Navegando por la costa caria del Mar Egeo
27/02/2008 - 21:56
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La geografía de la costa del Mar Egeo posee unas condiciones ideales para la navegación a vela. El litoral es abrupto y está lleno de calas y cuevas. El mar está salpicado de islas de todos los tamaños que distan unas de otras sólo una o dos horas de navegación, donde hay numerosos fondeos resguardados, permitiendo a los navegantes echar ancla y darse una vuelta por tierra. Da tiempo pasar el día explorando el interior de las islas y luego partir hacia otra bahía, donde pasar la noche.

El Mar Egeo está relativamente cerrado, por lo que a penas hay oleaje, sin embargo, los vientos siempre soplan, siendo el dominante el “Meltemi”, proveniente del Noroeste. Cuando más fuerte sopla es en verano, pero también es constante en el otoño y en primavera –la mejor época para visitar, ya que el calor en verano puede ser excesivo-.

Estas condiciones son las responsables de una larga tradición marinera, patente en cualquier rincón. El Castillo de Bodrum alberga un museo arqueológico subacuático impresionante, que incluye los restos de un naufragio más antiguos del mundo. El pueblo de Turgutreis –desde donde alquilamos nuestro velero- se llama así en honor a un famoso marinero, y hay muchos restaurantes y hoteles que se llaman “Artemisa”, en honor a la princesa caria que valientemente lideró su flota contra los griegos en la batalla de Salamis, en el 480 a.c.

Por todo ello, no es de sorprender que se desarrollara una industria turística en torno a la navegación a vela, a pesar de que es muy estacional.

Alquilamos un velero Benetau de 12,6m de eslora y 8m de manga de una pequeña empresa familiar turca. Los 2.600€ por dos semanas resultan mucho más económicos que las tarifas en la vecina Grecia. Como teníamos a tres marinero cualificados entre la tripulación, no nos hizo falta un piloto. En vez de ello, nos apoyamos en cartas de navegación, un GPS y dos libros imprescindibles: “El piloto de las aguas turcas” y “El piloto de las aguas griegas”. Estos describían con gran detalle las zonas de navegación, lugares de interés y las dificultades para anclar.

El mayor obstáculo para nuestras exploraciones fue la presencia de Grecia. La frontera entre Turquía y Grecia está muy cerca de la Turquía continental, y todas las islas más grandes son helenas (¡algo que debe resultar irritante para los turcos!). Sólo pudimos conseguir permiso para una incursión al territorio griego, por lo que nuestros planes de ir alternando los dos países se echó al traste.

Sin embargo, pronto nos dimos cuenta que a nadie le importaba los fondeos informales, siempre y cuando te mantuvieras alejado de grandes poblaciones, aduanas y policías de frontera. No había problema para echar el ancla cerca de asentamientos pequeños, y desembarcar para disfrutar de una ensalada griega o de una baklava.

Todos los pueblos costeros a ambos lados de la frontera están equipados para acomodar embarcaciones de turistas. Incluso en las calas más remotas hay un pantalán –con agua, electricidad y poco más- y un restaurante. La cala de Bozuk Buku, situado en el mismo lugar que la antigua ciudad de Loryma, aún cuenta con las ruinas de una ciudadela que data del año 300 a.c., un gran atractivo turístico para los visitantes. Solamente es accesible desde el mar, y el único restaurante que hay depende totalmente de las provisiones y el diesel para el generador que es suministrado por vía marítima. Por cierto, el pan recién hecho del restaurante, cocinado en horno de barro, es delicioso.

El comercio de estos sitios depende totalmente de los veleros y las magníficas goletas de dos palos que llegan a diario en la temporada turística. Las goletas, barcos tradicionales de la región, son construidas localmente con teca y caoba. Pueden alojar seis y ocho pasajeros además de una pequeña tripulación. Por desgracia a penas se pueden ver las goletas con las velas desplegadas, ya que resulta más barato pagar por el diesel que alquilar una tripulación. Las goletas también transportan más cantidad de pasajeros cuando hacen excursiones de un día.

La fuerte estacionalidad de esta industria turística es ciertamente llamativa. Estuvimos allí a mediados de octubre, y todos los negocios, incluyendo los hoteles, estaban a punto de cerrar. Por ejemplo, la pequeña isla griega de Pserimos está totalmente desierta a excepción de una hermosa bahía y 12 restaurantes al borde de la playa. En le temporada alta de verano, 13 goletas llegan cada día con sus 100 a 200 pasajeros, que se quedan durante una hora aproximadamente, se toman algo y luego se van. En un día, la isla puede recibir unas 2.000 visitas. Pero a finales de octubre, los barcos dejan de venir por completo, los restaurantes cierran y sus dueños y trabajadores dejan la isla hasta el siguiente mes de abril. En el invierno, Pserimos tiene sólo 40 habitantes y vuelve a ser tierra de ovejas, cabras y olivos, similar a como tuvo que haber sido hace 2.000 años, cuando Denia se llamaba Dianium.

por Chris Betterton-Jones

 

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