Jueves, 7 de junio. Llevamos ya varios días en Nador, el enclave más oriental del Rif marroquí. Ciudad caótica, viva, ruidosa, amable, sucia, maloliente en extremo, donde la vida transcurre al ritmo lento de la resignación. Abandonada a su suerte, la busca en Melilla, con quien comparte frontera, contrabando y destino.
Decadencia de la España que se fue, en contraste con la opulencia de los inmigrantes que llegan de Europa. Grandes y anchas avenidas de cuidados árboles y calles que se ahogan entre la basura. A diferencia de Melilla, Nador no tiene un estado que la asista, y la haga sentir protegida. Rabat vuelve la espalda a las tierras rifeñas, en castigo a su insumisión. Cuentan allí que el fallecido Hassan II, padre del actual monarca Mohamed VI, no pisó en su vida esta zona. Eso sí, sus palacios están preparados para acogerle cualquier día del año en que se le ocurriera pasarse por allí.
Desde la ventana de mi habitación oigo el tumulto. El ruido de los coches, encajados en atascos constantes que, con la ayuda de los pitidos, el calor y el mal olor, acaban por sumirte en un estado semi-letárgico en el que ya no oyes nada. Incluso se llega a convertir en un ruido de fondo sin el que la ciudad te parecería muerta. A lo lejos se oyen los cantos de los imanes llamando a los fieles a la oración. Los mismos fieles que, hace un rato, echaban una ojeada furtiva a las páginas porno de internet en la intimidad de un ciber-café...
Nador es una ciudad que vive del contrabando, el narcotráfico y, sobre todo, de la emigración. En invierno tiene unos 180.000 habitantes, número que en verano se duplica, con la llegada de los emigrantes que viven en Europa. Estos, con un afán incomprensible de aparentar una riqueza que no es real, junto con cámaras de vídeo últimos modelo y teléfonos móviles de última generación, alquilan para venir unos coches de un lujo que en su vida podrían tener. Para amortizar semejante gasto (para el que probablemente llevan ahorrando todo el invierno), necesitan que se les vea, y se pasan el día yendo y viniendo en coche sin rumbo fijo. A esto hay que añadir que, al caer la tarde, las mujeres se recluyen en sus casas y, como tampoco hay bares ni discotecas, la diversión de los chicos es ir varios juntos en un coche, dando vueltas por la ciudad. Así que ni de día ni de noche la intensidad del tráfico disminuye. Por supuesto, el hecho de que no respeten los semáforos, y que muy a menudo se crucen burros tirando de carros, no ayuda mucho a solucionar el problema. Y todos pitan sin cesar. Les encanta. Y esto suele pasar en presencia de un policía de tráfico que, evidentemente, no hace nada.
Hoy hemos pasado el día en la playa, cerca de Farhana. Las playas marroquíes no son como las nuestras y, aparte de mujeres bañándose completamente vestidas (incluso con pañuelo), se puede encontrar uno con camellos y caballos, a la vez que le llega a uno el olorcillo de las mejores sardinas a la brasa del mundo.
Volviendo al tema del pañuelo, tan controvertido en Europa últimamente, el hecho de convivir con aquellas mujeres te hace cambiar la noción occidental que tienes de esta prenda. Por supuesto que llevarlo sigue teniendo una parte de sometimiento, pero incluso para muchas significa la libertad de poder moverse en un mundo de hombres. Hay mujeres a las que les incomodaría no llevarlo, otras que lo llevan algunos días sí y otros no, y otras que no; mujeres con velo que van con sus hijas o nietas vestidas en vaqueros y sin pañuelo; incluso las que lo llevan “con estilo”, y puedes percatarte de las distintas modas y formas de ponérselo, usándolo como un complemento: la moderna, la estilosa, la tradicional, la modosita, etc. El hecho de llevarlo de determinada forma, puede ser más revolucionario en su mundo que asistir a muchas manifestaciones en el nuestro. En Europa simplificamos mucho los problemas de las mujeres reduciéndolos a un pañuelo.
En el Rif las costumbres son distintas que en otros sitios del país. Se toma mucho pescado (es un puerto mediterráneo) y bueno (sardinas, aunque también salmonetes, boquerones, pescadilla, y unas gambas bastante insulsas), con pocas especias y acompañado de patatas fritas (eso debe ser una reminiscencia de la ocupación española). Son especialmente adictos al azúcar (por ejemplo, con un café te sirven 4 terrones), e incluso hay magdalenas especiales para el Rif, con más azúcar de lo normal.
Evidentemente, una de las enfermedades más frecuentes en esta zona es la diabetes, aunque los médicos prefieren no asociarlo tanto a las costumbres alimenticias, como a factores genéticos, y como solución proponen ofrecer la insulina gratuitamente a los ciudadanos. Otro problema importante es la propagación de epidemias, pero basan la erradicación de las mismas en campañas de sensibilización sobre higiene, en vez de limpiar la ciudad. La tasa de mortalidad (infantil y adulta) es elevadísima, y la esperanza de vida gira en torno a los 60 años. Allí, la vida es tan simple como que en la sala de UCI del Hospital hay cuatro camas, así que, a partir del quinto, se mueren. El derecho a la sanidad, a vivir, tan irrenunciable para nosotros, allí depende de que las cuatro camas no estén ocupadas.
Salir de Nador es un descanso para el cuerpo y el alma. Las colinas de Ait-Sidar relajan la vista, con su paisaje austero y su quietud, donde las casas blancas, rodeadas de ágaves y chumberas salpican sus colinas amarillas de trigo. Comer en una de ellas es uno de los mayores placeres, aumentado por el hecho de hacerlo sentado en el suelo, descalzo y con las manos. Los aldeanos, aunque pobres, son generosos. No falta una gran torta de pan, con un pedazo enorme de mantequilla en medio y el mejor cus-cus de pollo que se pueda tomar. De postre, sandía, melón (buenísimo), higos chumbos y uvas. Todo de los alrededores. Agricultura ecológica a raudales.
Podría seguir escribiendo mil anécdotas sobre estas tres semanas en Marruecos. De momento, baste con la trascripción de las notas que tomé allí (con bastante esfuerzo, ya que las diarreas, las esperas y el calor hacían que llegáramos agotados al final del día).
Vuelves con la sensación de que nuestro Estado de Bienestar actúa como un padre, que te protege y a la vez somete. Allí no pueden esperar nada del Estado, así que la protección se basa en el sistema familiar, muy arraigado. En realidad no es muy distinto que la España de hace 50 años. Hay un paro elevadísimo, falta de expectativas y de oportunidades, que hace que se jueguen la vida para venir aquí. El salto del tercer mundo al primero, de Nador a Melilla a través de una valla de alambre. Mohamed Chukri, en su libro “El pan desnudo”, describe perfectamente la realidad de este país, tan cercano y tan lejos. No se bloquean por los problemas, viven en un mundo imperfecto, y lo asumen como tal, bandeándolo, y tiran hacia adelante. Se ve en la sonrisa de los niños que juegan y se ríen constantemente, y sus miradas, una mezcla entre limpias, alegres, curiosas y traviesas. Son niños que se buscan la vida desde pequeños, ya sea para jugar o para andar solos varios kilómetros para ir a la escuela, o a por agua a lomos de un burro. Es gente curtida, que está expuesta a la vida tal y como es. Y aprendes a admirarlos, o lo que es lo mismo, a mirarlos y aprender.
Marta Lorenzi













