"El vino es una de las cosas mas civilizadas del mundo", dijo Hemingway. Como el pan, el vino tiene un valor de símbolo, está ligado íntimamente a nuestro modelo de vivir y de pensar; forma parte de un patrimonio muy antiguo y respetable. El pan era el alimento elemental y necesario; el vino era algo más, era placer y era alegría. Pertenecemos a la civilización de la vid; son raíces que no pueden separarse de nuestra historia. Los sumerios, y más tarde los griegos y romanos, difundieron a la par la filosofía y el cultivo de la vid, el placer del vino y el placer de las artes.
Francia ha conservado esta herencia, "Francia es un país en el que la historia de la vid y la del vino iluminan la de todo un pueblo".
El vino, en efecto, es al mismo tiempo la imagen del pueblo que lo cosecha y de la región que lo produce. No es un don gratuito de la naturaleza, ni producto de la casualidad. El hombre debe intervenir en todo momento. El vino evoluciona como evoluciona nuestra civilización. No hay nada en común entre el sabor de nuestros vinos y el que los antiguos conservaban por adición de sal, de resina, de pez, de especias.
Tampoco son comparables con los vinos que en el Mediterráneo se vendían muy jóvenes, en los meses siguientes a la cosecha, ya que no odian conservarse más tiempo.
Poco parecido tiene con los vinos del siglo pasado que, habiendo conseguido reputación por las denominaciones de origen, eran verdes, astringentes y de poca graduación (a menudo menos de 10 grados), se conservaban mal y se alteraban con frecuencia.
En 1938 gustaban vinos que hoy serían eliminados de cualquier cata. El vino de nuestros abuelos ya no nos gustará nunca más, como no nos gustarán las condiciones de vida de su época.
El vino debe segur siendo el compañero de nuestra vida y la imagen de nuestra civilización, aprovechándonos de las nuevas tecnologías puestas a punto. El modernismo en materia de vinificación no peligrara si está sujeto a nuestra tradición de respeto al vino. El vino hoy como ayer y como mañana continua simbolizando esta doble comunión entre el suelo y la naturaleza, a través del misterio vegetal y del milagro de las fermentaciones, con el hombre que ha querido y sabido, para elaborarlo, emplear todos sus conocimientos, su trabajo, su paciencia, sus cuidados y su amor.
Por Juan Planelles Álvarez
Director de Vinos & Viandas
Príncipe de Asturias nº 4
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