“A los cincuenta” en el Montgó
21/09/2006 - 22:47
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Ya conocía yo que el Centro Excursionista de Xàbia hacía marchas nocturnas a distintos lugares pintorescos de aquí, y me parecía una cosa fantástica.

Era sábado por la noche, casi luna llena, coincidí con Guiomar, que como siempre, está en casi todos los sitios y me dijo:
- “Salimos en 50 minutos”.
-“¡Me apunto!”..., y en un papelito las cuatro cosas que no debía olvidar, a ella se le olvidó preguntarme si yo era deportista. Nada más lejos de la realidad. Estoy deseando que peatonalicen más calles y hagan más líneas de autobús para obligarme a dejar el coche en casa, y así tener la oportunidad de mover más las piernas.

Yo aún tardaría un poco porque tenía que cambiarme de ropa. Si no llego al autobús que les deja para subir por la parte de Jesús Pobre, Luis me acercará en coche. Él no se apunta porque mañana tiene guardia, ¡pero ya le gustaría!

-“¿Hugo te vienes?
- “¡Mamá estas loca!

Botas, calcetines, pantalón largo, camiseta corta, jersey de lana, chaquetón, gorro, linterna, bocata y agua. No me da tiempo a hacer el bocadillo, así que envuelvo un trozo de queso en papel “albal” y pan. – ¡Vaya! no tengo agua, bueno pues bote de coca-cola y a correr.

Por el camino me voy quitando los pendientes que quedaban tan bien con los tacones. Me dan otro toque, me están esperando, ¡que estrés!, y que rabia llegar tarde, no hay nada que me moleste más.
Al borde del camino, los faros del coche iluminan a los que me esperan, y Luis comenta que están todos “cachas”. Yo salgo corriendo monte arriba como quien pierde el tren.
Para ganar el tiempo perdido me adelanto al pequeño grupo rezagado con la inercia que me acompaña desde la propuesta.
- “¡Vale, vale!, frena” - comentan los “cachas”- “tenemos tiempo”.

Ellos dan tres zancadas y nos sobrepasan 50 metros. Sigo caminando mientras enciendo mi linternita, y cuando levanto la vista ya son 100.
-“¡Ostras! Hay que acelerar más”.

Tropiezo con una piedra, me tambaleo hacia delante, doy una zancada para mantener el equilibrio, me caigo, no me caigo, vuelvo a tropezar, estiro las manos y ¡pataflaf! ¡He salvado los dientes! Todo el golpe ha ido a parar a las rodillas y a las manos.
-“¿Te has caído? ¿Pasa algo?” Y nos esperan.
-“Mejor apaga la linterna así te habitúas a la luz”.

¡Que vergüenza; estoy dando la nota! Bueno, caerse le puede pasar a cualquiera. Habrá que seguir las recomendaciones de los expertos.
-“Coge mi mano y sigue mi ritmo”. Guiomar se esfuerza en que aprenda a acompasar la respiración con el paso, pero voy jadeando como un perro y mi garganta se ha convertido en cartón.

-“Necesito parar”. Ella lleva mi mochila a cuestas y yo necesito parar.
Me desaconseja beber coca-cola, y me ofrece su agua de la que doy un pequeño chupito para no abusar.
-"Es un kilómetro malo, después de la curva no hay tanta pendiente". Mientras, tira de mi mano y me anima.

En mi cabeza sólo retumba un pensamiento “un, dos, un, dos, hay que respirar, un, dos, un, dos, Ana aguanta que esto no tiene vuelta atrás”. Sé que Luis vendría a buscarme pero llevamos una hora de camino y no me dejarán volver sola, les chafaré la excursión, así que “un, dos, un, dos hay que respirar...”.

Cuando se estrecha el camino, la pendiente disminuye.
-“Sujétate a esta tira de mi mochila que yo me encuentro bien. Pronto alcanzaremos al grupo”.
Ya hace un buen rato que estoy arrepentida, no se me había ocurrido que podía ser una rémora.

Ahora se ha despejado la vegetación y se empieza a ver el paisaje.
- “¡Mira, mira que bonito!
De la hiperventilación que llevo voy dando tumbos, si no fuera sujeta a la mochila ya me habría caído en varias ocasiones. Es la primera vez que levanto la vista y dejo la obsesión de mirar las piedras para no tropezar.
A lo lejos se oyen voces y se ve el destello de una linterna.

Empezamos a ver la luna, la respiración se controla y alcanzamos al grupo. Soy capaz de hablar y soltar el cordón umbilical que me unía a mi lazarillo. Esto empieza a mejorar. Un grupo de unas 50 personas iluminadas por la luna insinúan un oscuro camino hacia la cima. La temperatura es muy agradable y pronto pararemos a descansar.
- “¡Jaime me escuchas!, ¿cómo vais?” se comunican con walkis y con señales de luz.
Casi todos caminan en un silencio sólo roto por el ruido de algunas piedras que ruedan bajo los pies, y de vez en cuando el walki...
-“El melón, va delante...
¡Ostras! el melón debo de ser yo, pues yo ni pío, adelante y sin quejarme, aunque estoy al borde de la extenuación.

Parece ser que la cabeza del grupo ya está en la primera parada, me inquieta pensar que cuando lleguemos nosotros se acabe su tiempo de descanso y haya que continuar.

Muchas figuritas sentadas se recortan en la oscuridad mirando a la luna y comiendo el bocadillo. Se me viene a la imaginación los tiempos prehistóricos, y se me llena la mente de fantasía. Sentada en una piedra y mirando a la luna ¡es fantástico!, quiero decir que es fantástico que haya podido llegar a poder sentarme y descansar mientras los otros sacan el melón, ¡sí, el melón! y me ofrecen.
-“No gracias”. Sería incapaz de poder tragar algo, el trozo de queso y el pan se quedan en la mochila, sólo le quito el gas a mi lata y bebo y acepto unos trozos de “toblerone” que me ofrece Guiomar. Responsablemente los engullo pues sólo faltaría que me diera un “flus”.

Se acaba el descanso, hay que seguir. Procuro salir con los primeros que se levantan para llevar un poco de ventaja, tengo que ir valorando con mucho cuidado lo que no me pueda perjudicar. Falta muy poco para llegar a la cruz, y luego la bajada por el lado de Xàbia: es mucho más abrupto pero es bajada y estará chupado, además yo ya lo he hecho hace años ¡Jo, cómo se notan los 50 cumplidos!

Ahora es: un, dos, tres y arriba. Alguien me ha dejado un bastón, parece como de esquiar, me esta resultando mucho mas útil aquí que en la nieve. Ya me lo pedirán cuando lleguemos, y le podré dar bien las gracias.


En estos pensamientos iba cuando, como si me pusieran un muelle debajo de mi pie izquierdo, fui lanzada a la derecha del camino donde afortunadamente caí de espaldas y hacia abajo, en unas matas de pinchos que “amortiguaron” el golpe. Cuatro fornidos brazos me sacaron en volandas y me reintegraron al camino, sobre mí cayeron las linternas mientras me despinchaban la camiseta y el pelo.

Yo sólo pensaba en mí pie izquierdo. Me lo había torcido y me dolía... Un dolor de esos que luego te escayolan, pero había que seguir, faltaba muy poco, la siguiente meta la curva….después, el pino…, la siguiente, aquella roca... Para entonces alguien tiraba de mi mano hacia arriba mientras otra alma abnegada me empujaba “desde abajo” y ¡por fin!, vemos las luces de Denia a un lado y las de Xàbia al otro.

Llegamos el último grupito y otra vez yo en él. Rafa saca el botiquín. Con la pomada, el aire de la noche se mezcla de romero y menta, y la venda me sujeta el tobillo.

Son las tres y media de la madrugada y hay que partir. Quiero salir de las primeras pero aquí no hay camino, y la gente se ha dispersado por los grandes pedriscos hacia abajo con una agilidad, como agua que resbala entre las rocas, quedándonos nuevamente en el grupito de cola.

Las luces de la civilización se ven, pero sobretodo se ven ¡tan lejos! y ¡tan abajo!

Estamos en la cara norte del Montgó, la luna ha bajado mucho y queda del otro lado. Me pongo la linterna de bolígrafo entre los dientes para poder iluminar, y busco con afán un trocito que este plano donde poner el pie izquierdo, por suerte el derecho siempre cae en una piedra que me sujeta.

Es increíble cómo se están portando. Me sujetan desde arriba, me recogen desde abajo, a tramos en volandas y siempre cogida de la mano.
-“Cuando llegamos a los pinos hay una senda”. Eso dice Guiomar.

Y a los pinos no llegamos y seguimos bajando piedras, y los pinos no se ven y seguimos bajando piedras. Busco los pinos pero sólo veo oscuridad cuando levanto la vista del círculo que ilumina mi linterna. Bajamos una piedra y otra más. Ellos se orientan muy bien, saben por dónde van.
-“¡Ya! La senda. ¡Ostras ahora es peor!” Son pedruscos de unos 15 o 20 centímetros y los pies no encuentran un sitio estable. Ahora me lleva de la mano Felipe, como se lleva a un niño para bajar el bordillo de la acera. Mi sudor resbala por mi brazo hasta su fuerte mano. No sé qué temperatura hará, pero para mí son 50 grados, y para hacer más llevadero su esfuerzo yo bromeo, diciendo que no ha llevado tanto tiempo de la mano ni a su novia.

Ahora la senda se dirige al norte, me van contando historias; giro cerrado hacia el sur, siempre resguardados de la luz de la luna; giro al norte, muevo la mandíbula buscado con el haz de luz la senda; giro al sur, el paisaje es un mar de oscuridad con unas lucecitas “muuuy” abajo; giro al norte, las piedras parece que van disminuyendo de tamaño. Me confío y el pie se resiente haciéndome dar un brinco, e inconscientemente una queja; giro al sur. ¡No puede ser! llevamos mucho tiempo bajando y las luces siempre se ven a la misma profundidad.

La emisora carraspea de vez en cuando pidiendo información de cómo vamos.

Ahora es más fácil, mi miedo a caerme es mayor que el dolor, voy sola con la ayuda del bastón y una luz de espeleólogo en la frente.

Rafa me tranquiliza sabiendo que su coche nos espera. Guiomar camina delante (deliberadamente despacio) mientras relata “animosa” la película “Tocando el vacío”, de Joe Simpson.....

Crrrsssh...” un ruido eléctrico nos sitúa en la realidad.
-“Os esperamos en la Peña Roja”- suena la emisora con voz de amanecer, mientras una suave luz ilumina el cielo. Ya es hora de apagar la linterna.
- Quedan 50 minutos. Ya estamos en casa.

GRACIAS. CENTRO EXCURSIONISTA DE XÀBIA

por Ana Watt
Xàbia 8/07/06

 

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