Una experiencia entre olivares
13/02/2009 - 1:01
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Cuando la crisis económica apremia, el ingenio busca salidas, y algunos tienen, además, la generosa idea de compartir lo que poseen, como es el caso del amigo que me invitó a vivir la experiencia de recoger aceitunas en su plantación de olivos, a cambio de tener aceite este año.

Así que el viernes veintiséis de diciembre partimos por la mañana, Nahuel (mi hijo de catorce años), Guillermo (amigo y vecino), Estrella (perrita de Nahuel; la recogió de la calle hace un año) y yo, a la comarca de Guadix en Granada, y después de recorrer los casi quinientos kilómetros que dista de Jávea, llegamos al "Cortijo" ubicado en unos bancales amplios, coronados por un montículo, donde existe una cueva-vivienda que durante muchos años cobijó a una familia, pero que hoy está desabitada.

La cueva tiene espacio para guardar ganado, aperos de labranza, productos de la tierra y unas cuantas habitaciones. Excavada en la profundidad oscura de la arcilla acogedora (20º de media todo el año). En ese lugar privilegiado, y en medio de un gran valle rodeado de montañas con vista a la Sierra Nevada, junto a un pueblo troglodita de unos doscientos habitantes, tiene los olivares, las gallinas, los frutales y la tierra de cultivo Marín, el amigo que nos esperaba, metido en faena con Miguel (otro amigo venido de la ciudad de Guadix), desde esa mañana.

Ni bien bajamos del coche al mediodía, nos dio las instrucciones que habríamos de seguir para cosechar las aceitunas. Primero debíamos acomodar debajo del árbol centenario una red muy fina y grande que llaman "fardo", para luego "varear" con una vara larga, rama por rama, haciendo caer sobre la red verde la negra y vivaz aceituna. Con otra vara más corta golpeábamos las ramas de más abajo, y subidos al árbol, las de la copa, hasta vaciarlo de su fruto.

Una vez repasado a conciencia todo el árbol, "ordeñábamos" las ramas que quedaban más a mano. Después recogíamos la red con mucho cuidado y, una por una, las aceitunas que quedaban desperdigadas por el suelo. Así íbamos de árbol en árbol hasta que se ponía el sol, alrededor de las seis de la tarde.

La Sierra Nevada estaba como nunca antes la había visto, llena de nieve, y nos embriagaba el blanco resplandor mientras trabajábamos en medio del paisaje ocre y lejano de las montañas de alrededor. Las aceitunas que recogíamos las depositábamos en un pequeño remolque que nos serviría para transportarla después a la Almazara (molino de aceite), que por su nombre delata el origen morisco de tan preciado proceso de elaboración del aceite de oliva.

Acabamos la jornada como se acostumbra en estos pueblos: en el bar, bebiendo vino y comiendo las tapas que sirven con cada vaso que pides. Sólo cobran la bebida, 1€ el vino del terreno y 1,50€ el de la D.O. de la Rioja.

Con el primero nos sirvieron una rodaja de pan con un trozo de chorizo encima; con el segundo, un plato de calamares rebozados y pan; con el tercer vaso, un trozo de tortilla de patatas, pan, y unas aceitunas, aliñadas con especies, deliciosas, machacadas y verdes.

Después no hizo falta cenar, volvimos Guillermo y yo al "Cortijo" donde dormimos. Hicimos una inmensa hoguera en la chimenea de la cueva, y al abrigo del fuego charlamos de la solidaridad que nos hará falta para sobrellevar lo que se nos avecina con la crisis económica.

Delante del fuego durmió Estrella todas las noches que pasamos sumergidos en la oscuridad profunda y silenciosa bajo tierra. Nadie que no haya dormido en una cueva se puede imaginar esta experiencia casi uterina. Nahuel, sin embargo, durmió arropado por la familia de Marín, en la casa-cueva donde viven, en el pueblo troglodita, a unos quinientos metros del "Cortijo".

A la mañana siguiente llegó Miguel con el café con leche y la hogaza de pan recién horneada en la panadería de un pueblo cercano, llamado Purullena, y que tostamos en un fuego que encendimos fuera. Regado el pan con aceite de oliva, nos lo comimos con jamón de la sierra.

Enseguida llegaron Nahuel y Marín en bicicleta, y nos pusimos a trabajar hasta acabar el día, para después repetir visita al bar y beber vino. La mañana del domingo amaneció lloviendo y se acabó la cosecha de aceitunas. A pesar de parar la lluvia: con el suelo fangoso y las olivas mojadas no se puede realizar la faena, es engorroso trabajar en el barro, y las aceitunas pierden calidad cuando están mojadas. Hay que esperar a que se sequen durante al menos dos días antes de continuar.

Así que enganchamos el remolque y nos fuimos a la Almazara a llevar el producto de la cosecha. Al llegar nos encontramos con otros que también iban a entregar el fruto de su trabajo. Cuando nos tocó el turno, volcamos sobre una rejilla en el suelo todas las aceitunas, y unas cintas largas las llevaron de un sitio a otro, soplándoles aire para quitarles hojas y pequeñas ramas, antes de ser pesadas y de pasar por las prensas que las convierten en aceite.

Sólo había 473 kilos. Para no marcharnos con las manos vacías, nos dieron 8 botes de 5 litros cada uno, que repartimos en cuatro partes. Para el resto habrá que esperar un tiempo. Ya nos dirán el total que resulte en aceite.

Esa mañana, un amigo, productor artesanal de vino biológico, nos invitó a una cata en su bodega-cueva y nos regaló una botella. Al mediodía hice, para la familia al completo, una cazuela de arroz con conejo casero en la chimenea, y nos bebimos la botella de tinto sin sulfitos. Y un día antes de regresar, después de otear el gran valle del casi desaparecido río Fardes, donde sobresalen extensos cultivos de chopos, fuimos a hacer leña de unos álamos negros caídos a orillas de una acequia, que una vez cortados, cargamos para traérnoslo con las demás provisiones con que volvimos a casa.

Esa mañana por un momento tuvimos la ilusión de estar cerca de una gran cascada de agua: era la música de la hojarasca por donde caminaba un gran rebaño de ovejas.

El último día del año volvimos a Jávea desde Bejarín, que así se llama el pueblo troglodita donde estuvimos, satisfechos con la experiencia. Aunque nos hubiese gustado recoger todas las aceitunas que habían (apenas cosechamos una tercera parte).

Y así es como empezamos a dilucidar alternativas a la nueva vida que nos prometen los dirigentes mundiales, los que pretenden refundar el capitalismo que sólo beneficia a los poderosos. Y si a pesar de ellos el capitalismo se va al carajo, como parece que va ocurriendo, haremos trueques y no nos sorprenderá lo de mano de obra a cambio de materia prima.   

 

por Luis Vargas

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