Nieve es una niña especial: madura, sensible y algo rebelde. Se ve tan distinta a los demás como su nombre: “¿a quién se le ocurre llamarse Nieve en Cuba?”, le pregunta a su diario, a la vez que se desahoga del siempre imprevisible comportamiento de su madre. Pero es a la vez esa mezcla de inconformismo, creatividad y coherencia lo que le mantiene tan unida a ella. No como a su padre, al que recuerda borracho y violento, menos mal que hace tiempo se alejó de sus vidas y ahora viven con Fausto, mucho mejor. Fausto es sueco, y es el marido de su madre. Es simpático, alegre y le cuesta mucho vestirse, lo que inoportuna a los vecinos.
Y luego les inoportunan a ellos, y vienen a hacer preguntas unos señores, y su madre pierde su trabajo en la radio por un par de meses. Trabajo que, por otra parte, le tienen muy controlado, pues no se fían de que metan consignas antirrevolucionarias.
Nieve va creciendo y su vida se va complicando. Ya está acostumbrada a cambiar de casa, pero esta vez lo tiene que hacer sin su madre. El ir y venir por los diferentes centros educativos y poblaciones por los que se ve obligada a pasar no hacen más que aumentar su sensación de ser distinta. De no pertenecer, y de que nada la pertenezca: ni las casas donde su madre y ella han ido viviendo (de prestado), ni sus ropas usadas y arregladas mil veces, ni las personas a quien ha ido queriendo.
Todos se van. En un lento y continuo goteo, unos tras otros van abandonando la isla para siempre. A lo largo de su vida va tachando en rojo de su libreta los nombres de aquellos a los que no puede llamar más, porque nadie acudirá en su ayuda. Se han ido. Ellas también se preparan. Fausto ha tenido que abandonar el país y las va a reclamar desde Suecia. Su padre tiene que dar su consentimiento -al ser ella menor-, pero se ha ido a Miami. Se quedan sin salir. Su madre se rinde y ella comprende que nunca abandonarán la isla, con la que en el fondo tiene una relación amor-odio. Lo mismo le pasa a ella años después, cuando tiene la posibilidad de irse a Paris con su amado Osvaldo. Comprende que no desea irse. Quiere salir fuera, al mundo, pero también quedarse dentro, protegida de él. Como en el diario.
En estos momentos en los que se presienten cambios profundos en Cuba, vemos a través del diario de una niña la historia cotidiana de la isla durante los últimos treinta años. Una mirada sin tintes políticos, sin amargura, sin tópicos. Un libro original y enriquecedor, que deja un poso entre dulce y amargo, contradictorio como su vida, como su nombre, como Cuba.
Todos se van
Wendy Guerra
Ed. Brugera
285 Pags.
Por Marta Lorenzi
Biblos Librería Internacional













