“Cuando hayamos cortado el último árbol, contaminado el ultimo río y pescado el ultimo pez, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer”
Los guaraníes que viven en lo que queda de selva, al sur del vasto Amazonas, habitan en clima subtropical y principalmente en los márgenes del río Paraná.
Sus vidas transcurren en medio del murmullo de arroyos, ríos y animales que llenan de sonido los días y las noches. Los trinos inundan el amanecer y bandadas de pájaros crean coreografías intrépidas que danzan en el aire hasta posarse en las altas copas, llenando de bullicio la espesura verde; las cotorras ruidosas comen pequeñas frutas del árbol del Paraíso y la bruma que duerme a ras de suelo se levanta dejando al sol lucir su presencia abrasadora. Los guaraníes viven la infancia salpicada de leyendas e historias que van dándole sentido a la convivencia con el entorno, y nada de lo que ocurre en su hábitat les es extraño. Todo tiene su razón de ser en los ciclos de la vida.
Las estaciones de lluvia parecen interminables y traen las crecidas de los ríos, y con ello, la abundancia de la pesca y de la caza, aporte extraordinario a la pequeña agricultura que desarrollan.
Sin embargo, en algunas zonas más que en otras, las últimas generaciones han visto con qué velocidad cambiaba el entorno en los últimos años. La vida en los países en vías de desarrollo requerían transformar su paisaje a velocidad de vértigo, demasiada riqueza les abrigaba, y la codicia llegó y se puso manos a la obra bajo el nombre de “Progreso”.
Desde que vieron pasar los primeros camiones, que berreaban con su preciada carga en un ir y venir de maderas preciosas, sólo han pasado algunas décadas. Fue entonces cuando empezaba a perecer la selva dejando grandes claros. La vegetación parecía resistirse y volvía a crecer en tiempo récord y la creían indomable. Sin embargo, las grandes máquinas continuaban rugiendo y abrían trochas y creaban nuevas carreteras, como aún sigue ocurriendo.
Árboles gigantes caían abatidos y los animales huían despavoridos, asustados y alborotados ante sus ojos. Era el comienzo de un final que no estaba escrito, pero que había llegado, y desde entonces viven los guaraníes nuevamente en situación de extinción.
Intrépidos hombres y mujeres llegaron a la zona fronteriza de Argentina, a cambio de salvar sus vidas huyendo de guerras y del hambre de principios del siglo XX, también ellos berrearon por adaptarse a un clima que le resultaba hostil, pero en poco tiempo se mimetizaron con el paisaje.
Entonces, había que delimitar las fronteras culturales con los países vecinos, y lo hicieron colonizando la región con europeos, criollos y maestros venidos de las grandes ciudades rioplatenses en promovidas campañas de colonización, relegando el idioma guaraní al otro lado de los lindes territoriales, hoy Paraguay, el único país americano donde el idioma oficial es una lengua precolombina.
Muchos descendientes de los guaraníes, por salvarse y seguir viviendo en la misma zona donde nacieron, tuvieron que renunciar forzosamente a su lengua materna y, con ello, a todo lo que conlleva perder el idioma y su cultura. A duras penas aprendían el nuevo idioma en las escuelas, para no quedarse al margen de una sociedad que no les admitía diferentes.
Los que no quisieron acceder a la nueva culturización pasaron a ser perseguidos por improductivos, decían las autoridades, y deambulaban furtivamente en su propia tierra. Planearon los gobiernos en muchas ocasiones hacinarles en precarias reservas, como ya habían hecho con otros pueblos hermanos, como los Tobas en la provincia de Chaco, para finalmente convertirlos en mero atractivo turístico.
Los hombres y mujeres que recién llegaban a la región, fundaron pueblos con nombres como El Progreso, Puerto Esperanza o El Dorado, reflejando sus sueños y a orilla de ríos y caminos, convertidos hoy en importantes carreteras para el trasiego de mercancías.
Los nuevos habitantes aprovechaban los espacios ganados a la selva para criar animales que traían de otros climas y que en muchos casos no sobrevivían a las condiciones atmosféricas ni a los parásitos que malograban ganaderías en un clima selvático y húmedo.
Cultivaban variedades frutales intentando aclimatarlas, algunos festejaban el éxito, otros lamentaban los fracasos y emigraban nuevamente, por lo general, a las grandes ciudades, pero nadie quedaba indiferente al hábitat descubierto. Hubo quienes sucumbían a los encantos de la selva, y a pesar de sus fracasos, se quedaban con la intención de aprender a convivir con el nuevo medio, y así, poco a poco, fueron conformando el paisaje actual.
La vegetación rica de la selva es hoy casi todo pino de rápido crecimiento y abundan los aserraderos por doquier, las represas hidroeléctricas y edificios con altas chimeneas que despiden humo blanco y crean lluvias ácidas que contaminan árboles, ríos y producen enfermedades en la piel.
Los beneficios de la explotación de los recursos naturales apenas se quedan en la zona en míseros sueldos que pagan las grandes empresas y que vienen de países desarrollados, donde van a parar las materias primas extraídas.
Países que a su vez sirven de referencia de modernidad y desarrollo en un mundo fantástico de consumo, que la televisión y la publicidad vende. La consecuencia de este proceso ha empeorado la vida en la región: largas épocas de sequía que se desconocían asolan estas tierras y lo que ocurre no es diferente a lo que sucede en cualquier otro lugar del planeta. Nos cuesta reconocer esta evidencia, o simplemente, no queremos darnos cuenta.
A los guaraníes que no se subieron al tren del llamado progreso o desarrollo se les ve hoy sentados al borde de las carreteras vendiendo sus artesanías, y no han dejado en ningún momento de reivindicar su vuelta a la convivencia pacífica en su entorno que ya no es el mismo. Han conseguido, después de muchos años, que se les reconozca un mínimo, y les han cedido una pequeña parte de la selva para que finalmente puedan desarrollar su vida fuera de un sistema que nunca les aceptó.
Hoy apenas se les empieza a reconocer como portadores de la sabiduría ancestral que les permitió sobrevivir miles de años sin dañar el medio donde viven.
Sin embargo, en la actualidad, la industria farmacológica les roba y patenta sus conocimientos sobre plantas medicinales. Donde habitan desde tiempos inmemoriales, se descubrió hace pocos años, en el subsuelo, una de las mayores reservas acuíferas del planeta, volviendo a estar toda la región nuevamente a expensas de la codicia. Esta vez el objetivo es el inmenso Acuífero Guaraní, como han bautizado los gobiernos de la región al avaricioso hallazgo.
Deberíamos aprender un mínimo de la cosmovisión de los guaraníes y de otros tantos aborígenes si queremos sobrevivir como especie, y aminorar ya la marcha de la sobreexplotación de los recursos naturales como primer paso.
por Luis Vargas
Guaraníes



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