Regata en el Mar del Norte
07/11/2005 - 23:22
   imprimir  enviar a un amigo   disminuir tamaño de letra aumentar tamaño de letra  

Martin y Marinus, dos viejos amigos de alrededor de 60 años, se embarcaron en una aventura personal. Marinus, hombre soñador pero cauto, viejo lobo de mar -hace más de 30 años que navega-, pero siempre al resguardo de la costa que le es familiar. Ya retirado, las horas que le sobran empezaron a llenarse con sueños de hazañas que una vida cotidiana parece no permitir. Así, un día pensó que le gustaría cruzar el Atlántico en su velero, y llegar sólo hasta el Caribe.

Sin embargo, primero tenía que comprobar si él y su barco, un Hallberg-Rassy sueco de 36 pies llamado “Amphitrite”, serían capaces de resistir una navegación de altura.
Martin, el polo opuesto de Marinus, un hombre todavía activo en su profesión, con poco tiempo para pensar en cualquier otra cosa que no sean sus obligaciones, nunca hace ascos a un reto, y siempre está dispuesto a demostrar que con una buena capacidad de razonamiento, no hay problema que se resista.
Un buen día, Marinus llamó a Martin, y le planteó la posibilidad de realizar la Regata del Mar del Norte, dos semanas de navegación por un mar imprevisible –que puede pasar de estar como un plato a tener olas de 10 metros en sólo cinco horas-, dividido en tres etapas: Holanda-Shetlands-Noruega-Holanda. Martin, a pesar de que su conocimiento de la náutica había quedado enterrado en el baúl de los recuerdos, rápidamente aceptó.

Medio centenar de barcos zarparon de Holanda a principios de junio para recorre las 1.500 millas de la regata organizada por la Asociación Holandesa de Navegantes de Costas. El frío mar ártico mostró una de sus habituales malas caras desde el inicio. Las bajas temperaturas, la niebla y el viento recordaron a los marineros que siempre se debe tener mucho respeto al mar.
La primera etapa fueron cinco días y cuatro noches de malas condiciones climatológicas en aguas embravecidas, llenas de peligros. Plataformas petrolíferas, ballenas, cargueros o contenedores descarriados siembran un mar que no sólo es un banco de pruebas para marineros, sino una ruta comercial “densamente poblada”.

El “Amphitrite”, como cualquier barco moderno, está equipado con GPS, radar, cartas de navegación y radio. A Martin no le quedó más remedio que actualizar sus conocimientos en un día. A pesar de la tecnología, siempre estaba presente el riesgo de colisión con algún contenedor a la deriva, por lo que la presencia continua de alguien al timón resultaba imprescindible -el piloto automático no era una buena opción. Aún así, la baja visibilidad convertía en una lotería el sortear cualquier obstáculo.
La llegada a las Islas Shetland supuso un merecido descanso para los navegantes que durante los últimos cinco días no habían podido dormir más de media hora de un tirón.

La segunda etapa, entre las Shetland y Noruega, las condiciones fueron más favorables. En dos días y medio alcanzaron la nación escandinava.
Durante un día entero, en medio del mar, dos palomas se posaron en la cubierta del barco, visiblemente agotadas por el esfuerzo. A diferencia de aquí, donde las palomas se crían para participar en una competición deportiva que consiste en que los palomos han de dar caza a una paloma, en el norte de Europa es habitual utilizar esta ave para llevar mensajes de una tierra a otra.

La etapa final fue aún más rápida. Los fuertes vientos del norte, de más de 30 nudos, permitieron al “Amphitrite” navegar a unos vertiginosos 8 nudos durante 16 horas seguidas. La tensión fue agotadora, pero las costas holandesas supusieron una merecida recompensa.

Una vez en tierra, Martin se sintió aliviado, y pensó que nunca más volvería a embarcarse en tamaña locura. Pero con el paso de los días, el recuerdo de la sensación de frío, del esfuerzo y de la falta de sueño se desvanece, y sólo quedan en la memoria los momentos más placenteros y la sensación de superación personal durante una aventura tan alejada de la cotidianeidad, pero tan cerca del corazón. Una semana más tarde Martin llamó a Marinus y le preguntó, ¿para cuándo la próxima?

Dos viejos amigos tan distintos compartiendo una misma experiencia, viviéndola de formas muy diferentes. Para Marinus, permanecerá el recuerdo de la belleza de un mar siempre cambiante, tan azul, los pájaros, el aislamiento; la comunicación siempre cordial a través de la radio con los barcos que se cruzan; la convivencia con un amigo. Para Martin, acostumbrado a la gente en su rutina diaria, la travesía le dio la oportunidad de centrarse en sí mismo, sin depender de nadie y sin nadie que dependa de él. Uno descubrió el mundo, el otro se descubrió a sí mismo.

 

Ver artículo original (110 lecturas)

  imprimir imprimir  mostrar en pdf mostrar en pdf  enviar a un amigo enviar a un amigo
favoritos  facebook  twitter  del.icio.us  digg it!  meneame