“Bogamarí” llamamos en Jávea y en el Alghero al erizo de mar, y también “Bogamarí” se llamaba el velero que iba en proa y que adelantamos dejándolo a estribor. No se puede uno distraer en el mar, no en balde están hechas las guardias que llamábamos “de vigilancia”. No se puede uno distraer cuando navega, y menos en un archipiélago rocoso y lleno de fondos. Y menos aún si en el GPS que llevábamos está señalizada la roca que nos puso en vilo de repente cuando sonó el golpe bajo el casco.
Pero el Capitán nos tranquilizó y dijo, mientras cogía el timón, que las fibras con que están hechos estos barcos son muy escandalosas, y que creía que no había sido nada importante. Nos mandó cambiar la génova a babor y continuamos rumbo. Fue un toque de atención. Hay que ir observando los instrumentos de navegación para estar informado de la situación en cada momento, aunque se salude a otros que felizmente navegan a nuestro lado...
Cruzábamos entre islas en La Magdalena, buscando refugio al sur de la isla grande que da nombre al archipiélago en alguna cala donde hacer noche.
Llegamos a Cala Garibaldi en isla Caprera, en el paso que separa esta isla con la Magdalena. Ahí nos quedamos a hacer noche y eran las dieciocho y quince. Desde el barco miraba la costa hacia el poniente, y el sol oscurecía el montículo que nos protegía de los vientos. A contraluz veía las cúpulas de unas chozas techadas con pajas y rodeadas de pinos que bajaban al mar en la sombra de la tarde. El sol descansaba su estela de luz sobre el mar. En la playa de arena, una gran terraza de madera con las mismas cúpulas de pajas, se veía mejor, incluso se apreciaban los vértices sombreados por la pálida luz.
El Capitán se acababa de marchar en la dinghy con la ropa en una bolsa estanca, dice Paco que nos abandona por imposibles. Por suerte sólo se sumergió para hacer las comprobaciones en el bulbo. Todos reímos.
Mientras esperábamos el diagnóstico, me fijé en la ristra de capellanes que aún pendía del mástil. Secos, cada vez más secos. Su destino final era ser comidos, de ahí que intentaran ahuyentarnos con un olor que se nos pegaba a la nariz.
Afortunadamente, pudimos verificar que el roce escandaloso que habíamos sufrido solo fue un pequeño arañazo en la pintura del bulbo, que es todo hierro.
Amaneció el sábado 8 como amanece en las antípodas, sin nadie alrededor y con el sopor que sube a medida que sube el sol. El baño matinal no se hizo esperar. Por la mañana cala Garibaldi se parece a una balsa soleada. Después de los aromas del desayuno, nos marchamos a buscar playas que prometían ser rosa, como prueba erosionada del abundante coral rojo en estas aguas. Durante un momento, sobre la dinghy tirada por el velero, fui Sandokan en incontables islas remotas, hasta ceder el puesto de aventurero a Inés.
Las piedras erosionadas de estas islas toman formas, al igual que con el viento los arbustos, de seres vivos inmóviles, petrificados, maquillados por el viento. A veces parecen pájaros, vegetales o cualquier otra cosa. Figuras amorfas. Habitantes inmóviles y solitarios que se hallan en cualquier lugar, detrás de cualquier otra forma. Fantasmas al acecho parecen.
En Isla Budelli, después de comer, cuatro nos entreteníamos al dominó. Metidos en jugadas nos interrumpió el motor de una lancha llegando a popa con dos hombres y una chica con cara de susto y que no respondía a nuestras insistentes preguntas. Verla llegar sola al barco nos alarmó. Se tiró al agua y subió con prisa por la escalera, resbaló y se golpeó contra el metal duro. Una vez a bordo, recién entendimos lo que nos decía desde la lancha “¿no veis que os estáis yendo?”. “Mirad la playa donde está”, y la veíamos lejos. Fue entonces cuando nos enteramos que nos estábamos yendo a la deriva, con el ancla danzando libre bajo la quilla.
Ya me preguntaba yo por qué se nos acercaba tanto aquella isla, dijo Paco, y salió sorprendido de la siesta el Capitán. Volvimos a la orilla entre risas. Una vez largada el ancla, el Capitán se aseguró de que soltáramos bastante cadena y aún así, soltó un poco más. Ahora estábamos convencidos de que a estas alturas realmente nos daba por imposibles.
Nos dimos un último baño y salimos en busca de otra playa rosa que no lo era tanto. Al final de la tarde, llegamos a playa Corsara en isla Spargi, donde dormiríamos solos, en un paso por donde transitaban inmensos cruceros y embarcaciones de todo tipo.
Esa tarde descubrimos la importancia estratégica del lugar escogido para dormir. Oculto en medio de las rocas, existió una vez un puesto militar de vigilancia, con artillerías pesadas que apuntaban hacia el paso entre islas. Ahora solo queda el cimiento de lo que fue el firme soporte de hierro que anclaba a la superficie las armas. Desde las instalaciones camufladas en las rocas, vimos esa tarde la puesta de sol, al lado del puesto de vigilancia. En una playa pequeña de arena, una silla con apoya-brazos descansaba sola mirando al mar, junto a un atracadero macizo bien provisto de noray, la vegetación de alrededor perfumada de lirios marinos.
Esa tarde la embarcación olió a pastelería. Encarna, especialista en madalenas, quiso homenajear al archipiélago por donde navegábamos con su ofrenda exquisita hecha pastel para diez, que duró un suspiro.
Cumplíamos la semana de navegación y la tripulación estaba un poco desfasada. La vida ociosa a bordo vaciaba la bodega y sólo nos quedaba una botella de Ron. Tuvimos que bajar el consumo de algunas bebidas para aumentar la de otras no consumidas, cerveza y agua, por este orden. Necesitábamos renovarnos y todo nos parecía bonito, cantaba Jarabe de Palo. Esa noche, cenamos un surtido de quesos sardos con embutidos de Teulada, vino y el jamón, que mejoraba día a día, y como digestivo, limonchelo y licor de mirto.
El Domingo 9 me despertó el viento muy temprano, soplaba a rachas, y las botellas vacías en la bañera tintineaban. El olor a café me empujó a darme el primer chapuzón y pronto estar listo para compartir el desayuno. Todas las comidas las compartíamos. Siempre nos reuníamos alrededor de la mesa, casi sin proponérnoslo, sin que nos llamaran, sólo nos dejábamos llevar por los olores. En la playa, antes de la ocho, cuatro sirenas nos saludaban. Los buñuelos en el aceite caliente hicieron de señuelo para que volvieran al barco. Aún así tardaron.
A las once levamos ancla rumbo a Santa Teresa de Gallura, al norte de la isla de Cerdeña, donde recogeríamos al tripulante numero once, que llegaba en autobús desde el Alghero. En una cala rocosa, ni bien pasada la escollera del puerto y bajo el barranco que da al pueblo, a pie de la torre de vigilancia que se llama la española, según Paco, comimos de aperitivo atún escabechado, mientras con dos compañeras preparábamos arroz con verduras y una copiosa ensalada. Fue la primera comida de Guillém con nosotros.
El Capitán sacó de postre el tanque de oxígeno y preguntó quien quería ser bautizado como buceador, y solo se atrevió Ángela. Juntos bucearon entre peces y posidonias hasta la costa, de ida y vuelta. Les seguimos el rastro viendo emerger las burbujas a superficie.
por Luis Vargas













