Las otras caras de Tarifa
01/11/2004 - 23:34
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Si preguntas a cualquiera qué le sugiere Tarifa, lo más probable es que te conteste: windsurf. Un puñado de veinteañeros de rubios rizos y un cuerpo de impresión, entre bohemios y pijos, cargando una tabla bajo el brazo.

Te imaginas también un par de chiringuitos en playas interminables, donde refugiarse del intenso viento del Estrecho, dejar pasar las horas mientras te tomas un gazpachito o una de esas famosas sangrías (mezcla explosiva de vino con el resto de botellas de alcohol que un inspirado morenazo en funciones de camarero pille a mano). Desde allí se ven brincar las velas sobre las olas, dar la vuelta vertiginosamente en la misma orilla y adentrarse de nuevo en la mar, a veces para, involuntariamente, perderse en el horizonte rumbo a Tánger.

Sin embargo, las cosas han cambiado mucho para el que no se ha acercado por tierras tarifeñas desde hace años. Por un lado, el kite-surf ha barrido a las velas del windsurf. Un deporte más fácil de practicar y, por otra parte, mucho más complicado para las lanchas de salvamento, cuando tienen que actuar socorriendo a algún principiante de los que se aventuran en esas aguas revueltas a dar saltos sobre una simple tabla arrastrada por un parapente. No son pocos los que sufren a menudo los rigores de los vientos y mareas del Estrecho.

Y hablar del Estrecho también es hablar de la otra Tarifa, la del viaje en sentido contrario, la que se ve desde el otro lado. Tan sólo son 12 km los que separan el tercer mundo del primero. Esto hace de Tarifa un destino inevitable para cualquier espíritu emprendedor que, desde el otro lado, ve día tras día dibujarse en el horizonte, al alcance de su mano, el perfil de la tierra soñada. Muy cerca de Tarifa está la playa de Bolonia donde, si se tiene el ánimo suficiente para subir una duna inmensa, se llega a una zona boscosa donde quedan, como testimonio de la epopeya de las pateras, los restos de ropa abandonada por los inmigrantes que han sobrevivido al viaje. Al llegar a la playa, lo primero es echar a correr a esconderse entre los árboles y matorrales protectores. Allí se cambian de ropa para continuar el largo viaje hacia la supuesta felicidad.

Ese mismo trayecto, sólo que más afortunado, es el que realizó allá por el 710 un árabe llamado Tarif ben Malik –al que debe su nombre la ciudad- como avanzadilla del que haría con sus tropas Tarik ben Ziyad a Gibraltar un año después, iniciando la conquista de la Península. Son los precursores del incesante trasiego entre los dos continentes. Tarifa ha sido y es cabeza de puente de África en Europa.

Y en medio de todo este ajetreo, de los cruces del Estrecho en uno y otro sentido, de la velocidad de los deportes acuáticos, de las playas compartidas por inmigrantes (de noche) y nudistas (de día), y de la modernidad tecnológica de los parques eólicos, sorprende encontrarnos vacas, toros y caballos pastando lenta y tranquilamente por doquier, indiferentes a todo lo demás, en una quietud compartida por las impresionantes ruinas romanas de Baelo Claudia que, desde su privilegiada posición a pie de playa, observan calladas el devenir de los acontecimientos en este pedacito de tierra en el que parece no pasar nada, y en el que ha pasado y pasa de todo.

Cae la tarde, y tres generaciones de pescadores comparten tranquilamente su tiempo junto al mar. Es la actitud de los habitantes de Tarifa, que conviven con los surfistas pero sin mezclarse con ellos, aferrados a sus tradiciones. Algunas muy antiguas, como el tradicional desfile bajo el manto de la Virgen de la Luz, colocada en un sitial preferente en el centro del templo, para el que se forman interminables colas en las calles del pueblo. Esta imagen es llevada cada mes de septiembre a la Iglesia de San Mateo, escoltada por cientos de caballos.

Tarifa está formada por multitud de mundos que coexisten, de realidades a veces sorprendentes, otras contradictorias, que mientras se disfruta de un buen gin-tonic en el Al-Haima se vuelven a rememorar: la enorme duna de Bolonia, africanos en pateras y Guardias Civiles, las impresionantes ruinas romanas, decenas de parapentes, cientos de molinos, y miles de personas haciendo cola para pasar por debajo del manto de la virgen del pueblo.

Marta Lorenzi

 

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