Extracto de un DIARIO DE A BORDO (I)
02/03/2008 - 21:33
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JAVEA – CERDEÑA - JAVEA
Tripulación: Batit (capitán), Imma (sirena a bordo), Ximo (el contable), Paco (dijey a bordo) y Paquitín, Inés (enfermera a bordo), Lola (psicóloga a bordo), Encarna (la pescadora), Ángela (la benjamín a bordo), Luis (escribidor a bordo) y Guillem (tripulante nº11)

A las trece y treinta del sábado 1 de septiembre de 2007, después de una larga espera, dejábamos atrás la escollera del Puerto de Denia. En el cielo despejado se veía un poco de calima. La mayor parte de la tripulación nos esperaba en el muelle de Jávea con todo por cargar. Equipajes y provisiones entre los que abundaban paquetes de botellas de agua (diez tripulantes de ida, once de vuelta).

A las quince y treinta Zarpábamos a Cerdeña, y entre la tripulación se respiraba hambre e impaciencia. Antes de abandonar la bahía, el Capitán mandó izar velas -primero la Mayor, luego la Génova-, el viento soplaba a 15 nudos del sur y sobre las dieciséis ya habíamos comido cocas que trajo Imma, descorchamos vinos de Jumilla, comprados por la tripulación venida del sur de la provincia de Alicante (Ximo, Paco y Paquitin), y uvas moscatel de Jávea. Una vez que supimos los camarotes que nos había asignado el Capitán, nos quedamos en silencio y aprovechamos para dar información sobre dónde se guardaron las cosas subidas al barco y los turnos de guardia. Me tocaba de diecinueve a veitiúna con Ximo e Inés.

A las dieciocho la costa que dejábamos atrás se cubría de niebla y apenas se distinguía el Montgó a lo lejos. Navegábamos con viento del sudeste constante a una velocidad media de 6 nudos sin motor. El Capitán puso a disposición de la tripulación una pequeña biblioteca marítima, y nos daba instrucciones permanentemente sobre el arte de navegar y el uso provechoso de los instrumentos de navegación. Los novatos solemos fijar la vista en una sola cosa y se nos suele escapar lo mas importante, por lo general, el rumbo.

El sol caía en el poniente coloreando la estela espejada mientras las nubes bajas oscurecían. Cayó la noche y, como oscuros fantasmas, divisábamos cargueros imponentes en popa. Sacamos companaje para cenar. Embutidos de Teulada, queso manchego, tomate de Jávea y vino del terreno.

A la mañana del día siguiente, la tripulación casi al completo estaba en cubierta y el Capitán ya había tirado las líneas de pesca al curri. No pasó mucho tiempo cuando oímos a Inés, “¡He pescado! ¡He pescado!”, y vino de proa con dos peces voladores que habían saltado a cubierta. Empezábamos a ver con claridad la montañosa Mallorca sobre las once de la mañana, entonces enfilábamos hacia el estrecho entre isla Dragonera y Mallorca. Después del desayuno bebimos Ron con la sonrisa cómplice de quien sabe lo que hace.

El faro de la isla Dragonera desde el mar se ve al borde del precipicio de color ocre de las rocas que predominan en las Baleares. Avistamos la población de San Telmo, pequeña y costera. Aún nos acompaña la luna a pesar del día claro. Hacia veinte horas que zarpamos y nos deslizábamos costeando paredes altas de montañas encantadas, de frondosos bosques de pinos escalonados hacia el interior, y de perfiles de acantilados que se suceden uno tras otro con distintos tonos y que cubría la bruma creando una atmósfera fantasmal.

El buen tiempo nos invitaba a seguir rumbo al Alghero, nuestro destino en Cerdeña. Según los cálculos hechos sobre la carta de navegación, tardaremos alrededor de tres días en completar la travesía de 400 millas que separa Jávea del Alghero.

Del mástil pendía una ristra de casi dos metros de bacalaos secos. Pasaban algunas barcas de pesca mallorquinas costeando las altas montañas, la vela latina extendida haciendo sombra. A contraluz y con la pálida bruma, me llevaron por un instante a Asia.

Al dejar un cabo estribor, al fondo de una pequeña bahía, divisamos la población de Soller, era alrededor de las dieciséis. Nos dirigimos al puerto, donde el atraque de popa fue una experiencia de pocas maniobras, como aparcar el coche en batería marcha atrás, pero sobre la delicada piel del agua y con la dimensión del velero de más de 14 metros. Después de dar unas vueltas por sus calles regresamos en tren, que al llegar a la costa bordea la playa, y nos apeamos antes de llegar al puerto para saludar a un amigo del Capitán, y caminamos husmeando escaparates en busca de una golosa ensaimada.

Cuando zarpamos caía la tarde con su encantada luz pálida y tibia. Pequeñas embarcaciones regresaban al puerto, otras faenaban quietas a lo lejos. Íbamos sobre cubierta cada uno en su sueño y ensueños. El Capitán tiró las líneas de pesca que nos darían sustento, mientras algunos miraban curiosos. Costeamos Mallorca rumbo noreste en calma, las paredes escarpadas y al atardecer creaban sombras cobrizas sobre el agua que ahora parece, más que nunca, la quietud de las balsas de aceite, y entre nubes se ponía el sol maravillándonos.

Antes de que se apagara la luz de la tarde, el osado y ocurrente Paco, dijey abordo, se atrevió a echarle mano al jamón y sobre la mesa de la bañera, cuchillo en mano, hizo que todos nos arrimáramos. El Capitán descansaba en un camarote mientras catábamos el producto ibérico entre risas, Kiko Veneno nos daba marchita y nosotros subíamos el tono poco a poco.

Sobre las veintidós, antes del parte meteorológico, me fui a la cama. Parte: lunes 3 de septiembre, a partir de las 13h alerta general, aviso de temporal fuerza 6-7 pudiendo llegar a 8 y que duraría todo el martes 4 hasta el miércoles 5 de madrugada.

Se acabó el jolgorio con el parte, la expresión de asombro en las caras y el silencio como una losa pesada ante la incertidumbre de lo que se avecinaba. El programa de llegar a Mahón antes de hacer la travesía al Alghero se ponía en duda, no sabíamos lo que sería mejor, o seguir viaje hacia delante y aprovechar los vientos de noroeste y norte que nos eran favorables, o esperar a que amainara el temporal en Mahón. Decidimos lo más emocionante, apoyados en la confianza que nos inspiraba el Capitán. No teníamos duda, la decisión era la mejor, así que seguimos rumbo 70 grados y dejamos la visita a Mahón para la vuelta.

El lunes nos tocaba el turno de guardia a la cinco de la mañana, así que descansar era la mejor opción. Antes de levantarme a tomar el relevo de vigilancia sentí la fuerza del viento azotando las velas, llevábamos entonces la mayor velocidad registrada hasta entonces, una media de 9 nudos. No hay nada comparable a navegar con viento propicio, sólo se escucha tronar el mar y al viento soplar sin tregua. Pero pronto amainó y volvimos al motor y al piloto automático.

A las doce menos cuarto sonó el chivato de unas de las cañas de pescar y corrimos a ninguna parte alarmados. El Capitán mandó arriar velas, y la expectativa se adueñó de la situación. Después de la resistencia y la sapiencia del pescador, saltó a bordo una pieza de 4 kilos llamada Bonito del Norte y de belleza sublime y de aspecto macizo. Todos celebramos la pesca a pesar del esfuerzo que costó acertar con el gancho que ninguno sabía usar excepto el Capitán, que estaba ocupado con la caña. Pinté el pez con acuarela, nos acompañó en el salón casi toda la travesía.

Cuarenta y cinco minutos tardaron en volver a sonar los chivatos. Esta vez la sorpresa fue mayor, el Capitán, arrimado a la barandilla con la caña clavada a la altura del vientre, trabajaba con fuerza resistiendo la pelea que daba la pieza, hasta conseguir ver el brillo plateado del pez vencido. Después el otro. Dos a la vez y con mucho más esfuerzo que el anterior. Boquiabiertos mirábamos la popa bañada de sangre por los atunes de veintiún kilos y un metro veintidós cada uno.

Hasta las catorce hubo intensa faena en la bañera, mientras unos despiezaban la pesca, otros limpiaban, otros acomodaban los filetes en un perol abierto y profundo, rellenado con cebollas, calabacín, zanahorias y ajos, y una vez en el fuego, un chorrito de vino blanco que dejó una salsa donde mojamos patatas hervidas. Todo en medio de la conmoción febril de la acción conjunta. El resto del pescado troceado fue a parar a la pequeña nevera, limpio, envuelto y clasificado.

Se recogieron las líneas, ya teníamos suficiente, y sólo se hablaba de cómo iríamos cocinando el producto de nuestro primer día de pesca. El contable de abordo y la enfermera trabajaron intensamente en la cocina haciendo esfuerzo por mantener el equilibrio, en un mar que volvía a embravecerse. Lola, psicóloga abordo, por lo que más adelante ya os contaré, no paró de subir y bajar haciendo los recados y facilitando instrumentos.

Ni bien pasadas las quince terminamos de comer el perol, a tope de atún fresco. Para entonces, yo había sido expulsado del timón por el Capitán, que me impuso el castigo de no beber Ron, hasta redimirme del fallo. El viento, con fuerza y con cambios bruscos, hizo que perdiera el control del rumbo en tres ocasiones. Llevábamos la velocidad ideal de entre 8 y 9 nudos todo el tiempo.

Los partes del tiempo retrasaban el temporal previsto para el lunes por la tarde, y nosotros teníamos cerca de media travesía hecha, rumbo al Alghero en Cerdeña. La tormenta prevista para la tarde no se hacía notar y navegábamos decididos, sabíamos que un poco más allá de la estela que dejábamos nos seguía el temporal, temido por unos, o más bien, casi por ninguno. Se presentaba el desafío de afrontar vientos fuerza 7 en plena alta mar.

por Luis Vargas

 

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