A las veintidós del 12 de septiembre comenzó el primer turno de guardia de regreso, el mar calmo y los vientos apenas superaban de vez en cuando los 10 nudos y nos obligaban a navegar con el motor y deslizarnos a 6 nudos, internándonos en alta mar rumbo a Mahón donde teníamos previsto llegar al amanecer del viernes 14, después de una travesía de 192 millas.
La soledad que nos acompañaba en alta mar nos dejaba taciturnos. En las travesías largas no solíamos ver a nadie en ninguna dirección, ni un barco, ni una señal de vida alrededor. La línea del horizonte que nos rodeaba nos dejaba en el centro del círculo de agua, solos.
A media mañana el cielo se nubló tímidamente, como si un velo liviano nos cubriera sin darnos cuenta. Sólo llevábamos un sedal tirado en popa, y era para un pez emperador. No nos motivaba la pesca. Nos quedaban tres días hasta Jávea y no llevábamos hielo a bordo.
Después de la experiencia rebosante de atún, aún estábamos resacosos. Buscábamos lo que nos picaba en la nariz desde hacia algunos días y no sabíamos cómo encontrar lo que desprendía el olor putrefacto en la cocina. Días después, en un rincón entre especies, aparecería un bacalao seco y maloliente.
En una de mis inmersiones vi el casco de color oscuro del barco bajo el agua, se asemejaba una ballena a ras de superficie. Imponía la sombra. Pensé entonces en la reacción de los habitantes naturales del mar, y tuvimos la suerte de comprobar cómo jugaban los delfines con nuestra sombra, pasaban de babor a estribor, en proa, y nosotros, como niños, colgados de los cabos, felices. Como si supieran, emergían y se volvían a esconder para volver a aparecer. Eran pequeños y generosos con sus gracias, y nos miraban de costado.
Nos quedamos pensativos y relajados. A bordo flotaba el silencio, el chapoteo del agua dando al casco, el movimiento de las olas y el sonido del viento como un mantra que lo llenaba todo. Íbamos con la génova desplegada a tope y el motor apagado.
A las trece, cuando todos comían pipas contemplativos, sonó el chivato del único sedal soltado en popa y con el señuelo que atrae al pez espada. Subió de prisa el Capitán, que en ese momento se entretenía con una de las tantas películas que visionó a bordo, y al coger el hilo transparente y fuerte, dijo que era pequeña la presa. No hubo expresión de alegría en la tripulación por ese pique. Todos teníamos, de alguna manera, desazón. Nadie sabía qué haríamos con nuestra fortuna de neonatos pescadores. Aún llevábamos atún en conserva.
Cuando llegó a popa el pez, sin necesidad de utilizar el gancho, nadie corrió a hacer fotos. Ni siquiera nos levantamos a ver la pieza capturada. Nos quedamos sentados con un signo de interrogación como rostro. Un precioso bonito del norte de tres kilos y medio se movía asfixiándose a pie de timonel. Tardamos en decidir qué hacer con él. No sangra, si lo arrojamos al mar sobrevivirá, dijo el Capitán. La idea de comérnoslo a la plancha tuvo más consenso.
Había llegado en el momento idóneo y al lugar indicado. En la cocina, el contable a bordo, de afición cocinero, pelaba patatas para freír para once y acabaron hervidas con piel para acompañar la “albacora”, como llama el Capitán a este pescado. También hubo ensalada verde con aceitunas verdes y negras muy saladas. Esta vez nadie se resistió a comer un atún tan fresco -tres kilos y medio para once, la ración exacta-. En muy poco tiempo no quedaba nada de la pesca del día.
Pescábamos al curri a 6 nudos en plena alta mar con la marea adecuada y con el cielo nublado dejando pasar claridad. A las dieciséis volvieron a sonar los chivatos de las cañas: esta vez 2 atunes. Cogió Imma con una toalla un pez por la cabeza, mientras desenganchaban el anzuelo y lo devolvimos al agua. El mar nos meneaba mientras los comentarios en torno a nuestra suerte de pescadores nos causaban risas.
La sirena-psicóloga a bordo estaba desvariando, y ante el comentario de Imma de hacer morcilla con tanta sangre de atún, se tiró sobre los almohadones del asiento alargado de la bañera, con una botella de agua en brazo y una pequeña toallita amarilla con la que arropar a su “bebé tollina”, decía, mientras achuchaba la botella, dándole su ternura de madre pez.
A las 2 de la madrugada me levanté a hacer guardia y el cielo relampagueaba anunciando un diluvio que no llegó. En cambio, la humedad se instaló entre nosotros que, pegoteados, mirábamos la oscuridad buscando señales de luz en un horizonte que no se distinguía. Nos arrebataba la sensación de soledad en la inmensidad oscura y de movimientos constantes.
El viernes 14 llegamos a Mahón. Un barco de pesca de arrastre nos sirvió de atraque y, como señal de nuestra visita, el Capitán dejó a su amigo dos botellas de vino tinto comprados en Cerdeña, con una escueta nota. Cuatro horas duró la visita, que nos sirvió apenas para pasear por algunas calles y visitar el mercado, donde compramos algunos regalos. Zarpamos de Mahón con el mismo cielo gris del día anterior. Nos dirigíamos a Isla Cabrera a 80 millas al suroeste.
Dos garzas en lo alto de la roca echaron a volar. Gigantes milenarios parecen los perfiles rocosos que asoman al mar, uno tras otro incansables, abrigando pequeñas cuevas a ras de agua o en las alturas. En medio de un estrecho paso de altas paredes se abre la entrada a Cales Coves, un paraíso escondido donde hicimos una buena y merecida parada.
Fondeamos a pie de roca y todos desaparecieron en el agua. El sol calentaba cada vez más, y llevábamos a espaldas la travesía del canal de Menorca que necesitábamos desempolvar.
Caminamos por senderos en medio de higueras, garrigas y lentiscos que nos llevaban a cuevas prehistóricas, que en tiempos modernos fueron reutilizadas, y ahora están vacías y casi todas cerradas a cal y canto. Desde lo alto de la montaña vimos cómo se divide en dos la entrada de mar que forma este rincón de aguas claras. Comimos el atún a la plancha con patatas a lo pobre.
Nos tocó la guardia de la noche. Inés y yo mirábamos el cielo oscuro, la luna dibujaba tímida un hilillo fino apenas perceptible. Navegábamos como de costumbre sin avistar a nadie, solos, como si en las rutas que escogíamos nadie se atreviera pasar. En la tertulia del anochecer, hablamos de navegantes solitarios de otros tiempos y con otros medios, más rudimentarios que los sofisticados que llevábamos, y alguien dejó oír esta vieja sentencia: “Existen tres tipo de hombres, los vivos, los muertos y los navegantes”. En la oscuridad y en medio del mar, nos sentíamos navegantes. A las dos de la madrugada se acabó la guardia y volví al camarote revestido de madera crujiente, como en un bergantín.
A la siete de la mañana del sábado 15 me despertó el Capitán, entrábamos en la mágica atmósfera matinal de Isla Cabrera, la paz y quietud que invadía los sentidos pertenece sólo a este paraíso de quietud. El sol asomaba sonrojando el entorno entre islas. Navegábamos en silencio, absortos en la contemplación, respirábamos paz, como si todo se hubiese detenido en ese instante.
Isla Cabrera, atalaya mediterránea, testigo de trashumancias varias, indomable naturaleza inhóspita de vegetación moldeada por los vientos y la soledad. Qué no se ha dicho ya, que no sé expresarlo.
En la ensenada de la isla dormían alrededor de veinte embarcaciones, acunadas, silenciosas. En el pequeño muelle desembarcamos, y hasta el castillo en lo alto no paramos de andar. El día claro y soleado nos permitía ver todo a vuelo de pájaro desde la atalaya. Sólo viven en isla Cabrera un puñado de guardias forestales, algunos guardias civiles y otros pocos soldados. Caminamos y visitamos ruinas, descifrando historias, para luego nadar en medio de llisas gigantes y mansas. Las gaviotas piaban llenando de sonido el entorno y las lagartijas corrían ágiles y veloces entre la vegetación y las piedras.
A las catorce soltamos cabo de la boya naranja asignada y nos alejamos costeando los acantilados a pie de un faro blanco, sobre una roca horadada que, a través y desde el agua, nos dejaba ver el cielo despejado. Íbamos con el piloto automático mientras Lola hacia ganchillos, un collar con conchas para cada chica y una tobillera para mí a cambio de lo que escribía. Empezaban las preguntas de cómo afrontar la vida que nos esperaba en tierra, y una de las chicas, empezó a estar más extrovertida que de costumbre, como si se acabara de dar cuenta de que esto iba llegando a su fin.
“Pelo los huevos, patatas, lo que haga falta por dar un vuelco al menú”, dice Ángela, que quiere tortilla de patatas. Las nubes son inmensas y suben como un gran champiñón blanco. Antes de la siesta, el Capitán ajustó las cañas. Habíamos pescado dos bolsas de plásticos. A las diecisiete me levanté de la siesta y me sumé al exterminio de existencia, merendaban galletas, chocolates, infusiones y otra vez veíamos sólo agua a nuestro alrededor, rumbo a la isla mágica.
En el último trayecto largo, anoche, mientras navegábamos costeando Mallorca, divisábamos luces de poblaciones costeras a las que el Capitán iba dando nombre.
Desde el paso en cabo Falcone en Cerdeña, tuvimos pocas ocasiones de ayudarnos con las velas. Una parada de motor sólo la justificaba un pique, y esa tarde hubo otra alarma del chivato. “Uno grande se ha vuelto a soltar”, dijo el Capitán.
Nos entreteníamos siendo izados con la driza de la mayor a tope de mástil. Me conformé con llegar a la segunda cruceta, ver la embarcación desde lo alto navegando. Cogido de un arnés improvisado con el cabo de amarre es tener plena confianza de lo que da de sí el nudo marinero.
La calma nos regalaba un atardecer suave, con el sol escondiéndose entre nubes más allá del agua. Contemplábamos embobados y, cuando desapareció, aplaudimos. La emoción se había instalado entre nosotros. La luna en su segundo día se parecía a una hoz de plata que sólo duró una hora. Se escondió devolviéndonos la oscuridad. Propusimos la última guardia hacerla todos juntos hasta llegar a cala Sa Canal en Ibiza, donde dormiríamos, y así aprovechar la noche para la cena a bordo con el Capitán. Festejamos la última noche que compartiríamos en el Open Sea 5.
En medio de la fiesta sonó el chivato en el que esperábamos al emperador de larga espada. El Capitán nos explicó las dificultades que existen con este pez, que con su espada golpea primero la línea en su intención de morder el señuelo y alarma como un aviso.
Esta vez, siguió tirando sedal y, al comprobar la fuerza con que lo hacía, nos impresionamos, y llegamos a creer, por un momento, que habíamos enganchado un palangre de superficie. El Capitán tiraba con fuerza del hilo y no hallaba resistencia, sólo el peso bestial que arrastrábamos sorprendidos. Un comportamiento que nos confundía, porque el pez no peleaba. Se ha soltado, dijo de pronto el Capitán, pero aún traíamos peso, más liviano, y brillaba sin resistirse casi en la superficie del agua.
No fue hasta tenerlo en mano que supimos lo que era. Pocas veces vi al Capitán la expresión de estar impresionado por algo, y se lamentó por lo que acababa de descubrir. Los anzuelos se habían clavado en el ojo del pez, que se había dejado arrastrar hasta arrancárselo de cuajo. El emperador sobrevivirá con un sólo ojo, pensó en voz alta el Capitán, mientras el otro cabía justo en la palma de su mano. Ese fue el consuelo ante el dolor mudo que vivíamos.
El castillo de Ibiza se veía imponente sobre el peñasco iluminado. Detrás, desde alguna discoteca, salían haces de luces de colores hacia el cielo y, mucho antes de alcanzarlo, se perdían en el infinito. 10 millas nos separaban del cruce entre Ibiza y Formentera. Volvimos a la fiesta con el telón de fondo de la Villa iluminada a lo lejos, lo sentíamos como si estuviéramos en ella, en una guardia conjunta que no queríamos desaprovechar por ser la última.
A una milla del paso llamé al capitán, que se había ido a descansar, para que dirigiera el rumbo a cala Sa Canal, donde dormimos. Entonces, el cansancio y el silencio volvieron a estar con nosotros, y nos fuimos todos a dormir. Eran las dos y treinta de la madrugada.
La mañana siguiente recibimos la visita a bordo de un amigo de infancia del Capitán que vive en Ibiza, invitado a desayunar en medio del vestigio de la noche festiva.
A las diez y veinte del domingo 16 de septiembre zarpamos rumbo a Jávea. Al llegar a isla Vedrá abrimos velas y, ayudados con el motor, navegamos a unos 7 nudos.
Todos a última hora teníamos cosas que contar, e intercambiamos teléfonos y mails, mientras organizábamos nuestras cosas, que lo llenaban todo. Hacía un día claro a pesar de la suave calima y un poco de nubes. El buen tiempo y talante predominó en todo el viaje. Acabaríamos con 1.100 millas en nuestro bagaje y no es poco decir, aunque las mayores palmas se las llevó el mentor del viaje, de quien dependimos todos sin que se le cargara la espalda.
El atún en conserva que traíamos como regalo lo tuvimos que tirar. La última comida juntos sirvió para desguazar el jamón, los quesos y las verduras existentes, y probar el último bocado de atún escabechado, beber cervezas y agua, que eran los líquidos que quedaban, y antes de entrar a la bahía de Jávea, se descorchó la única botella de cava que sobrevivió. Bebimos a morro y bailamos hasta divisar en la escollera a quienes nos esperaban.
por Luis Vargas













