Seis días en Austria
20/07/2004 - 23:48
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Fue en agosto cuando decidimos ir a Austria, para poder sobretodo conocer sus espacios naturales. Llegamos en avión a Munich, y una vez allí alquilamos un coche hasta el pequeño pero convenientemente situado pueblo de Mittersill. A mitad camino entre Innsbruck y Salzburgo –a poco más de 100 km de cada una de estas ciudades-, resultaba un emplazamiento ideal para realizar excusiones de un día. Nos alojamos en un apartamento acogedor y económico -100 € por semana cada uno- cerca de un río, con vistas a las montañas nevadas del Parque Natural de Hohe Tauern.

El primer día, ya recuperados del viaje, decidimos visitar parajes cercanos a nuestra “base”. Primero salimos unos 20 km hacia el oeste, dirección Innsbruck, para ver las cataratas de Krimml y el “Mundo Maravilloso del Agua”. Es una de las cascadas más altas de los Alpes, y se encuentra entre los monumentos naturales europeos más renombrados. Tiene tres importantes saltos, que trascurren entre una abundante vegetación, con árboles de una esbeltez y altura llamativas. Por la tarde, nos dirigimos hacia el este, dirección Salzburgo, hacia el municipio de Zell am See, que bordea un pequeño lago. See es como llaman a los lagos en Austria. Tuvimos suerte, y pudimos disfrutar de un concierto al aire libre.

El segundo día nos aventuramos un poco más lejos, y llegamos a Werfen, cerca de Salzburgo, donde hay un sistema de cuevas de hielo, Eisriesenwelt, con más de 40 km de longitud, situadas en la cadena montañosa de Tennengebirge. Es una excursión para estar en forma. Primero sorteamos 500 m de desnivel en un teleférico, para luego hacer un buen tramo a pie. Una vez en las cuevas, tuvimos que subir y bajar un total de 1.200 escalones –que se agradecía porque te mantiene caliente. Por supuesto no se puede recorrer la totalidad de las cuevas, pero la visita guiada no se hace corta, ya que dura cerca de una hora. Al entrar y salir en la cueva, y como era verano, sorprende el golpe de aire (debido a la diferencia de temperatura) que literalmente te tira hacia fuera. No hay sistema de iluminación en la cueva, por lo que el guía hace entrega de unas lámparas de magnesio (como las que usan los mineros), y que aprovecha luego para iluminar el hielo, y crear impresionantes efectos de luz. No hay que olvidarse de ir muy bien abrigados. Muy cerquita de ahí encontramos el castillo medieval de Hohenwerfen, donde hay una exposición de elementos de tortura.

Por la tarde fuimos a la región de los lagos, en concreto a Hallstatt, un precioso pueblecito al borde mismo del agua y a los pies de impresionantes moles montañosas. Ahí alquilamos un barquito para recorrer el lago. Del pueblo destacan sus dos iglesias, una católica y la otra protestante, y el osario. Como hay tan poco espacio en Hallstatt, el cementerio es muy pequeño, así que no les quedaba más remedio que exhumar los huesos al cabo de un tiempo, y guardarlos en el osario. Llama la atención el hecho de que sobre los cráneos, una vez limpiados mediante un tratamiento especial, escribían el nombre del difunto y algún dibujo de flores, un corazón, etc. Ahora ya no se realiza esta práctica, sino que se incinera.

En Hallstatt también se puede coger un tren cremallera, y visitar las minas de extracción de sal, pero no tuvimos tiempo. Cerca de Hallstatt, en Obertraun, está el Parque de las Cuevas de Dachstein, donde está la Cueva del Hielo, la Cueva Gigante, ideal para aficionados a la geología, y la Cueva Koppenbrüller, una enorme gruta de aguas subterráneas. La próxima vez habrá que quedarse unos días en Obertraun.

Al día siguiente, cambio de naturaleza por urbe: dimos una vuelta por la ciudad de Salzburgo, una de las principales de Austria, y que debe su nombre a la explotación de las minas de sal subterráneas, que le dio su riqueza en épocas pasadas. Ahí visitamos numerosas iglesias, el castillo de Hohensalzburg, la casa de Mozart, la zona comercial, el Parque del Jardín de Mirambel, y mucho más. A la vuelta nos paramos en el pueblecito de Fuschl am See, donde disfrutamos de un precioso atardecer alpino.

El cuarto día volvimos a la naturaleza a través de la carretera alpina panorámica hacia el Grossglockner, el pico más elevado del Parque Natural Hohe Tauern (3.798 m). Esta carretera discurre por una parte importante del parque y tiene varias paradas sugeridas, donde se pueden observar animales salvajes -como las marmotas que se acercan a los turistas-, cumbres como la Edelweiss-Spitze, el Museo Alpino, y el Glaciar Pasterze, el más largo de los Alpes orientales. El glaciar se puede recorrer a pie. Entre las grietas de los bloques helados se puede ver y oír el discurrir del agua. Debido al deshielo, pudimos también presenciar un alud.

El quinto día visitamos el pueblo alpino de Innsbruck, la capital del Tirol, que ofrece todo lo que uno se puede imaginar de una gran ciudad austriaca, pero además es un importante centro de actividades deportivas, tanto de invierno como de verano. Vale la pena ver la tienda de Swarovski -o la fábrica, que está a 15 km, en Wattens. Ahí vimos las piezas más increíbles de cristal, como vestidos, pequeñas figuras de animales y joyas. El sexto día pasamos a Alemania –a través de Salzburgo- para ir a Prien, y visitar la Isla de los Caballeros (Herrenchiemsee) en el lago Chiem-See. Ahí encontramos una réplica en miniatura del Palacio de Versalles. Luis II de Baviera compró la isla y, debido a su admiración por Luis XIV de Francia, intentó hacer una replica de Versalles, pero no lo pudo acabar porque murió. Destacan la gran galería de los espejos, el dormitorio de gala y los jardines con sus fuentes, que se encienden y se apagan.

Austria es un país precioso con una naturaleza espectacular. No hace falta visitar las grandes ciudades. Lo mejor es recorrer sus lagos, las montañas, los bosques y los parques naturales. La época para hacerlo es entre mayo y septiembre, durante la temporada de verano. Y no hace falta saber alemán, si se maneja un poco el inglés o el italiano.

Mª Rosario y Carmen Pinedo

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