A pesar de que Hungría está situada en el centro casi exacto de Europa, y Eslovenia la separa del mar más cercano, el Adriático, los húngaros tienen un carácter muy mediterráneo, como ellos mismos confiesan, y son muy diferentes a sus vecinos eslavos, más fríos y cerrado en sí mismos.
Hace unos meses visité Praga y Budapest, gracias a uno de esos paquetes de viajes organizados, especialmente diseñados para los españoles –era curioso oír por la calle en Praga más castellano y catalán que checo-.
Por un precio muy razonable, el touroperador te llevaba, te traía, te ponía una guía que en sólo tres horas te enseñaba toda la ciudad, para luego ofrecerte excursiones de medio día nada baratas, más bien concebidas para personas mayores que tienen dificultad para defenderse en un país con lengua diferente.
Después de probar las visitas guiadas en Praga –en otra ocasión hablaré de este viaje-, en Budapest decidimos ir a nuestro aire y disfrutar de la ciudad y su gente de una manera más cercana y auténtica: paseamos por todo el parque Margarita (como el Central Park, pero en medio del Danubio), recorrimos Budapest en bicicleta y cogimos un autobús urbano para subir a Visegrat y el pueblecito artesano de Sentendre. Ahí pudimos comprobar la hospitalidad de los húngaros. ¡Nada que ver con la frialdad de los checos!
Tan hospitalario es el húngaro que se desvive para ayudarte. Tanto es así, que incluso aunque no te entienda o no esté seguro de a donde quieres ir, él te lleva… En el autobús a Visegrad vivimos algunas experiencias con las que pudimos comprobar la hospitalidad de la gente de este país.
Decidimos coger un autobús de línea porque en Europa el transporte público funciona en general muy bien.
Nos sobraba tiempo y pensamos que quizá podíamos dar un paseo hacia el río para ver desde la orilla la isla Margarita. Preguntamos a una vecina que andaba por la calle que entendió que queríamos ir a la isla. En su afán de ayudarnos, casi nos hace subir al autobús que lleva al parque. Afortunadamente, conseguimos despistarla justo a tiempo, y dirigirnos a la estación de autobuses. Allí subimos a un viejo modelo articulado que nos llevaría a Visegrad. Al principio el trayecto parecía bastante cómodo, pero pronto el autobús se llenó gracias a la infinidad de paradas que tenía que hacer.
Una anciana con el típico pañuelo con motivos florales anudado a la cabeza subió y se paró a mi altura. Enseguida me levanté y le ofrecí mi asiento. Ella, agradecida sonrió e insistió en cuidar de mi mochila, arrancándola de mis brazos, cogiéndola con fuerza. Nos sonreímos, aunque sólo después de que yo comprendiera sus intenciones -he de admitir que primero me chocó un poco.
Se me ocurrió preguntarle por el pueblecito de Sentendre, al que queríamos ir después de Visegrad, señalándolo en el mapa. Durante la media hora siguiente la buena mujer no paró de hacer gestos y soltar palabras en húngaro –un idioma que sólo se parece al finlandés-, mientras nosotros intentábamos comprender, mezclando otros idiomas y repitiendo los mismos gestos y lo que ella decía.
Cuando la anciana bajó del autobús, fue un momento tierno, y es que ella hizo lo posible por transmitir con sus gestos que el encuentro con nosotros había sido entrañable (para nosotros también, y es una de las cosas que más recuerdo del viaje).
A la vuelta, prácticamente repetimos la anécdota –vuelvo a ceder el asiento y a aprovechar para hacer preguntas-, aunque esta vez se trataba de una mujer con ropas algo más modernas. Una vez más preguntamos lo mismo, un poco con la obsesión de asegurarnos al 100% de que bajaríamos en la parada correcta, y no en la mitad del campo.
La anciana nos indica que sólo sabe hablar húngaro, pero con un gesto expresa que esperemos. Poco después sube una chica de unos 20 años. En Hungría todos los jóvenes hablan como mínimo el inglés. La señora entonces le pidió a la joven que nos ayudara, y así lo hizo, indicándonos la parada exacta, la dirección hacia la que teníamos que ir –con pelos y señales-, y lo que había para ver, todo sin tener que preguntarle nada.
Entonces la señora mayor se dirigió a la chica, y ésta se volvió para decirnos, “me ha dicho la señora que os diga que ella sabía que iba a encontrar a alguien que nos iba a poder ayudar”. ¡Así es la hospitalidad húngara!
Pero no quiero desaprovechar la ocasión para contaros otra faceta de Hungría que me encantó: la afición por las bicicletas –los que me conocéis os podéis imaginar la alegría que me dio-. A pesar del denso tráfico, nos encontramos que Budapest está lleno de carriles bici, y son muchos los ciudadanos que utilizan este ágil método de transporte para desplazarse a diario. Pero es más, cuando fuimos a Visegrad, comprobamos que también hay rutas para ir en bici por todos los sitios, y que los húngaros tienen por costumbre hacer a menudo excursiones ciclistas en familia.
En la ciudad, alquilamos unas bicis para desplazarnos –algo que nuestros doloridos pies por tanto adoquines en Praga no agradecieron enormemente-. Eran grandes, de paseo, pesadas y con cesta, pero muy ágiles y tremendamente divertidas. No paramos de reírnos, subiendo y bajando, visitando monumentos, sinagogas, edificios históricos, cada parque de la ciudad –por cierto, había uno con un circuito de seguridad vial donde los niños podían circular en bici, que era como una ciudad en miniatura (con semáforos, vías de tren, cruces y parkings)-, e incluso recorrimos la orilla del Danubio y comprobamos que cuando atardece ¡¡el agua se vuelve de color azul turquesa!!
Creo que no hay mejor forma para visitar una ciudad que sobre una bicicleta.













