Si existe algo que desde siempre me llamó la atención de los lugares que he visito por primera vez, son los mercados, los mercadillos y los rastrillos, altares imprescindibles de ser visitados para empezar a conocer las costumbres más arraigadas de los pueblos por descubrir.
Una vez en ellos, me dejo llevar por los colores, los ruidos, los olores que me llevan de la mano hasta perderme entre sus tenderetes, y no me despido nunca sin antes probar una de sus delicias gastronómicas.
Como quien llega a Barcelona y lo primero que visita es el Mercado de la Boquería en las Ramblas, o el de pulgas (Rastrillo) de Porte de Clignancourt en París, o el Mercado de los Jueves y Domingos en Chichicastenango, Guatemala, o el Central en Valencia, por poner algunos ejemplos, porque podría llenar páginas nombrando lugares con ese tipo de encanto.
Pero hubo uno muy especial que me impresionó sobremanera en mi primer viaje con la familia a Marruecos, de donde me llevé una fantástica impresión que ya no olvidaré, fue al sur de Chefchaouen, hace ahora aproximadamente diez años. Una mañana soleada con escasas nubes, que parecían pinceladas de algodón en el cielo, descendíamos por las estribaciones de las laderas del Rif por una sinuosa y estrecha carretera rumbo a la ciudad de Meknes, cuando, al doblar una pronunciada curva, vimos surgir en medio de la nada a lo lejos, muy cerca del asfalto por donde íbamos, un mundo de colores en medio de un imponente valle de frondosos árboles.
No pudimos distinguir a primera vista qué era aquello tan llamativo, porque enseguida otra curva lo ocultó tras las montañas, y así hasta que por fin pudimos reconocer un extenso mercadillo donde hicimos una imprevista y merecida parada, ilusionados por disfrutar de lo inesperado.
Y bajo las sombras de gigantes eucaliptos, nos sumergimos en el hormigueo de colores en un descampado lleno de coches y gente que creaban el movimiento que vimos desde la altura de las montañas que íbamos dejando a nuestras espaldas. Los toldos flameaban al viento en medio del polvoriento lecho del valle y nos anunciaban el trajín constante en la mañana festiva del mercadillo, para nosotros inesperado, que se grabó para siempre en mi memoria por los rasgos llamativos y las costumbres exóticas de la gente que veía deambular de aquí para allá, y también por las curiosidades que fui descubriendo al recorrer los pasillos estrechos entre puestos de lo más variopintos, en medio de sonrientes vendedores de inimaginables artículos, y de compradores expertos en las artes del regateo.
Reinaba en el ambiente el espíritu alegre de un día de fiesta y disfrutamos de la alegría contagiada y de la compra y venta de rarezas a la que asistíamos curiosos. En una caseta oscura y fresca escuchamos el silencio con que se deleitan mientras comen la gente de estos pueblos. Sardinas asadas a la brasa, comimos resguardados del día abrasador y un trozo de pan nos sirvió para acompañar el bocado con sabor a mar.
Afuera, las ovejas apiñadas al sol soportaban las reñidas transacciones de los ganaderos y el tintineo del metal nos invitó a visitar las casetas de los herreros donde cambiaban las herraduras a los mulos y a los caballos: los martillazos sobre el yunque componían una música que se sumaba al vocerío de compradores y vendedores al lado de la chispeante fragua avivada por un fuelle poderoso.
En uno de los pasillos por donde caminábamos como perdidos en un laberinto gigante lleno de vida, debajo de toldos que cubrían los pasillos con su sombra, nos topamos con unas dentaduras postizas que nos sonreían radiantes sobre una mesa pequeña fuera de una caseta cerrada con cortinas. Había más dentaduras sobre otras mesas, una al lado de otra, y en unos carteles se leía, escrito con mayúscula y en francés: Dentista. Caminábamos en medio de personas que lucían espléndidas sonrisas.
En otra de las callejuelas estaban los puestos de los peluqueros con grandes espejos y antiguas sillas. Recortes de revistas de modas enmarcadas mostraban los distintos cortes que hacían, y un poco más adelante, los barberos con afiladas navajas rapaban cabezas a barbudos y delgados hombres de chilabas.
En los puestos donde vendían ropas, las mujeres se deleitaban comprando en medio de una gran algarabía. Sentía la vida alegre de la misma manera que ellos, lo que veía me había transportado a un mundo de ensueño y lejano, y en medio de todo iba con los ojos abiertos y expectantes.
Hoy sobrevive todo aquello en mi memoria porque cuando retomamos el viaje me di cuenta que no había hecho fotos a causa de la hipnosis que viví. Creía que las necesitaría para recordar todas aquellas cosas que me parecieron tan exóticas, pero ahora las puedo ver aquí: sólo tengo que echar una mirada a los rastrillos que van floreciendo por las poblaciones aledañas para ver entre nosotros aquellas cosas que tanto me asombraron en el colorista mercadillo marroquí.
Hablo de los rastrillos que empiezan a surgir por doquier, donde además de los vendedores de antigüedades, pioneros de este tipo de mercados, también asisten quienes se ven obligados a cerrar tiendas por la insostenible situación económica buscando salidas a sus mercancías, inundando de oportunidades inmejorables los mercados, y haciendo, de paso, una gran aportación a los que necesitan sus productos y enseres, quienes si no fuera por los precios de oportunidad que encuentran, no podrían adquirirlos.
Así, estos vendedores hacen que los rastrillos cumplan una apreciable función social, donde ya no sólo se buscan antigüedades como solía ser hasta hace muy poco tiempo: ahora abunda de todo, desde cosas de segunda mano, hasta género nuevo de los malogrados establecimientos que cierran sus puertas. Para comprobarlo, sólo basta con echar un vistazo a los que tienen lugar los viernes en Denia, que cada vez se extienden más, al de Vergel los Sábados, o los Domingos en Pedreguer, por nombrar los más cercanos donde se puede apreciar el ingenio que posee la gente.
Lo que veíamos hasta no hace mucho tiempo sólo en los viajes a los países que llamamos exóticos, hoy se vuelve a ver entre nosotros. Encontramos las mismas cosas que entonces nos parecían rarezas, como la peluquería ambulante que ambienta la espera de la clientela con música de los Andes, o el vendedor de empanadas y pasteles chilenos que pregona entre el bullicio de gente que pasea por los mercados.
Desde lejos se oyen los altavoces del simpático carrito de salchichas alemanas, alegrando el trajín de los viandantes, y llama la atención el puesto de castañas asadas, por nombrar algunas de las actividades que han regresado a nuestros ambientes y que creíamos que pertenecían a un tiempo casi olvidado.
Ahora sólo hay que darse una vueltita por los municipios vecinos donde los ayuntamientos abren espacios para que la gente encuentre alternativas económicas, y para que no decaiga la esperanza ante la situación que impera. Hace falta ahora que los ayuntamientos que aún no lo han hecho se decidan a ceder un espacio para que florezcan otros rastrillos que nos alegren la vida.
por Luis Vargas


















