Una guerra siempre es un episodio de la historia interesante sobre el que escribir o hacer una película, ya que supone un cataclismo en el que conviven con intensidad el miedo, la pasión, la desgracia, el amor, la muerte y la esperanza. Pero pasada la contienda, cuando llega el tan ansiado momento de volver a casa y reemprender la vida tranquila por la que se ha luchado, vemos con frecuencia que la guerra ha pasado factura y que no todo vuelve a ser como antes. La mujer que dejamos al partir, ha vivido sola durante años sin saber si estabas vivo o muerto, se ha tenido que defender sin apoyos y ya no es la misma. Tu casa, o lo que queda de ella, tampoco se conserva igual y en tu barrio las cosas han cambiado.
Es en este momento cuando la vida de Bernard -inglés acomodado que antes de alistarse en la RAF no había hecho nada más interesante que el ser funcionario de un banco-, se cruza con la de Gilbert y Hortense. Gilbert también se alistó como voluntario, pero con una sutil diferencia: lo hizo en la RAF de las Indias Occidentales. Abandonó, como tantos otros, Jamaica, su “pequeña isla”, por defender a la Madre Patria cuando les necesitaba. Cambiaron el sol del atardecer del Caribe por el frío nórdico, el colibrí por un avión de combate, aunque el color de su piel transformara su sueño de ser pilotos por el de ser mecánicos de avión -“los negros no vuelan, chico”-. Ahora que la guerra ha acabado, Gilbert y Hortense buscan en Inglaterra las posibilidades que en su tierra no pueden conseguir, pero ésta no les abre los brazos agradecida como esperaban, sino que su presencia resulta incluso molesta.
Inglaterra cambia de color tras la guerra y ese momento resulta tan intenso en la vida de los cuatro protagonistas de este libro como la propia batalla. El orgullo propio de la clase alta jamaicana chocando contra el desprecio del nativo inglés; la juventud llena de vitalidad y sueños, frente a una población envejecida por los bombardeos, las lágrimas y la cartilla de racionamiento; la superioridad del blanco sobre el negro, al que teme, desprecia y a la vez necesita. Una novela cargada de fuerza y contrastes, a veces dura, otras hilarante, cuya lectura se disfruta apasionadamente hasta la última línea.
Andrea Levy nació en Londres en 1956, hija de inmigrantes jamaicanos. Estudió diseño y trabajó en la BBC y en la Royal Opera House. Ha publicado varias novelas; la última, Pequeña Isla , un extraordinario éxito de crítica y de lectores, ha recibido el Premio Whitbread al mejor libro del año, el Premio Orange de novela y el Premio Writer´s Commonwealth. Y también el Premio Orange Best of the Best, al mejor Premio Orange de la historia de estos premios.
Pequeña isla
Andrea Levy
Ed. Anagrama
570 Pags.
Por Marta Lorenzi
Biblos Librería Internacional













