Toda una vida dedicada a los demás, cuando Margaret Kendrick se prejubiló, decidió que había llegado el momento para hacer todas aquellas cosas que le hacían ilusión. Así que escribió una lista, y uno a uno está poniendo una marca en cada uno de los sueños que está cumpliendo. El último, tirarse de un avión con paracaídas.
Margaret había dedicado toda su vida laboral a cuidar de las personas, primero como enfermera, dentro del sistema sanitario británico, y luego como hipnoterapeuta, ayudando a sus pacientes a superar sus problemas o anestesiándoles para operaciones mediante la técnica de la hipnosis. Años de dedicación a los demás le habían servido para darse cuenta de que en su vejez no quería que nadie cuidase de ella; no quería ser como los ancianos con Alzheimer a quienes tantos cuidados había consagrado.
La vida hay que disfrutarla, hay que vivirla hasta el final. Es posible que algún día ella termine como muchos de sus pacientes, sin poder moverse, pero para entonces, quiere mirar atrás y sentirse satisfecha y llena por todas las experiencias vividas.
Experiencias que de joven no pudo disfrutar por circunstancias de la vida, pero que ahora, en su jubilación, tiene la oportunidad de vivir. Y no porque peine canas, se siente menos animada, ni tiene más reservas, aunque se trate de actividades que a la mayoría nos daría bastante miedo intentar.
Todo empezó hace algunos años en Inglaterra, cuando subió a la avioneta de un amigo. Una vez en el aire él le pasó los mandos, y Margaret conoció lo que se siente al volar un avión durante unos 70km. Se dio cuenta de que el aire era su medio.
Entonces se vino a España, donde lo primero que hizo fue aprender a bucear -otra de las actividades con las que siempre había soñado-, y luego a esquiar. Ni siquiera un accidente en las pistas que le produjo una fisura en una vértebra le desanimó del deporte blanco.
Pero volar le fascinaba, y cuando unos amigos suyos le comentaron la posibilidad de saltar en paracaídas y practicar el vuelo libre, no se lo pensó dos veces.
En octubre del 2008 se apuntó en un aeródromo de Sevilla para saltar en tándem. La mañana del salto amaneció entre nieblas, y Margaret temió por que la tentativa se tuviera que posponer. Ese fue el único miedo que sintió. Pero afortunadamente el día pronto se despejó y, tras unas breves explicaciones, se subió a la avioneta con un poco de dificultad -y es que después de todo las 66 primaveras en algo se tenía que notar.
Para hacer el salto en tándem, Margaret debía ir enganchada por los hombros y la cadera a un joven y atractivo portugués, lo que contribuyó no sólo a aumentar la sensación de seguridad, sino también al placer de la experiencia, según confiesa nuestra intrépida protagonista, "aún hay vida en esta vieja chica", confiesa con cierta ironía y complicidad.
Margaret también contrató a un fotógrafo. Contar con un registro gráfico de la experiencia es una manera de disfrutar aún más rememorando la hazaña, y además de compartirla con los demás. Sobre todo porque no le había contado a nadie lo que iba a hacer, sino que su plan era enviar una foto del salto a su familia.
El avión despegó con varias personas que ese día también iban a saltar. La mayoría eran mujeres, algunas de ellas de países nórdicos que acuden a la capital hispalense específicamente para practicar el paracaidismo. Cuando llegó el momento de saltar, Margaret no sintió ni el más mínimo miedo, ni duda, sino una intensa sensación de felicidad.
Aguardó con los brazos recogidos a que su instructor diese el salto al vacío. "El momento más increíble fue cuando de repente me encontré fuera del avión", confiesa Margaret, "a 4.500m de altitud". Los primeros 2.000m fueron de caída libre, momentos que aprovechó para abrir y cerrar los brazos, como había visto hacer en la televisión y en películas, y controlar así la velocidad del vuelo.
Desde la altura, la ciudad de Sevilla se veía tan pequeña, "no quería bajar, era mágico", relata Margaret con ilusión. Entonces llegó el momento de abrir el paracaídas. De repente el cámara se fue para bajo -esa es la impresión que causa el efecto de frenada de la tela-, aterrizó y siguió filmando desde el suelo, mientras Margaret disfrutaba dirigiendo su vuelo hacia tierra.
El compañerismo vivido es otra de las experiencias inolvidables de la jornada para Margaret. Después del salto todo el mundo se interesó por ella y por sus vivencias, y compartir sus sensaciones le dio un sentimiento muy bonito de unión con las demás.
Ahora Margaret sueña con repetir el salto en mayo. Y se alegra de hacerlo en España, y no en el Reino Unido, donde no se puede practicar la caída libre porque sólo se permite saltar desde los 600m.
En definitiva, la edad no es excusa para no disfrutar de la vida y de sus placeres. Margaret está convencida de ello. Es por eso que tampoco duda en confesar que otro de los sueños que quiere cumplir es instalar un columpio en su jardín. El "puenting", sin embargo, es una experiencia a la que ha tenido que renunciar, pero no por temor, sino por prudencia, y es que saltar de un puente con una goma atada a los pies no debe ser muy bueno para su vértebra fracturada.


















