguiente, una comitiva de lo más variopinta, encabezada por Epifania, fue a despedir a los viajeros a la estación de autobuses.
Luis Vargas


















